Entre dos fuegos: Confesiones de una suegra española
—¿Por qué no le pones un poco más de sal, Lucía? —pregunté, intentando que mi voz sonara amable, mientras removía el arroz en la paellera.
Lucía me miró de reojo, apenas sin levantar la cabeza. —A nosotros nos gusta así, Carmen —respondió, cortante, y siguió picando pimientos como si el cuchillo pudiera desgarrar algo más que la verdura.
El bullicio de la familia en la terraza apenas lograba tapar el silencio incómodo que se instaló entre nosotras. Mi hijo, Álvaro, reía con su hermana y su padre, ajeno a la tensión que ardía en la cocina como el fuego bajo la paella. Me sentí invisible, desplazada en mi propia casa de campo, esa que durante años fue el refugio de todos los veranos y Navidades.
No siempre fue así. Recuerdo la primera vez que Lucía vino a casa. Era tímida, con una sonrisa nerviosa y un ramo de flores en las manos. Yo la recibí con los brazos abiertos, o al menos eso creí. ¿En qué momento se enfrió todo? ¿Fue cuando opiné sobre cómo vestía a los niños? ¿O cuando sugerí que no dejaran tanto tiempo a los pequeños con la tablet?
La comida transcurrió entre conversaciones cruzadas y risas forzadas. Lucía apenas me dirigió la palabra. Cuando intenté preguntarle por su nuevo trabajo en el hospital, contestó con monosílabos. Sentí una punzada de celos al ver cómo se deshacía en detalles con mi hija, Marta. ¿Por qué con ella sí y conmigo no?
Después del postre, mientras recogíamos los platos, me armé de valor.
—Lucía, ¿podemos hablar un momento?
Ella asintió sin entusiasmo y salimos al porche. El aire fresco de la sierra no logró disipar la tensión.
—Si he hecho algo que te ha molestado… —empecé, pero ella me interrumpió.
—No es solo una cosa, Carmen. Siento que siempre tienes algo que decir sobre cómo hacemos las cosas Álvaro y yo. Que nunca es suficiente.
Me quedé muda. No era mi intención herirla. Solo quería ayudar, compartir lo que aprendí durante años criando a mis hijos en un piso pequeño de Vallecas, haciendo malabares para llegar a fin de mes y que nunca les faltara nada.
—No quiero entrometerme —dije al fin—. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo.
Lucía suspiró. —A veces solo necesito sentirme capaz. Que confías en mí.
La conversación quedó flotando en el aire como una promesa rota. Esa noche apenas dormí. Recordé a mi propia suegra, Rosario, una mujer dura y seca que nunca aprobó cómo cocinaba el cocido ni cómo vestía a sus nietos. Juré no repetir sus errores, pero ¿y si lo estaba haciendo sin darme cuenta?
Al día siguiente, mientras los niños jugaban al fútbol en el jardín y los adultos preparaban la barbacoa, observé a Lucía desde lejos. Vi cómo consolaba a mi nieta pequeña cuando se cayó y cómo organizaba a todos para recoger los juguetes antes de comer. Me di cuenta de que era buena madre y buena persona, aunque no hiciera las cosas como yo.
Por la tarde, Marta se me acercó.
—Mamá, tienes que dejarles espacio. Lucía se siente juzgada todo el tiempo.
Sentí un nudo en la garganta. —¿Tan mal lo hago?
—No es cuestión de hacerlo mal o bien —dijo Marta—. Es cuestión de aceptar que ahora son ellos quienes deciden cómo criar a sus hijos.
Me quedé pensativa largo rato. Recordé las veces que había criticado sin querer: cuando Lucía decidió volver al trabajo a los seis meses del nacimiento del pequeño Hugo; cuando optaron por una guardería bilingüe en vez de dejarlo con los abuelos; cuando organizaron unas vacaciones solos en vez de venir al pueblo con nosotros.
Esa noche, mientras fregaba los platos junto a Lucía, intenté romper el hielo.
—¿Sabes? A veces echo de menos cuando mis hijos eran pequeños. Me cuesta aceptar que ya no me necesitan tanto.
Lucía me miró sorprendida. —Carmen… yo no quiero alejarte. Solo quiero sentirme respetada.
Nos quedamos calladas unos segundos. Luego le pregunté por su trabajo y esta vez me contó con entusiasmo cómo había conseguido coordinar su horario para pasar más tiempo con los niños.
Poco a poco, la conversación fluyó. Me atreví a pedirle consejo sobre una receta nueva y ella sonrió por primera vez en días.
El domingo por la tarde, cuando todos se marchaban, Lucía se acercó y me abrazó brevemente.
—Gracias por escucharme —susurró.
Me quedé sola en la casa vacía, recogiendo los últimos vasos del jardín. Pensé en todas las madres y suegras españolas que luchan por encontrar su lugar cuando la familia crece y cambia. En lo difícil que es soltar el control sin sentir que te pierdes a ti misma.
¿Es posible aprender a querer desde la distancia? ¿Acompañar sin invadir? ¿Cuántas veces confundimos amor con control?
Quizá nunca deje de ser un aprendizaje constante. Pero hoy siento que he dado un paso hacia adelante.
¿Vosotras también os habéis sentido entre dos fuegos alguna vez? ¿Cómo habéis logrado encontrar vuestro sitio sin perderos a vosotras mismas?