El piso en el papel, el amor en el corazón: Cómo perdí a mi hija por mi nieta

—¿Pero cómo has podido hacerme esto, mamá? —La voz de Marta retumbó en el salón, tan fría y cortante como el viento de enero que se colaba por la ventana mal cerrada.

Me quedé sentada en el sofá, con las manos temblorosas sobre el regazo. Lucía, mi nieta, miraba al suelo, incapaz de levantar la vista. El notario acababa de marcharse y el eco de su despedida aún flotaba en el aire, mezclado con la tensión que llenaba la casa.

—No lo entiendes, Marta —susurré, buscando sus ojos—. Solo quiero asegurarme de que Lucía esté bien, que tenga algo suyo en esta vida tan difícil…

—¿Y yo? ¿No soy tu hija? ¿No he estado siempre a tu lado? —Marta apretó los puños—. ¿Por qué no confías en mí?

No supe qué responder. La verdad era más compleja de lo que podía explicar en ese momento. Desde que murió mi marido, la soledad se había instalado en mi vida como una sombra persistente. Marta siempre estaba ocupada: el trabajo, los niños, la hipoteca… Apenas venía a verme. En cambio, Lucía, con sus diecinueve años y su sonrisa dulce, venía cada tarde a tomar café conmigo, a escuchar mis historias de cuando Franco aún era noticia y no solo historia.

Quizá por eso, cuando me hablaron de poner el piso a nombre de alguien para evitar problemas con Hacienda y asegurar el futuro, pensé en Lucía. No imaginé que esa decisión sería el principio del fin.

Marta se marchó dando un portazo. Desde entonces, no volvió a llamarme. Los días se hicieron largos y silenciosos. Lucía seguía viniendo, pero ya no era lo mismo. Sentía su incomodidad, su culpa. A veces la sorprendía mirándome con tristeza, como si quisiera decir algo pero no se atreviera.

Una tarde de otoño, mientras la lluvia golpeaba los cristales, Lucía rompió el silencio:

—Abuela… ¿Crees que mamá te perdonará algún día?

Me encogí de hombros. No lo sabía. Había intentado llamarla mil veces, le había escrito cartas que nunca respondía. Incluso fui a buscarla al colegio donde trabajaba, pero me evitó.

El barrio empezó a hablar. En la panadería, las vecinas cuchicheaban cuando entraba. «Dicen que Carmen le ha dado el piso a la nieta y ha dejado a la hija sin nada», murmuraban. Me dolía más de lo que quería admitir.

Una noche, mientras cenaba sola frente al televisor, recordé cuando Marta era pequeña. Cómo corría por este mismo pasillo con los zapatos de tacón de mi madre. Cómo lloró el día que le dije que papá no volvería del hospital. ¿En qué momento nos habíamos perdido?

El invierno llegó y con él la Navidad. Preparé una bandeja de polvorones y puse el belén en la entrada, como cada año. Esperé a Marta y a mis otros nietos, pero solo vino Lucía. Me abrazó fuerte y lloró en silencio.

—No quería esto, abuela —dijo entre sollozos—. Yo solo quería ayudarte…

La abracé también, sintiendo una mezcla amarga de amor y culpa.

Pasaron los meses. Un día recibí una carta certificada: Marta me reclamaba legalmente una parte del piso. El corazón se me encogió. No por el dinero ni por la casa: por la confirmación de que nuestra relación estaba rota del todo.

Intenté hablar con ella una vez más. Fui a su casa con una caja de fotos antiguas y una carta donde le explicaba mis motivos:

«Hija mía,
Sé que piensas que te he traicionado. No fue mi intención hacerte daño. Solo quise proteger a Lucía porque la vi más frágil, más sola… Quizá me equivoqué al no hablarlo contigo antes. Pero eres mi hija y te quiero más que a nada en este mundo.
Tu madre siempre estará aquí para ti.
Carmen»

Dejé la caja en su puerta y me marché antes de que pudiera verme.

Los días siguieron pasando entre silencios y recuerdos. Lucía empezó a venir menos; consiguió un trabajo en una tienda del centro y tenía menos tiempo para mí. La casa se llenó de ecos y ausencias.

A veces me pregunto si hice bien o mal. Si proteger a uno es traicionar al otro. Si las decisiones tomadas desde el amor pueden acabar destruyendo lo que más queremos.

Hoy he vuelto a mirar las fotos: Marta con sus trenzas rubias, Lucía en brazos de su madre… Y me pregunto: ¿Puede una firma en un papel romper para siempre los lazos de sangre? ¿O aún hay esperanza para volver a ser familia?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede reparar un corazón roto por una decisión así?