Diez años después: El regreso de Lucía y la verdad que nunca quise ver
—¿Por qué me miras así, Lucía? —le pregunté, con la voz rota y el corazón encogido. La niña, sentada en el borde del sofá, apretaba los puños sobre las rodillas. Tenía doce años y los ojos llenos de miedo y rabia. Yo acababa de enterrar a Clara, mi mujer, y sentía que el mundo se me venía encima.
—No quiero quedarme aquí —susurró Lucía, casi sin voz.
No supe qué responderle. En realidad, yo tampoco quería que se quedara. No era mi hija, nunca lo fue. Siempre sentí que entre nosotros había un muro invisible, algo que ni Clara pudo derribar. Pero ahora Clara ya no estaba, y la casa se llenaba de un silencio insoportable, solo roto por los sollozos ahogados de Lucía en su habitación.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre me llamaba desde Salamanca, preguntando si necesitaba ayuda. Los vecinos traían tuppers con croquetas y tortilla, como si la comida pudiera tapar el agujero que Clara había dejado. Pero nada servía. Lucía y yo apenas cruzábamos palabra. Yo me refugiaba en el bar de la esquina, entre cañas y partidos del Madrid, mientras ella se encerraba en su mundo de dibujos y libros.
Una noche, después de una discusión absurda por la cena, exploté.
—¡No puedo más! —grité—. ¡Esta no es tu casa! ¡Vete con tu padre!
Lucía me miró con esos ojos grandes y oscuros que tanto me recordaban a Clara. No dijo nada. Al día siguiente, su tía vino a buscarla. Se fue sin mirar atrás.
Pasaron los años. Me mudé a un piso más pequeño en Vallecas, cambié de trabajo y aprendí a vivir solo. O eso creía. Nunca hablé de Lucía con nadie. Cuando alguien preguntaba por ella, cambiaba de tema o mentía. Me convencí de que había hecho lo correcto: yo no era su padre, ni tenía por qué serlo.
Pero el pasado siempre vuelve, aunque uno intente enterrarlo bajo capas de rutina y silencio.
Diez años después, una tarde de otoño, llamaron al timbre. Abrí la puerta y allí estaba ella: Lucía. Ya no era una niña; era una mujer joven, con el pelo recogido en una coleta y una mirada serena pero firme.
—Hola, Javier —dijo, sin titubear.
Me quedé helado. No supe si abrazarla o pedirle perdón de rodillas. Pero ella fue directa al grano.
—Necesito hablar contigo —dijo—. Hay algo que tienes que saber.
Nos sentamos en la cocina, como dos desconocidos compartiendo café. Lucía respiró hondo antes de hablar.
—Durante años pensé que me habías echado porque no me querías —empezó—. Pero hace poco descubrí algo que cambió todo.
Me temblaban las manos.
—¿El qué?
—Clara… mi madre… te dejó una carta antes de morir. Nunca la encontraste porque la escondió en su diario. La leí hace unas semanas cuando fui a recoger sus cosas a casa de mi tía.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué decía?
Lucía sacó una hoja doblada del bolso y me la tendió. Reconocí la letra de Clara al instante:
“Javier, sé que te costará cuidar de Lucía si yo falto. Pero quiero que sepas que ella te necesita más de lo que imaginas. No es tu hija biológica, pero eres el único padre que ha conocido realmente. Si alguna vez dudas, recuerda: el amor no entiende de sangre.”
Las palabras me atravesaron como un cuchillo. Me eché a llorar por primera vez en años.
Lucía me miró con compasión.
—No vengo a reprocharte nada —dijo—. Solo quería que supieras la verdad… y saber si alguna vez pensaste en mí.
Me quedé callado un buen rato. Pensé en todas las veces que había evitado mirar fotos antiguas, en las noches en las que soñaba con Clara y Lucía riendo juntas en el parque del Retiro.
—Te pensé todos los días —admití al fin—. Pero tenía miedo… miedo de no ser suficiente para ti.
Lucía sonrió tristemente.
—Nadie es suficiente para nadie cuando hay tanto dolor —susurró—. Pero ahora podemos empezar de nuevo… si quieres.
Nos abrazamos torpemente, como dos náufragos aferrados a la misma tabla en mitad del mar.
Esa noche no dormí. Me pregunté cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de amar por miedo al dolor o al qué dirán. ¿Cuántas familias se rompen por orgullo o por no saber pedir perdón? ¿Y si mañana fuera demasiado tarde para decir lo que sentimos?