El desayuno que rompió el silencio: una mañana en Sevilla

—¿De verdad crees que puedes hacerme esto y que aquí no ha pasado nada? —me repetía una y otra vez en la cabeza, mientras el eco de los gritos de anoche aún retumbaba en las paredes encaladas de nuestro piso en Triana. El reloj marcaba las siete y media, pero yo llevaba horas sin dormir, con los ojos fijos en el techo, sintiendo el dolor en la mejilla y el peso del miedo en el pecho.

Me levanté sin hacer ruido, como tantas otras veces, pero esa mañana algo era distinto. El silencio era más denso, casi cortante. Caminé hacia la cocina y, mientras batía los huevos y mezclaba la harina para las tortitas, mi mente iba y venía entre recuerdos de mi infancia en Córdoba y la realidad asfixiante de mi matrimonio con Javier. Recordé a mi abuela diciendo: “Lucía, hija, la dignidad no se negocia ni con Dios”.

La cafetera italiana empezó a silbar y el aroma del café recién hecho se mezcló con el dulzor de la miel y las fresas. Coloqué la mesa con esmero: zumo de naranja natural, tostadas con tomate y jamón, churros comprados al amanecer en la churrería de la esquina. Todo parecía sacado de un domingo feliz, pero era jueves y yo temblaba por dentro.

Javier apareció en el umbral, despeinado y con esa mirada fría que tanto temía. Se detuvo un segundo, olfateó el aire y sonrió con suficiencia.

—Bien, por fin lo entiendes —dijo, sentándose en su sitio habitual, como si nada hubiera pasado.

Pero entonces vio a la persona sentada frente a él. Era Carmen, mi hermana mayor, con los ojos hinchados de no dormir y una expresión decidida. Había llegado esa madrugada, después de mi mensaje desesperado: “Ven. No puedo más”.

Javier se quedó helado. Su sonrisa se borró al instante.

—¿Qué hace aquí tu hermana? —preguntó, intentando mantener la compostura.

Carmen le sostuvo la mirada sin pestañear.

—He venido a llevarme a Lucía. Hoy mismo. Y si tienes algo que decir, lo dices delante de mí —respondió con voz firme.

El silencio se hizo aún más pesado. Yo apenas podía respirar. Javier apretó los puños sobre la mesa, pero Carmen no se movió ni un milímetro. En ese momento sentí una fuerza nueva dentro de mí, como si toda la rabia y el dolor se transformaran en valor.

—No voy a seguir viviendo así —dije por fin, con voz temblorosa pero clara—. Me voy con Carmen. Y no me busques.

Javier se levantó bruscamente, tirando la silla al suelo. Pero Carmen ya tenía el móvil en la mano.

—Un paso más y llamo a la policía —advirtió.

Él dudó unos segundos que parecieron eternos. Finalmente salió dando un portazo que hizo vibrar los cristales del balcón. Me eché a llorar sobre el hombro de mi hermana mientras ella me acariciaba el pelo como cuando éramos niñas.

Recogimos mis cosas en silencio, metiendo lo imprescindible en una maleta vieja. Al salir a la calle, el aire fresco de Sevilla me supo a libertad por primera vez en años. Caminamos juntas hacia la estación de Santa Justa, entre naranjos y azahares, mientras el sol empezaba a calentar los tejados rojizos del barrio.

En el tren hacia Córdoba, miré por la ventana y pensé en todas las mujeres que callan por miedo o vergüenza. Pensé en mi abuela, en mi madre, en todas las Lucías que aún no han dado el paso.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que el miedo decida por nosotras? ¿Cuántos desayunos más tendrán que ser testigos del silencio antes de atrevernos a romperlo?