El ramo equivocado y la verdad que nunca quise escuchar
—¿Pero esto qué es, Julián? —Mi voz tembló, aunque intenté sonar firme. El ramo de margaritas parecía marchito antes de tiempo, como si supiera que no le correspondía estar en mis manos ese día.
Julián, mi primo y padrino improvisado, se encogió de hombros con una sonrisa forzada, evitando mi mirada. —Agarra esto por mientras, Lucía. El ramo de oro se veía demasiado ostentoso, ¿no crees? Además, mamá dice que las margaritas traen suerte.
No le creí ni una palabra. En Andalucía, el ramo de la novia es sagrado. Mi madre llevaba semanas hablando del ramo de flores blancas y azahares, como manda la tradición sevillana. ¿Cómo podía ser que ahora tuviera en mis manos un manojo triste y deslucido?
La habitación olía a perfume barato y a nervios. Afuera, los cohetes explotaban y la música de la charanga subía por las ventanas abiertas. Mi abuela gritaba órdenes desde la cocina, mi padre discutía con el camarero sobre el vino, y yo… yo sentía que el mundo se me venía encima por culpa de unas simples flores.
—¿Dónde está mamá? —pregunté, apretando el ramo hasta casi romperlo.
—Está con tía Carmen, arreglando un lío con los manteles —respondió Julián, sin mirarme—. Lucía, no montes un drama por esto. Nadie va a fijarse en el ramo.
—¿Que no monte un drama? —Mi voz subió un tono—. ¿Tú sabes lo que significa esto para mí? ¡Para la familia! ¡Para la abuela! ¿Quién ha cambiado mi ramo?
Julián bajó la cabeza. —No sé… Yo solo hago lo que me dicen.
En ese momento entró mi madre, con la cara roja y el moño medio deshecho. —¿Qué pasa aquí? Lucía, cariño, ¿por qué tienes esa cara?
—¿Dónde está mi ramo? El de verdad. El que encargaste en la floristería de la plaza.
Mi madre me miró como si no entendiera el idioma. —Ay, hija… Ha habido un problema. La florista se ha confundido y ha entregado tu ramo a otra novia. Pero mira, las margaritas también son bonitas…
Sentí una punzada en el pecho. No era solo el ramo. Era todo: las expectativas, los sacrificios, los secretos guardados bajo la alfombra del salón familiar. Recordé las palabras de mi abuela: “En esta casa, las cosas importantes nunca se dicen en voz alta”.
—¿Por qué no me lo habéis dicho antes? —susurré—. ¿Por qué siempre tengo que enterarme la última?
Mi madre suspiró y me abrazó fuerte. —No queríamos preocuparte, Lucía. Hoy es tu día.
Pero ya no era mi día. Era el día en que entendí que en mi familia nadie decía la verdad hasta que era demasiado tarde.
El bullicio aumentaba fuera; los invitados empezaban a impacientarse. Mi padre entró sin llamar:
—¿Estamos listos o qué? La iglesia no va a esperar toda la vida.
Lo miré con rabia contenida. —Papá, ¿tú sabías lo del ramo?
Se encogió de hombros como Julián. —Lucía, hija… Son solo flores.
—No son solo flores —dije entre dientes—. Es respeto. Es tradición. Es mi boda.
Mi abuela apareció entonces, arrastrando los pies y con los ojos húmedos.
—Lucía… —dijo con voz temblorosa—. Yo cambié el ramo.
Todos nos quedamos en silencio.
—¿Por qué? —pregunté casi sin voz.
—El azahar trae mala suerte si no es recogido por la propia novia —explicó—. Así lo decía mi madre y su madre antes que ella. No quería que empezaras tu matrimonio con mal pie.
Me quedé helada. Toda mi vida había creído en las historias de mi abuela, pero nunca pensé que llegaría tan lejos por una superstición.
Las lágrimas me quemaron los ojos, pero no lloré. No podía permitírmelo delante de todos.
—¿Y si la mala suerte no viene del azahar, sino de las mentiras? —pregunté al aire.
Nadie respondió. Afuera seguían sonando los cohetes y la música, como si nada hubiera pasado.
Salí al patio con el ramo equivocado entre las manos y una certeza clavada en el pecho: a veces lo más doloroso no es lo que se grita en una familia española… sino lo que se calla para siempre.
¿De verdad es mejor protegernos con mentiras piadosas? ¿O deberíamos atrevernos a decirnos la verdad aunque duela?