El hijo de la criada nació rubio… y lo que gritó la señora en la habitación lo cambió todo

—¡Eso no puede ser! ¡No puede ser mío! —gritó doña Rosario, con la voz rota y los ojos desorbitados, mientras el eco de sus palabras rebotaba en las paredes encaladas de la habitación. Yo, Carmen, apenas podía sostener a mi hijo recién nacido entre los brazos. El sudor frío me corría por la frente, mezclándose con las lágrimas que no podía contener.

La casa olía a jazmín y a miedo. Afuera, el bullicio de la feria de marzo llegaba amortiguado, pero dentro todo era silencio, salvo por el llanto del bebé. Mi niño, mi pequeño Manuel, tenía el cabello tan rubio como el trigo en agosto. Y eso, en una familia morena como la de los señores, era un escándalo que no se podía tapar ni con mil mantones.

—¿Qué has hecho, Carmen? —me susurró Rosario, la hija mayor de la señora, con una mezcla de compasión y rabia. —¿De quién es ese niño? ¿Quién te ha deshonrado?

No supe qué responder. Mi madre siempre decía que en los pueblos andaluces los secretos no duran ni dos días, pero este… este era demasiado grande. Yo era huérfana desde los catorce años y había entrado a servir en la casa de los Mendoza para ayudar a mis hermanos pequeños. Allí aprendí a callar, a mirar al suelo y a obedecer. Pero ahora, con mi hijo en brazos, sentía que el peso del mundo me aplastaba.

La señora no tardó en llamar al cura y al médico del pueblo. El médico, don Eusebio, me miró con una mezcla de lástima y curiosidad científica. —A veces pasa —dijo, encogiéndose de hombros—. Hay antepasados rubios en muchas familias españolas…

Pero doña Rosario no estaba dispuesta a aceptar explicaciones fáciles. —¡En mi familia no hay sangre extranjera! —exclamó—. ¡Esto es una vergüenza!

Las criadas cuchicheaban en la cocina. —Dicen que fue el hijo del alcalde —susurraba Pilar—. O tal vez el inglés ese que vino el verano pasado…

Yo sabía la verdad, pero ¿de qué servía decirla? Nadie me creería si contara que fue don Álvaro, el hijo menor de la señora, quien me buscó una noche de tormenta, cuando todos dormían y yo lloraba por mi madre muerta. Él me prometió amor eterno entre susurros y caricias furtivas. Pero cuando supo que estaba embarazada, me evitó como si fuera una peste.

Los días siguientes fueron un infierno. Me prohibieron salir del cuarto y solo me traían comida a escondidas. Mi niño lloraba sin parar y yo temía que le hicieran daño. Una tarde, Rosario entró con los ojos rojos de tanto llorar.

—Carmen —dijo en voz baja—, mamá quiere que te vayas del pueblo. Dice que aquí no puedes quedarte… Que tu hijo es una mancha para nuestra familia.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿A dónde iba a ir? ¿Cómo iba a criar sola a mi hijo? Pero entonces miré a Manuel y supe que tenía que luchar por él.

Esa noche empaqué mis pocas cosas: un pañuelo bordado por mi abuela, una medalla de San Antonio y una muda limpia para el niño. Antes de irme, busqué a don Álvaro. Lo encontré en el patio, fumando bajo la parra.

—¿No tienes nada que decirme? —le pregunté con la voz temblorosa.

Él bajó la mirada y murmuró: —Lo siento, Carmen… No puedo hacer nada. Mi madre nunca lo permitiría.

Salí de la casa antes del amanecer, con Manuel apretado contra mi pecho. Caminé hasta el río y allí me senté a llorar hasta que salió el sol. No sabía qué futuro nos esperaba, pero al menos ya no tenía que esconderme ni avergonzarme.

Con el tiempo encontré trabajo en otro pueblo, cosiendo para las señoras del lugar. Mi hijo creció fuerte y alegre; su cabello rubio era motivo de admiración y no de vergüenza. A veces me preguntaba si algún día don Álvaro tendría el valor de reconocerlo o si doña Rosario dormiría tranquila sabiendo lo que había hecho.

¿Hasta cuándo vamos a dejar que el miedo y las apariencias decidan nuestro destino? ¿No merecemos todos un poco de verdad y compasión?