El testamento de la abuela: Cuando la sangre no basta para ser familia

—¿Pero cómo puedes hacerme esto, mamá? ¡Soy tu hijo! —La voz de Sergio retumbó en el salón, tan cargada de rabia y decepción que sentí un nudo en la garganta.

Me quedé sentada en el sofá, con las manos temblorosas sobre el testamento que acababa de firmar esa misma mañana. Afuera llovía, y el repiqueteo de las gotas contra la ventana parecía acompañar el temblor de mi corazón. Lucía, mi nieta, estaba en la cocina, fingiendo buscar algo en la nevera para no escuchar la discusión, pero sé que cada palabra le llegaba como un puñal.

—Sergio, por favor, siéntate —le pedí con voz cansada—. No quiero discutir contigo. Sabes que te quiero, pero…

—¿Pero qué? ¿Que Lucía se merece más que yo? ¿Que tu propia sangre vale menos que una nieta? —me interrumpió, los ojos rojos de furia.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que durante años él había estado ausente? Que desde que murió su padre, Sergio se había encerrado en sí mismo, olvidándose de que yo también necesitaba a alguien. Que Lucía fue la única que venía cada domingo a verme, la única que me acompañó al médico cuando me diagnosticaron diabetes, la única que me escuchaba hablar de los viejos tiempos en el pueblo.

Pero ¿cómo decirle eso sin romperle el corazón?

—No es cuestión de merecer o no —dije al fin—. Es cuestión de cariño, de compañía…

—¡De compañía! —rió amargamente—. ¿Y todo lo que hice por ti cuando era niño? ¿Las veces que te ayudé con la compra? ¿Eso ya no cuenta?

Sentí una punzada de culpa. Claro que contaba. Pero los años pasan y las heridas también pesan. Sergio se fue a Madrid a buscarse la vida y apenas llamaba. Solo venía en Navidad o cuando necesitaba dinero. Mientras tanto, Lucía estaba aquí, conmigo, compartiendo silencios y risas.

La lluvia arreciaba y el ambiente en casa era irrespirable. Recordé cuando Sergio era pequeño y corría por este mismo salón, con las rodillas llenas de raspones y una sonrisa traviesa. ¿En qué momento nos habíamos perdido?

Lucía entró al salón con dos tazas de té. Me miró con ternura y le ofreció una a su padre.

—Papá, por favor… —empezó ella, pero Sergio apartó la taza con brusquedad.

—No quiero nada —gruñó—. Solo quiero saber por qué mi madre prefiere a su nieta antes que a su propio hijo.

Me levanté despacio y me acerqué a él. Le tomé la mano, aunque él intentó retirarla.

—Sergio, hijo… No es cuestión de preferir. Es cuestión de agradecer. Lucía ha estado aquí cuando más la necesitaba. Eso no significa que te quiera menos a ti.

Él me miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—¿Y yo? ¿No merezco una segunda oportunidad?

Sentí cómo se me rompía el alma. ¿Cuántas veces había deseado que Sergio volviera a ser el hijo cariñoso de antes? ¿Cuántas veces había soñado con una familia unida, como las de las películas?

Pero la vida no es una película. Aquí en España, las familias se rompen por herencias, por palabras no dichas, por silencios demasiado largos. En mi barrio de Salamanca he visto a hermanos dejarse de hablar por un piso o una cuenta bancaria. Y ahora me tocaba a mí decidir entre el pasado y el presente.

Lucía se acercó y me abrazó por detrás.

—Abuela, si quieres cambiar el testamento… yo lo entenderé —susurró.

La miré con los ojos llenos de gratitud. Ella nunca me pidió nada; solo quería estar conmigo.

Sergio se levantó bruscamente.

—No puedo quedarme aquí —dijo—. Necesito pensar.

Salió dando un portazo que hizo temblar los cristales. Me dejé caer en el sofá y rompí a llorar como una niña pequeña. Lucía me abrazó fuerte.

—No llores, abuela…

Pero yo no podía parar. Sentía que había fallado como madre y como abuela. ¿Por qué tenía que elegir? ¿Por qué el amor se mide en pisos y testamentos?

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en Sergio, en Lucía, en mi difunto marido Antonio, que siempre decía: “Carmen, lo importante es que la familia esté unida”. Pero ahora estábamos más lejos que nunca.

Al día siguiente llamé a Sergio. No contestó. Le mandé un mensaje: “Hijo, te quiero. Pase lo que pase, eres mi sangre”. No respondió.

Pasaron semanas sin saber de él. Lucía venía cada día a verme, intentaba animarme con historias del trabajo o del chico nuevo que había conocido en la biblioteca. Pero yo sentía un vacío imposible de llenar.

Un domingo cualquiera, mientras preparaba una tortilla de patatas para comer juntas, sonó el timbre. Era Sergio. Tenía ojeras y parecía haber adelgazado.

—¿Puedo pasar? —preguntó con voz baja.

Asentí sin poder hablar. Se sentó frente a mí y bajó la mirada.

—He estado pensando… Quizá he sido injusto contigo —murmuró—. Solo… solo me dolió sentirme desplazado.

Le tomé la mano y lloré otra vez.

—Nunca estarás desplazado en mi corazón —le dije—. Pero tienes que entenderme también a mí.

Lucía entró en ese momento y nos encontró abrazados, llorando como dos niños perdidos.

Aquel día comimos juntos los tres por primera vez en años. No resolvimos todos nuestros problemas, pero al menos hablamos desde el corazón.

Ahora sigo sin saber si hice bien o mal dejando el piso a Lucía. Pero sí sé una cosa: la familia no es solo sangre; es presencia, es cariño, es perdón.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Es justo medir el amor por lo que uno hereda o por lo que uno da cada día?