El hilo rojo de la Alpujarra: Destinos entrelazados
—¡No puedes hacerlo, Lucía! —La voz de mi madre retumbó en la cocina, entre el aroma a café recién hecho y el eco de la radio matinal. Sus manos, curtidas por los años y las hierbas, temblaban mientras apretaba el delantal.
—¿Y qué quieres que haga, mamá? ¿Dejar que la promesa nos consuma? —le respondí, sintiendo cómo el nudo en mi garganta crecía. Afuera, la niebla de la Alpujarra se colaba por las rendijas de la ventana, como si quisiera escuchar nuestro secreto.
Desde pequeña supe que no era como las demás niñas del pueblo. Mientras mis amigas jugaban a la cuerda en la plaza, yo aprendía a leer las líneas de la mano y a distinguir el susurro de los espíritus en el viento. Mi abuela, Rosario, me enseñó que las mujeres Delgado llevamos un don: podemos atar o cortar destinos con el hilo rojo del alma. Un don que es bendición y condena.
La historia se remonta a hace tres generaciones, cuando una epidemia asoló nuestro pueblo. Mi bisabuela, Consuelo, cayó enferma y fue salvada por don Manuel Ortega, el patriarca de una familia poderosa de la zona. A cambio, sellaron un pacto: cuando los Ortega lo necesitaran, una mujer Delgado debía pagar la deuda con su don.
Durante años, el pacto fue solo una sombra en las sobremesas familiares. Pero hace una semana, apareció en mi puerta Carmen Ortega, con los ojos hinchados y el alma rota.
—Lucía, por favor… —me suplicó entre sollozos—. Mi hijo no levanta cabeza desde que murió su padre. No come, no duerme… Dicen que sólo tú puedes ayudarle.
Sentí el peso de generaciones sobre mis hombros. Sabía que no podía negarme. El hilo rojo brillaba en mis sueños cada noche, recordándome que los destinos estaban entrelazados.
Esa tarde preparé mi mesa de trabajo: velas blancas, ramas de romero y el carrete de hilo rojo que había heredado de mi abuela. Cuando llegó Carmen con su hijo Diego —un muchacho de apenas diecisiete años, ojeroso y ausente— sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Diego —le dije suavemente—, ¿quieres que te ayude?
Él asintió sin mirarme. Sus manos temblaban como hojas al viento.
Comencé el ritual. Mientras ataba el hilo alrededor de su muñeca, sentí cómo su dolor me atravesaba. Vi imágenes fugaces: noches sin dormir, gritos ahogados en la almohada, el vacío inmenso de la ausencia paterna.
—¿Por qué yo? —me pregunté en silencio—. ¿Por qué siempre nos toca a las mujeres cargar con el dolor ajeno?
Mi madre observaba desde la puerta, rezando en voz baja. Sabía que temía por mí; cada vez que usaba el don, una parte de mi alma se desgastaba.
Cuando terminé, Diego rompió a llorar. Carmen lo abrazó con fuerza y yo sentí que algo se liberaba en el aire. El hilo rojo brilló un instante antes de desvanecerse.
Esa noche no pude dormir. Me debatía entre el orgullo y el miedo. ¿Había hecho lo correcto? ¿O sólo había perpetuado una cadena de favores y sacrificios?
Al día siguiente, Carmen volvió para darme las gracias. Diego había dormido por primera vez en meses. Pero yo sentía un vacío extraño; como si una parte de mí se hubiera quedado atada a ese destino ajeno.
En la plaza del pueblo, las vecinas cuchicheaban al verme pasar:
—Dicen que Lucía tiene poderes… —murmuraban—. Que puede cambiar tu suerte si le pagas bien.
No sabían nada del precio real: noches en vela, sueños rotos y el peso insoportable de las promesas antiguas.
Esa tarde, mientras regaba las macetas del balcón y veía cómo el sol caía sobre Sierra Nevada, me pregunté:
¿Hasta cuándo seguiremos pagando los errores y favores del pasado? ¿No merecemos también las mujeres Delgado elegir nuestro propio destino?
Quizá algún día tenga el valor de cortar mi propio hilo rojo… ¿Y tú? ¿Qué harías si tu destino estuviera atado al de otros?