Entre estanterías y silencios: La historia de Lucía en la biblioteca de Salamanca
—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —la voz de doña Carmen, la encargada de la biblioteca, retumbó entre los estantes como un trueno inesperado.
Me mordí el labio, apretando el cubo de la fregona con fuerza. “Otra vez…”, pensé. Siempre llego tarde, siempre corriendo, siempre con el corazón en la boca. Pero ¿cómo explicarle que antes de venir aquí tengo que dejar a Marta en el colegio, preparar su bocadillo, asegurarme de que no olvide la bufanda porque en Salamanca el frío cala hasta los huesos? ¿Cómo explicarle que desde que murió Juan, todo es cuesta arriba?
—Perdón, doña Carmen. No volverá a pasar —susurré, bajando la mirada para que no viera mis ojos rojos.
Ella bufó y se alejó entre los libros. Yo me quedé allí, con el eco de sus pasos y el peso del silencio. La biblioteca era mi refugio y mi condena. Nadie me veía realmente; para los estudiantes era solo la señora de la limpieza. A veces escuchaba sus risas, sus bromas sobre los exámenes y las fiestas. Yo, mientras tanto, recogía papeles arrugados y borraba huellas de una vida que ya no era la mía.
Marta era lo único que me mantenía en pie. Ocho años y una sonrisa capaz de iluminar hasta los días más grises. Cada tarde, al salir del trabajo, corría a buscarla al colegio público del barrio. Caminábamos juntas por las calles empedradas, oliendo a castañas asadas en invierno y a jazmín en primavera. Ella me contaba sus historias y yo fingía que todo estaba bien.
Pero esa tarde fue diferente. Al llegar a casa, encontré una carta del ayuntamiento. El alquiler subía otra vez. Me senté en la cama, con la carta temblando entre mis manos. “¿Hasta cuándo podré seguir así?”, me pregunté. El sueldo apenas alcanzaba para lo básico; ni hablar de caprichos o vacaciones.
Esa noche, mientras Marta dormía abrazada a su peluche favorito, me asomé a la ventana. Las luces de Salamanca titilaban como luciérnagas lejanas. Recordé cuando Juan y yo paseábamos por la Plaza Mayor, soñando con un futuro que ahora se me escapaba entre los dedos.
Al día siguiente, mientras limpiaba el despacho del director, escuché una conversación entre él y una joven bibliotecaria:
—Hace falta alguien para ayudar con las actividades infantiles del sábado —decía ella—. Los niños necesitan a alguien paciente y cariñoso.
—No tenemos presupuesto para contratar a nadie más —respondió él.
Me armé de valor y toqué suavemente la puerta.
—Perdone… Si necesitan ayuda con los niños, yo podría hacerlo. Tengo experiencia con mi hija y… bueno, me vendría bien un dinero extra.
Me miraron sorprendidos. Por primera vez en años, sentí que alguien me veía de verdad.
—¿Tú? —preguntó el director, arqueando una ceja.
—Sí —contesté, tragando saliva—. Me encantan los niños y sé contar cuentos.
La bibliotecaria sonrió.
—Podríamos probar este sábado —dijo—. Si sale bien, podríamos repetirlo.
Esa semana preparé cuentos y juegos con Marta. El sábado por la mañana, llegué temprano a la biblioteca. Los niños se sentaron en círculo y yo les leí historias de dragones y princesas valientes. Sus risas llenaron el aire y, por un momento, sentí que todo era posible.
Al terminar, uno de los niños se acercó y me abrazó.
—¿Vas a venir más veces? —preguntó con ojos brillantes.
Miré a la bibliotecaria, que asintió con una sonrisa.
—Sí —respondí—. Volveré todas las veces que pueda.
Esa noche, al acostar a Marta, ella me abrazó fuerte.
—Estoy orgullosa de ti, mamá —susurró.
Me quedé mirando el techo oscuro, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una chispa de esperanza. ¿Será posible empezar de nuevo cuando todo parece perdido? ¿Cuántas mujeres como yo caminan invisibles por las calles de nuestras ciudades? Quizá no estamos tan solas como pensamos.