El secreto tras las cámaras: Lo que vi de mi hijo me cambió para siempre
—¿Por qué lloras, Hugo? —La voz de Lucía, la nueva niñera, resonó en el salón mientras yo, Javier, observaba desde la pantalla de mi despacho. El monitor mostraba a mi hijo de ocho años encogido en el sofá, abrazando su peluche favorito.
—No quiero estar solo —susurró Hugo, con la voz rota.
Sentí un nudo en el estómago. Había instalado esas cámaras para asegurarme de que Lucía era de fiar, no para espiar a mi propio hijo. Pero ahí estaba yo, pegado a la pantalla como si fuera una serie de Netflix, incapaz de apartar la mirada.
Mi vida era una sucesión de reuniones, comidas de negocios y viajes relámpago entre Madrid y Barcelona. El chalet en La Moraleja era mi fortaleza, pero también mi cárcel. Mi mujer, Carmen, había fallecido hacía dos años y desde entonces todo se había vuelto cuesta arriba. Hugo era lo único que me quedaba, pero apenas lo veía despierto entre semana.
—¿Quieres que te lea un cuento? —propuso Lucía, sentándose a su lado.
—¿Me lo puedes leer como lo hacía mamá? —preguntó Hugo, con los ojos llenos de esperanza.
Lucía asintió y comenzó a leer con una dulzura que me desarmó. Sentí vergüenza. ¿Cuándo fue la última vez que yo le leí un cuento a mi hijo? ¿O que le pregunté cómo se sentía?
El reloj marcaba las nueve de la noche. Yo seguía en el despacho, revisando presupuestos y contratos. De fondo, el sonido del cuento se colaba por los altavoces del sistema de vigilancia. Cerré el portátil y apagué la luz. No podía seguir así.
Al día siguiente, durante el desayuno, Hugo apenas levantó la vista del tazón de cereales. Lucía intentó animarle con una broma sobre el Real Madrid, pero él solo murmuró:
—Papá nunca está en casa.
Me atraganté con el café. Lucía me miró de reojo, como si supiera que yo había escuchado todo desde las cámaras. Sentí una punzada de rabia contra mí mismo. ¿De qué servía tener tres coches en el garaje si mi hijo se sentía huérfano?
Esa tarde, fingí una reunión cancelada y llegué temprano a casa. Encontré a Hugo en el jardín, jugando solo al fútbol. Me acerqué y le pregunté si podía jugar con él. Me miró sorprendido, como si no reconociera a ese hombre con traje y corbata dispuesto a ensuciarse los zapatos.
—¿De verdad quieres jugar conmigo? —preguntó, incrédulo.
—Claro que sí —respondí, tragándome el orgullo.
Jugamos hasta que se hizo de noche. Por primera vez en mucho tiempo, escuché su risa sincera. Al entrar en casa, Lucía nos miró desde la cocina y sonrió. Me di cuenta de que ella había llenado un vacío que yo ni siquiera había intentado cubrir.
Esa noche, apagué todas las cámaras menos la del portal. No necesitaba vigilar más; necesitaba estar presente. Me senté en la cama de Hugo y le leí un cuento. Al terminar, me abrazó fuerte y susurró:
—Te he echado mucho de menos, papá.
Me rompí por dentro. Lloré en silencio mientras él se dormía entre mis brazos. ¿Cuántos padres en España viven atrapados en la rueda del trabajo y el éxito? ¿Cuántos hijos esperan simplemente un poco de tiempo y cariño?
A veces me pregunto: ¿de qué sirve todo esto si no sabemos cuidar lo que realmente importa? ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que miraste a tu familia a los ojos y les dijiste que les quieres?