El sabor de la revancha: Una noche en el restaurante de Ángela
—¿Otra vez el nuevo sin aparecer? ¡Me va a dar algo! —pensé, apretando los papeles contra el pecho mientras salía disparada de la oficina. El murmullo del comedor se mezclaba con el tintineo de los cubiertos y el aroma a ajo y aceite de oliva. Era viernes por la noche en mi restaurante, La Esquina de Ángela, y la sala estaba a rebosar.
—Ángela, cariño, ¿puedes echar una mano en la barra? —me gritó Carmen desde la cocina, con ese deje andaluz que me hacía sonreír incluso en los peores días.
Me até el delantal y salí al ruedo. No era la primera vez que me tocaba servir mesas, pero hacía meses que no lo hacía. Me sentía orgullosa de lo que había construido: un restaurante pequeño pero lleno de vida en el corazón de Sevilla, donde los vecinos venían a celebrar cumpleaños, santos y hasta derrotas del Betis.
No llevaba ni cinco minutos sirviendo cañas cuando lo vi entrar. Alto, con ese aire chulesco que nunca perdió, acompañado de su nueva novia, una rubia de anuncio que no paraba de mirar el móvil. Era Javier. Mi exmarido. El hombre que me dejó hace tres años porque, según él, «no tenía ambición» y «me conformaba con poco».
—¡Vaya, Ángela! —dijo en voz alta al verme acercarme a su mesa—. ¿Trabajando de camarera? Pensé que al menos habrías encontrado algo mejor después de todo este tiempo.
Sentí cómo me ardían las mejillas. Noté las miradas curiosas de los clientes habituales. Carmen asomó la cabeza desde la cocina, con el ceño fruncido.
—¿Te traigo la carta o prefieres que te recomiende algo? —le respondí, intentando mantener la compostura.
—No hace falta que te esfuerces —se burló Javier—. Seguro que aquí solo hay tapas congeladas y vino peleón. ¿Verdad, cariño? —le dijo a la rubia, que ni levantó la vista.
Respiré hondo. No iba a dejar que me humillara en mi propia casa. Pero tampoco iba a rebajarme a su nivel. Les serví unas aceitunas y les dejé tiempo para decidir.
En la cocina, Carmen me agarró del brazo:
—¿Quieres que le escupa en la sopa? —susurró entre dientes.
No pude evitar soltar una carcajada nerviosa.
—No hace falta, Carmen. Hoy va a aprender una lección.
Volví a la mesa con una sonrisa profesional. Tomaron una botella del mejor Rioja y pidieron varias raciones: salmorejo, croquetas caseras, pulpo a la gallega y un arroz meloso con setas. Javier seguía haciendo comentarios sarcásticos cada vez que pasaba cerca:
—¿Te pagan las horas extra o lo haces por amor al arte?
Aguanté el tipo. Cuando llegó el momento del postre, me acerqué con una tarta de queso recién hecha y dos copas de cava.
—Esto es cortesía de la casa —dije, dejando las copas sobre la mesa.
Javier arqueó una ceja:
—¿Desde cuándo las camareras pueden invitar?
Fue entonces cuando me incliné hacia él y le susurré:
—Desde que son las dueñas del restaurante.
El silencio fue absoluto durante unos segundos. La rubia levantó la vista por primera vez y Javier se atragantó con el vino.
—¿Cómo? —balbuceó.
—Sí, Javier. Este restaurante es mío desde hace dos años. Lo levanté sola, sin tu ayuda ni tu apoyo. Y gracias a eso, hoy puedo invitarte a una copa… o pedirte que te vayas si sigues faltando al respeto a mi equipo.
Las mesas cercanas empezaron a murmurar. Algunos clientes habituales me guiñaron un ojo o levantaron discretamente sus copas en señal de apoyo. Javier no supo dónde meterse. Pagó la cuenta sin rechistar y salió del local con la rubia pisándole los talones.
Cuando cerramos esa noche, Carmen me abrazó fuerte:
—¡Olé tú! Eso sí que ha sido un zasca en toda regla.
Me senté en una mesa vacía y miré alrededor: las luces cálidas, las fotos familiares en las paredes, el olor a café recién hecho… Todo era mío. Todo lo había conseguido yo sola.
A veces pienso en cuántas veces dejamos que otros nos definan o nos hagan sentir menos por no cumplir sus expectativas. ¿Cuántas Ángelas habrá por ahí aguantando comentarios como los de Javier? ¿Y si hoy fuera el día en que todas decidiéramos no callarnos más?