El susurro de Lucía: Un misterio en las afueras de Alcalá
—Mamá, me dijo que no me haría daño… —susurró Lucía, con los ojos clavados en el suelo y las manos apretando su peluche de conejo, ese que lleva arrastrando desde que aprendió a andar.
La tarde caía pesada sobre el barrio residencial de El Ensanche, en las afueras de Alcalá de Henares. El calor pegajoso de junio se colaba por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma a tortilla y a ropa tendida. Yo estaba recogiendo la cocina cuando escuché ese susurro, tan bajito que casi lo confundí con el zumbido de las moscas. Pero algo en la voz de Lucía me hizo dejar caer el vaso que tenía entre las manos. Se rompió en mil pedazos, igual que mi tranquilidad.
—¿Quién te ha dicho eso, cariño? —pregunté, intentando que no se notara el temblor en mi voz.
Lucía no contestó. Se limitó a abrazar más fuerte su conejo, con los ojos muy abiertos y húmedos. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. En ese momento, mi marido Javier entró por la puerta, cargado con bolsas del supermercado. Al verme pálida y a Lucía tan callada, dejó todo en el suelo y se acercó corriendo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, mirando alternativamente a nuestra hija y a mí.
No supe qué decirle. Solo pude señalar a Lucía, que seguía inmóvil, como si estuviera escuchando algo que solo ella podía oír.
Esa noche apenas dormimos. Cada vez que cerraba los ojos, veía la carita asustada de mi hija y escuchaba su susurro. Al día siguiente, domingo, decidimos llevarla al parque para distraerla. El parque del barrio siempre había sido un lugar seguro: los bancos llenos de abuelos jugando al dominó, niños corriendo detrás de un balón y madres charlando bajo la sombra de los plátanos.
Pero esa mañana algo era distinto. Había un coche patrulla aparcado junto a la entrada y dos agentes hablando con un grupo de vecinos. Un perro policía olisqueaba los setos con insistencia. Javier me miró preocupado.
—¿Habrá pasado algo? —murmuró.
Antes de que pudiera contestar, Lucía se soltó de mi mano y corrió hacia el columpio más alejado, justo al lado del seto donde el perro ladraba sin parar. Corrí tras ella, pero cuando llegué ya estaba rodeada de policías.
—¡Mamá! —gritó Lucía, señalando algo entre las ramas.
El perro policía había encontrado una pequeña caja de madera, cubierta de tierra y hojas secas. Uno de los agentes la abrió con cuidado mientras todos conteníamos la respiración. Dentro había una pulsera infantil, un dibujo hecho con ceras y una nota escrita con letra temblorosa: «Prometiste que no me harías daño».
El silencio fue absoluto. Reconocí la pulsera: era la que le regalamos a Lucía por su cumpleaños. Sentí cómo se me encogía el corazón.
Los días siguientes fueron un torbellino de interrogatorios, rumores y miradas desconfiadas entre vecinos. La policía iba y venía por el barrio; los niños dejaron de jugar en la calle y las madres nos llamábamos unas a otras para asegurarnos de que todo estaba bien. Mi suegra decía que nunca había visto algo así desde los tiempos duros de su infancia en el pueblo.
Lucía apenas hablaba. Solo repetía una y otra vez: «Él me prometió…» Pero nunca decía quién era «él». Los psicólogos del colegio intentaron ayudarla, pero solo conseguían que se encerrara más en sí misma.
Una tarde, mientras preparaba merienda —pan con chocolate, como hacía mi madre cuando yo era pequeña—, Lucía se acercó a mí y me abrazó fuerte.
—Mamá, ¿por qué la gente hace promesas que no piensa cumplir?
No supe qué responderle. Solo pude abrazarla y prometerle que yo siempre estaría ahí para protegerla.
A veces me pregunto si alguna vez volveremos a sentirnos seguros en nuestro propio barrio. ¿Cuánto conocemos realmente a quienes viven al otro lado de la pared? ¿Y si el verdadero peligro no viene de fuera, sino de dentro de nuestras propias casas?