El secreto de la plaza Mayor: Cuando el pasado llama a la puerta
—¿Estás segura de esto, Laura? —La voz de Javier temblaba, aunque intentaba disimularlo con una sonrisa forzada mientras subíamos por la escalera del viejo edificio de Lavapiés.
—Claro que sí. Mi madre es muy abierta, no te preocupes —mentí, porque la verdad era que yo misma tenía un nudo en el estómago. ¿Cómo iba a explicarle a mi madre que el hombre del que me había enamorado tenía más del doble de mi edad?
La puerta del piso se abrió antes de que pudiera sacar la llave. Mi madre, Carmen, apareció con su bata de flores y ese moño deshecho que siempre llevaba los domingos. Olía a café recién hecho y a tortilla de patatas. El salón estaba lleno de luz y de fotos antiguas en las paredes, recuerdos de una vida sencilla pero llena de amor.
—¡Hija! ¡Por fin llegas! —exclamó mi madre, pero su voz se apagó al ver a Javier. Se quedó paralizada, los ojos abiertos como platos. Javier también se quedó quieto, como si el tiempo se hubiera detenido.
De repente, mi madre corrió hacia él y lo abrazó con una fuerza que no le conocía. Yo me quedé helada, sin entender nada.
—¡Javier! ¡No puede ser! —sollozó mi madre, aferrándose a él como si fuera un fantasma del pasado.
Javier la apartó suavemente, con lágrimas en los ojos.
—Carmen… No sabía que eras tú…
Yo miraba la escena sin comprender. ¿Cómo era posible? ¿De qué se conocían? ¿Por qué mi madre lloraba como si acabara de recuperar algo perdido hace mucho tiempo?
—¿Alguien me puede explicar qué está pasando aquí? —pregunté al borde del llanto.
Mi madre me miró con una mezcla de dolor y ternura.
—Laura, cariño… Javier fue el gran amor de mi juventud. Nos conocimos en la universidad, cuando yo tenía tu edad. Pero la vida nos separó…
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Todo lo que creía saber sobre Javier se desmoronaba. Él bajó la mirada, incapaz de sostener mi mirada.
—Nunca imaginé que eras tu hija —susurró Javier—. Cuando te conocí, Laura, eras tan distinta… tan llena de vida…
Mi madre se sentó en el sofá, temblando. Yo me dejé caer a su lado, sin saber si reír o llorar.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, buscando respuestas en sus rostros.
El silencio se hizo pesado. Afuera, los vecinos reían en la plaza, ajenos al drama que se vivía en nuestro pequeño piso madrileño.
—Laura —dijo mi madre al fin—, no puedo decirte lo que debes hacer. Pero quiero que sepas que te quiero más que a nada en este mundo. Y que los secretos siempre acaban saliendo a la luz.
Javier se acercó y me tomó la mano.
—No quiero hacerte daño. Si quieres que me vaya, lo haré ahora mismo.
Miré a los dos, sintiendo una mezcla de rabia, tristeza y amor. ¿Cómo podía ser tan cruel la vida? ¿Por qué tenía que elegir entre mi madre y el hombre al que amaba?
Esa noche no dormí. Escuché las campanas de la iglesia cercana y pensé en todas las historias que esconden las calles de Madrid. Historias de amores imposibles, de secretos guardados durante años, de familias rotas y vueltas a unir por el destino.
Al amanecer, salí al balcón y respiré el aire fresco de la ciudad. Sabía que nada volvería a ser igual. Pero también sabía que tenía derecho a buscar mi propia felicidad, aunque eso significara enfrentarme a los fantasmas del pasado.
¿Quién decide lo que está bien o mal en el amor? ¿Somos dueños de nuestro destino o estamos condenados a repetir los errores de quienes nos precedieron?
Quizá nunca encuentre la respuesta. Pero al menos sé que no estoy sola.