El último verano en la casa de la abuela
—¿Pero cómo que la abuela quiere vender la casa? —gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, mientras el olor a empanada recién hecha flotaba en la cocina.
Yo me quedé helado, apoyado en el marco de la puerta, viendo cómo mi madre intentaba calmar a mi hermana. Mi padre, con el ceño fruncido, daba vueltas al vaso de vino sin atreverse a mirar a nadie. La abuela Carmen, sentada en su sillón de siempre, parecía más pequeña que nunca, como si el peso de los años y las decisiones la hubiera encogido.
—No es tan fácil, Lucía —dijo ella con voz temblorosa—. Ya no puedo cuidar la casa sola. Y vosotros tenéis vuestra vida en Madrid…
—¡Pero es nuestro refugio! —protesté yo, sintiendo un nudo en la garganta—. Aquí hemos pasado todos los veranos desde que éramos niños. ¿Te acuerdas de las noches de San Juan en la playa? ¿De las historias de miedo que contabas junto al fuego?
La abuela bajó la mirada. Afuera, el cielo gallego amenazaba lluvia, como si hasta el tiempo compartiera nuestra tristeza. Mi madre se acercó a ella y le cogió la mano.
—Mamá, si necesitas ayuda, podemos buscar a alguien del pueblo para que venga a limpiar o a hacerte compañía. No hace falta vender…
Pero Carmen negó con la cabeza.
—No quiero ser una carga para nadie. Y tampoco quiero que esta casa acabe cayéndose a pedazos cuando yo ya no esté.
El silencio se hizo pesado. Solo se oía el tic-tac del reloj antiguo y el rumor lejano del mar. Lucía salió corriendo al jardín, y yo la seguí. La encontré sentada bajo el limonero, abrazando las rodillas.
—No puedo creerlo —susurró—. Es como si nos arrancaran una parte de nosotros.
Me senté a su lado y miré las hortensias azules que siempre cuidaba la abuela con tanto mimo.
—Quizá deberíamos hablar con los primos —dije—. Si todos ponemos algo, podríamos comprarle la casa y turnarnos para venir…
Lucía me miró con esperanza, pero enseguida negó con la cabeza.
—¿Y papá? ¿Tú crees que querrá gastar dinero en esto? Desde que se fue el abuelo solo piensa en jubilarse y viajar…
Esa noche cenamos callados. La abuela intentó animarnos con su tortilla de patatas y un poco de albariño, pero nadie tenía ganas de fiesta. Después de cenar, me quedé solo con ella en el salón. El fuego crepitaba en la chimenea y las sombras bailaban en las paredes.
—Abuela —dije al fin—, ¿de verdad quieres irte?
Ella suspiró largo y tendido.
—No quiero irme… Pero tampoco quiero ver cómo os peleáis por una casa que solo trae problemas. Vuestra tía Rosa ya me ha dicho que no piensa poner un euro. Y tu madre no puede sola…
Me dolió escuchar aquello. Recordé los veranos de mi infancia: las excursiones al faro, los partidos de fútbol en el prado, las meriendas eternas bajo el porche mientras llovía a cántaros. Todo eso estaba a punto de desaparecer.
Al día siguiente, reunimos a toda la familia en el comedor. Hubo gritos, reproches y hasta alguna lágrima. Mi primo Diego dijo que él no podía permitirse nada porque acababa de quedarse en paro; mi tía Rosa insistió en que era mejor vender y repartir el dinero; mi madre lloraba en silencio.
Al final, fue la abuela quien zanjó la discusión:
—Esta casa fue siempre un lugar para unirnos, no para separarnos. Si tiene que irse, que sea porque todos estamos de acuerdo.
Nos miramos unos a otros, derrotados. Esa noche salí al porche y miré las estrellas entre las nubes. Sentí una rabia sorda mezclada con tristeza y resignación.
El último día del verano, antes de volver a Madrid, ayudé a la abuela a recoger flores para llevar al cementerio del abuelo. Caminamos despacio por el sendero empedrado, sin decir nada. Al llegar ante la tumba, ella dejó las hortensias y murmuró:
—Ojalá supieras cómo nos cuesta dejarte ir…
De vuelta a casa, le prometí que volvería siempre que pudiera, aunque solo quedara el recuerdo de lo que fuimos allí.
A veces me pregunto si las casas guardan nuestras historias o si somos nosotros quienes les damos vida. ¿Qué haríais vosotros? ¿Lucharíais por mantener un trocito del pasado o dejaríais marchar lo que ya no puede ser?