El Secreto Bajo la Lluvia: El Misterio del Ataúd en la Casa de los Romero
—¡No puede ser! ¡Esto no es normal, mamá! —gritó Javier, con la voz rota, mientras el sudor le perlaba la frente a pesar del frío de abril. El ataúd de Lucía no se movía ni un centímetro, aunque ocho hombres del pueblo, todos curtidos en faena y años, empujaban y levantaban con todas sus fuerzas.
Yo, Carmen, su suegra, sentía cómo el corazón me latía tan fuerte que parecía querer salirse del pecho. Miré a mi hijo y vi en sus ojos el mismo miedo que recorría mi espalda. La muerte de Lucía había sido un golpe seco, injusto, como una tormenta que arrasa sin avisar. Pero esto… esto era otra cosa.
El cura murmuraba oraciones apresuradas, mientras las vecinas cuchicheaban: “Eso es cosa de brujería”, “Algo no cuadra aquí”. El aire olía a incienso y a tierra mojada, y el cielo plomizo parecía a punto de romperse en lágrimas.
Cuando por fin lograron llevar el ataúd al cementerio, el silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Nadie se atrevía a mirar a Javier, que se aferraba al pequeño Marco, su hijo de tres años, como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
Tras el entierro, volvimos a casa. El patio estaba vacío, salvo por las sillas desordenadas y los restos de café frío sobre la mesa. El viento movía las cortinas y traía consigo el eco de las palabras no dichas.
—Mamá —me dijo Javier, con la voz temblorosa—, ¿tú crees que Lucía…?
No le dejé terminar. Yo también sentía esa inquietud clavada en el pecho. Algo no encajaba desde la noche anterior al parto. Lucía había estado rara, callada, como si supiera que algo malo iba a pasar. Y ahora este peso imposible…
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces y miré por la ventana hacia el cementerio, como si esperara ver una señal. Al amanecer, tomé una decisión que me heló la sangre: tenía que abrir el ataúd. No podía quedarme con esa duda para siempre.
Convencí a Javier y a dos primos más para ir al cementerio antes de que saliera el sol. El rocío mojaba nuestros zapatos y el silencio era absoluto. Cuando abrimos la tumba y quitamos la tapa del ataúd, todos nos quedamos sin aliento.
Dentro, junto al cuerpo de Lucía, había una caja pequeña, envuelta en una mantilla antigua. La abrimos con manos temblorosas y encontramos cartas, fotos antiguas y un diario. Todo era de la madre de Lucía, fallecida hacía años en circunstancias extrañas.
Las cartas hablaban de un secreto familiar: una maldición que caía sobre las mujeres de nuestra familia cada vez que daban a luz en Viernes Santo. Nadie lo había contado nunca por miedo o vergüenza. Lucía lo había descubierto poco antes del parto y había dejado instrucciones para que lo encontráramos si algo le pasaba.
Javier cayó de rodillas y lloró como un niño. Yo sentí una mezcla de rabia y alivio: rabia por los secretos y alivio porque al fin entendíamos lo que había pasado.
De vuelta en casa, reuní a toda la familia y les conté la verdad. Lloramos juntos, pero también nos abrazamos más fuerte que nunca. Desde entonces, cada Viernes Santo encendemos una vela por Lucía y por todas las mujeres de nuestra familia.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven atadas a secretos que pesan más que cualquier ataúd? ¿No sería mejor hablarlo todo antes de que sea demasiado tarde?