El secreto de Daniel: Un mensaje inesperado en el funeral
—¿Por qué ahora, Daniel? ¿Por qué me haces esto justo hoy? —pensé mientras el eco de las campanas aún retumbaba en mis oídos y el olor a incienso impregnaba el aire húmedo de la iglesia de San Isidro, en el corazón de Salamanca.
Apreté con fuerza la bandera doblada que me habían entregado en honor a Daniel, mi marido durante veinticinco años. La gente murmuraba a mi alrededor, algunos lloraban, otros simplemente miraban al suelo. Mi hija Lucía, con los ojos rojos y las manos temblorosas, se aferraba a mi brazo. Todo parecía irreal, como si estuviera viendo una película ajena.
De repente, mi móvil vibró en el bolso. Dudé en contestar, pero la curiosidad pudo más. Era un número desconocido. El mensaje decía: “No todo es lo que parece. Busca la carta en el cajón del escritorio de Daniel. Es importante que la leas antes de hablar con el notario”.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Quién podía saber algo que yo no supiera? Daniel era reservado, sí, pero siempre pensé que no tenía secretos para mí. O eso quería creer.
Esa noche, después de que la familia se marchara tras el velatorio —con los típicos comentarios de tía Carmen sobre lo dura que es la vida y los suspiros resignados de mi suegra—, subí al despacho de Daniel. El escritorio estaba como siempre: ordenado, con su pluma favorita y una foto nuestra en la playa de Sanlúcar. Abrí el cajón y allí estaba: una carta con mi nombre escrito a mano.
“Querida Ana”, comenzaba. “Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy contigo. Sé que te dolerá lo que voy a contarte, pero mereces saber la verdad”.
Mi corazón latía tan fuerte que temí desmayarme. Seguí leyendo mientras las lágrimas caían sobre el papel.
Daniel confesaba que, antes de casarse conmigo, había tenido una relación en Barcelona y de esa relación nació un hijo, Pablo. Nunca me lo contó por miedo a perderme, por miedo a romper la familia que habíamos construido juntos en Salamanca. Pero ahora, en su testamento, había dejado una parte de sus bienes para Pablo y me pedía que intentara conocerlo, que no le guardara rencor.
Sentí rabia, tristeza y una extraña compasión al mismo tiempo. ¿Cómo podía haberme ocultado algo así durante tantos años? ¿Y ahora qué iba a decirle a Lucía? ¿Cómo iba a enfrentarme a la familia, tan dada a los cotilleos y las sobremesas eternas donde todo se comenta?
Al día siguiente, fui al notario acompañada de Lucía. El ambiente era tenso; ella notó mi nerviosismo y me preguntó varias veces si estaba bien. Cuando el notario leyó el testamento y mencionó a Pablo, Lucía me miró con incredulidad.
—¿Quién es Pablo? —preguntó con voz rota.
No supe qué decirle. Solo pude abrazarla y llorar juntas en silencio.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Mi madre insistía en que debía mantener la dignidad y no hacer “un drama”, como buena castellana acostumbrada a guardar las apariencias. Pero yo no podía fingir que nada había pasado.
Finalmente, llamé al número desconocido. Era Marta, la madre de Pablo. Hablamos durante horas; me contó su historia, cómo Daniel siempre quiso estar presente pero nunca se atrevió a dar el paso definitivo por miedo a herirnos.
Un mes después, conocí a Pablo en una cafetería cerca de la Plaza Mayor. Era tan parecido a Daniel que se me encogió el alma. Hablamos largo rato; él también había sufrido por no conocer a su padre como hubiera querido.
Poco a poco, fui aceptando la nueva realidad. La familia murmuró, claro; Salamanca es pequeña y las noticias vuelan más rápido que el AVE. Pero encontré fuerzas en Lucía y en Pablo para reconstruir lo que quedaba de nuestra familia.
Ahora, cuando paseo por las calles empedradas al atardecer o escucho las campanas de San Isidro, me pregunto: ¿Cuántos secretos guardamos por miedo al qué dirán? ¿Y si atrevernos a mirar de frente al pasado fuera el primer paso para sanar?