El misterio de la cartera en el Callejón del Beso

—¡No puede ser! —me susurré a mí misma, apretando los dientes mientras rebuscaba por tercera vez en el bolso de tela azul que siempre llevo al trabajo. El sonido de la cafetera al fondo del local apenas lograba tapar mi frustración. Marta, mi compañera de barra, me miró de reojo, levantando una ceja con esa mezcla de sorna y preocupación tan típica de ella.

—¿Otra vez la cartera, Lucía? —preguntó, secándose las manos en el delantal—. Te juro que un día te la van a robar de verdad y ni te vas a enterar.

—No me lo expliques, Marta, que ya me lo digo yo sola —le respondí, intentando no sonar demasiado borde. Pero es que no era normal. Yo, que siempre tengo todo bajo control, que en mi casa de Salamanca hasta los imanes del frigorífico están alineados por colores, llevaba semanas perdiendo la cartera. Y no era que la perdiera en cualquier sitio: siempre, siempre, aparecía en el mismo lugar. Al principio pensé que era despiste, que la había dejado en otro bolso o en la repisa del baño. Pero no. Cada vez que desaparecía, la encontraba apoyada en el farol antiguo al inicio del Callejón del Beso, como si alguien la hubiera dejado allí a propósito.

La primera vez que ocurrió, me asusté. Salamanca no es una ciudad peligrosa, pero tampoco es un pueblo donde todo el mundo se conoce. El Callejón del Beso es famoso entre los estudiantes y los turistas, un rincón estrecho donde las paredes casi se tocan y las parejas se besan para tener buena suerte. Pero yo no tenía pareja, ni suerte, ni ganas de líos. Solo quería entender qué demonios pasaba con mi cartera.

—¿Y si es una señal? —me dijo mi madre por teléfono, con ese tono de voz que usa cuando quiere que me tome la vida menos en serio—. A lo mejor es el destino diciéndote que te relajes, hija.

—¿El destino? Mamá, por favor. Esto es una broma pesada, o alguien se está quedando conmigo. —Pero en el fondo, la idea del destino me rondaba la cabeza. ¿Y si era verdad? ¿Y si alguien quería decirme algo?

Esa noche, después de cerrar la cafetería, caminé hasta el Callejón del Beso. El aire olía a humedad y a jazmín, y las farolas lanzaban sombras largas sobre los adoquines. Allí estaba mi cartera, apoyada en el farol, como siempre. La recogí con manos temblorosas y miré a mi alrededor. Nadie. Solo el eco de mis pasos y el murmullo lejano de una guitarra en alguna terraza.

Al día siguiente, decidí quedarme vigilando. Me senté en un banco frente al callejón, fingiendo leer un libro. Pasaron parejas, estudiantes, un par de abuelas con bolsas del mercado. Nadie se acercó al farol. Cuando ya me dolía la espalda de tanto esperar, vi a un hombre mayor, con boina y bastón, que se detuvo junto al farol. Sacó algo del bolsillo, lo miró, y lo dejó cuidadosamente sobre el hierro frío. Era mi cartera. Me levanté de un salto y corrí hacia él.

—¡Perdone! —le grité, casi sin aliento—. Esa cartera es mía. ¿Por qué la deja ahí?

El hombre me miró con ojos cansados, pero amables. Sonrió, como si supiera algo que yo no.

—No es la primera vez, ¿verdad? —dijo, y su voz sonaba como las campanas de la iglesia, suave pero firme—. Mi mujer hacía lo mismo. Siempre perdía las cosas, y yo se las dejaba aquí, donde nos dimos nuestro primer beso. Decía que así no se le olvidaba lo importante.

Me quedé muda. El hombre se encogió de hombros y siguió su camino, arrastrando el bastón por los adoquines. Me senté en el suelo, con la cartera en las manos, y sentí una mezcla de rabia, ternura y tristeza. ¿Era posible que alguien, sin conocerme, quisiera recordarme lo importante? ¿O era solo una coincidencia, una broma del destino?

Esa noche, al llegar a casa, abrí la cartera. Dentro, junto a mis tarjetas y mi carnet de la biblioteca, encontré una nota escrita a mano: «No olvides lo que de verdad importa». Reconocí la letra de mi madre. Lloré como una niña, abrazada a la cartera, mientras afuera la ciudad seguía su ritmo de siempre, indiferente a mis pequeños dramas.

Desde entonces, cada vez que pierdo algo, sonrío. Porque sé que, de alguna manera, siempre habrá alguien —mi madre, un desconocido, o yo misma— dispuesto a recordarme que la vida es más que tenerlo todo bajo control. ¿Y tú? ¿Qué harías si el destino te dejara una señal en el lugar más inesperado?