Entre la fe y el miedo: Mi lucha junto a mi madre en su enfermedad
—¡Mamá, abre la puerta! —grité, golpeando con fuerza la madera fría mientras sentía cómo el corazón me latía en la garganta. Detrás, sólo se oía un sollozo ahogado, ese sonido que nunca antes había escuchado de su boca. Era como si el mundo se hubiera detenido en ese instante, y yo, Lucía, con diecisiete años y una mochila llena de exámenes y sueños, no sabía cómo actuar.
Cuando por fin abrió, sus ojos estaban rojos y supe que algo grave pasaba. No era la primera vez que la veía llorar, pero sí la primera vez que sentí que no podía consolarla. —Lucía, siéntate —me dijo con voz temblorosa. Me senté en el borde de la bañera, con las manos sudorosas. —Me han encontrado algo en el pecho —susurró—. Tienen que hacerme más pruebas.
El silencio se hizo tan denso que casi podía tocarlo. Mi padre, Manuel, llegó esa noche tarde del trabajo. Cuando le contamos lo que ocurría, se quedó quieto, mirando al suelo. —No pasa nada, seguro que no es nada —dijo, pero su voz sonaba hueca. Mi hermano pequeño, Sergio, sólo tenía diez años y no entendía por qué mamá ya no le reñía por dejar los juguetes tirados.
Los días siguientes fueron una sucesión de visitas al hospital de La Paz, análisis y miradas esquivas. Mi madre intentaba mantener la normalidad: preparaba lentejas los miércoles y ponía la lavadora los sábados. Pero yo veía cómo se le caía el pelo en la almohada y cómo se le apagaba la sonrisa.
Una tarde, después de una sesión de quimioterapia, me senté a su lado en el sofá. —Mamá, ¿tienes miedo? —pregunté casi en un susurro. Ella me miró con una ternura infinita y me acarició el pelo. —Claro que tengo miedo, hija. Pero también tengo fe. Y mientras tenga fe, no estoy sola.
Yo nunca había sido especialmente religiosa. En mi instituto público de Vallecas, la religión era más una asignatura para aprobar que una convicción. Pero empecé a acompañarla a misa los domingos en la parroquia de San Ramón Nonato. Allí conocí a Carmen, una señora mayor que siempre llevaba un rosario entre las manos y me sonreía como si supiera exactamente lo que sentía.
—La fe no es magia, Lucía —me dijo Carmen un día—. Es confiar cuando todo parece perdido.
Pero confiar era difícil cuando veía a mi padre cada vez más ausente y a mi hermano encerrado en su cuarto con los cascos puestos para no escuchar los gritos ahogados de mamá por las noches. Un día discutí con mi padre en la cocina:
—¡No puedes hacer como si nada pasara! ¡Mamá está enferma y tú sólo piensas en el trabajo!
Él me miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas. —¿Y qué quieres que haga? Si pierdo el trabajo nos quedamos sin casa.
Me sentí injusta y egoísta. Todos estábamos luchando a nuestra manera.
Las semanas pasaron y los médicos dijeron que había que operar. La noche antes de la operación, mi madre me pidió que rezara con ella. Nos arrodillamos juntas junto a su cama y recitamos un Padrenuestro entre lágrimas. Sentí una paz extraña, como si por primera vez en meses pudiera respirar hondo.
La operación duró horas eternas. Recuerdo el olor a café rancio en la sala de espera y las manos frías de mi padre apretando las mías. Cuando por fin salió el cirujano, nos miró con seriedad: —La operación ha ido bien, pero ahora empieza lo más difícil: la recuperación.
Mi madre volvió a casa más débil pero con una luz nueva en los ojos. Empezó a escribir un diario donde anotaba cada pequeño avance: «Hoy he podido subir las escaleras sin ayuda», «Hoy he reído con Sergio viendo una película».
Un día encontré ese diario abierto sobre la mesa del salón. Había una frase subrayada: «La fe no me cura el cuerpo, pero me sostiene el alma».
A partir de entonces, empecé a escribir yo también. Escribía cartas a mi madre contándole mis miedos y mis sueños para cuando todo esto pasara: ir juntas a ver el mar en Cádiz, celebrar su cumpleaños con toda la familia reunida…
La enfermedad nos cambió a todos. Mi padre empezó a llegar antes a casa y aprendió a cocinar arroz con pollo siguiendo las instrucciones de mi madre. Sergio dejó de esconderse y empezó a leerle cuentos por las noches.
Pero también hubo momentos oscuros: recaídas, noches sin dormir, amigos que dejaron de llamar porque no sabían qué decirme… Un día exploté delante de mi mejor amiga, Marta:
—Estoy harta de ser fuerte todo el tiempo. ¿Y si mamá no sale de esta?
Marta me abrazó sin decir nada. A veces no hacen falta palabras.
Hoy han pasado dos años desde aquel primer diagnóstico. Mi madre sigue luchando, algunos días mejor que otros. Yo he aprendido que la fe no es sólo rezar; es levantarse cada mañana y decidir seguir adelante aunque duela.
A veces me pregunto: ¿Cuántas familias estarán ahora mismo viviendo lo mismo? ¿De dónde sacamos fuerzas cuando parece que todo se derrumba? Si tú también has pasado por algo parecido… ¿cómo lo has superado?