El secreto tras la cuna vacía

—¿Por qué no lloras? —me preguntó mi madre, con la voz rota, mientras yo me abrazaba las rodillas en el sofá de su casa en Alcalá de Henares.

No podía responderle. Llevaba siete años sin poder llorar. Siete años desde que mi hijo, mi pequeño Lucas, murió en el hospital apenas dos días después de nacer. Siete años desde que Álvaro, mi marido, me miró con esos ojos llenos de rabia y me gritó: “¡Esto es por tus genes! ¡Siempre supe que algo no iba bien en tu familia!”

Me dejó sola. Se llevó todo: los muebles, los ahorros, hasta la cafetera italiana que tanto usábamos los domingos por la mañana. Me quedé con la culpa y el eco de sus palabras. En España, la familia lo es todo, y yo sentía que había fallado a la mía. Las vecinas cuchicheaban cuando pasaba por la plaza, y mi madre evitaba hablar del tema en las comidas familiares. Nadie sabía cómo consolarme. Ni siquiera yo misma.

Durante años, cada vez que veía un carrito de bebé en el parque O’Donnell, sentía un nudo en el estómago. Me preguntaba si alguna vez podría volver a ser madre, si alguna vez podría volver a confiar en mí misma. Me refugié en el trabajo, en las tardes de cañas con mis amigas, en las series de televisión que llenaban el silencio de mi piso vacío.

Hasta que un martes cualquiera, mientras preparaba una tortilla de patatas para cenar, sonó el teléfono. Era el hospital Príncipe de Asturias. “Señora Marta, necesitamos que venga cuanto antes. Es sobre su hijo Lucas.”

El corazón me dio un vuelco. ¿Sobre Lucas? ¿Después de tantos años? Fui temblando, con las manos sudorosas y la mente llena de preguntas. Me recibió la doctora Jiménez, una mujer mayor con gafas gruesas y mirada cansada.

—Marta, han salido a la luz unas imágenes de seguridad del día que Lucas falleció —dijo en voz baja—. Hay algo que debe ver.

Me llevó a una sala pequeña y oscura. En la pantalla apareció una imagen borrosa del pasillo del hospital. Vi a una enfermera entrar en la habitación donde estaba Lucas. Luego, vi a Álvaro entrar detrás de ella. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar lo que decía la doctora.

—Mire bien —insistió—. Esto no se había revisado antes porque hubo un fallo en el sistema aquel día.

En las imágenes, Álvaro se acercaba a la cuna de Lucas. La enfermera salía y él se quedaba solo con el bebé. No podía apartar los ojos de la pantalla. Vi cómo sacaba algo del bolsillo y lo introducía en la incubadora. Luego salió apresuradamente.

—¿Qué significa esto? —pregunté con un hilo de voz.

La doctora me miró con compasión.

—Estamos investigando, pero creemos que su hijo pudo haber sido víctima de una negligencia… o algo peor.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Todo lo que había creído durante siete años se desmoronaba como un castillo de naipes. ¿Álvaro? ¿Mi marido? ¿El hombre al que amé y por el que lo di todo?

Salí del hospital tambaleándome, con las piernas flojas y la cabeza a punto de estallar. Llamé a mi madre entre sollozos y le conté todo. Ella lloró conmigo por primera vez desde aquel día maldito.

Las semanas siguientes fueron un torbellino: declaraciones en comisaría, abogados, periodistas llamando a mi puerta… España entera parecía volcada en mi historia. La gente del barrio me miraba ahora con otros ojos; algunos con lástima, otros con rabia hacia Álvaro.

Pero lo peor era el vacío dentro de mí. ¿Cómo podía haber confiado tanto en alguien capaz de hacerme tanto daño? ¿Cómo pude cargar con una culpa que no era mía?

Ahora, mientras escribo estas líneas sentada en la terraza de mi piso, escuchando las campanas de la iglesia y el bullicio de los niños jugando abajo, me pregunto: ¿Cuántas veces nos obligamos a cargar culpas ajenas? ¿Cuántas verdades se esconden tras las puertas cerradas de nuestras casas?