Entre la lealtad y el amor: El día que tuve que elegir entre mi madre y mi esposa

—Mamá, por favor, no me hagas esto más difícil —le dije, con la voz quebrada y las llaves del piso apretadas en la palma de la mano. Ella me miraba desde el sofá, con esa mezcla de orgullo herido y tristeza que sólo una madre puede mostrar. Mi mujer, Lucía, estaba en la cocina, fingiendo que no escuchaba, pero yo sabía que cada palabra era como un cuchillo para ella también.

Todo empezó hace meses, cuando mi madre, Carmen, se quedó viuda y yo, como hijo único, sentí el deber de estar a su lado. Al principio, Lucía lo entendió. «Es tu madre, Diego, claro que debe venir unos días», me dijo. Pero esos días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Carmen empezó a opinar sobre todo: cómo Lucía cocinaba, cómo educábamos a nuestra hija Paula, incluso sobre cómo debíamos gastar nuestro dinero. «En mis tiempos, las cosas se hacían de otra manera», repetía una y otra vez.

Una noche, después de una discusión especialmente tensa sobre la cena —mi madre criticó el gazpacho de Lucía delante de toda la familia—, Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas. «Diego, no puedo más. Siento que esta ya no es mi casa». Me dolió escucharla. Yo también sentía que el ambiente era irrespirable, pero ¿cómo decirle a mi madre que tenía que irse? ¿Cómo elegir entre la mujer que me dio la vida y la mujer con la que había decidido compartirla?

Las cosas empeoraron cuando Paula empezó a tener pesadillas. Una noche la encontré llorando en su habitación. «Abuela dice que mamá es mala porque no hace las cosas como tú quieres», sollozó. Sentí una rabia y una impotencia que no sabía cómo manejar. ¿Hasta dónde podía llegar esto?

Intenté hablar con Carmen varias veces. «Mamá, tienes que entender que esta es nuestra casa ahora. Lucía y yo necesitamos nuestro espacio». Pero ella siempre respondía lo mismo: «¿Me estás echando? Después de todo lo que he hecho por ti… ¿Así me lo pagas?»

Los días se volvieron grises. Lucía apenas hablaba conmigo y Paula evitaba a su abuela. Yo llegaba tarde del trabajo para no enfrentarme a la tensión del hogar. Hasta que una tarde encontré a Lucía haciendo las maletas.

—¿Qué haces? —le pregunté, asustado.
—No puedo seguir así, Diego. O ella o yo. No quiero que Paula crezca pensando que esto es normal.

Fue entonces cuando sentí el peso real de la decisión que tenía delante. Recordé a mi padre, siempre tan conciliador, diciéndome de pequeño: «La familia es lo más importante». Pero ¿qué familia? ¿La que formé con Lucía o la que me vio nacer?

Esa noche no dormí. Al amanecer, bajé al salón donde mi madre ya estaba despierta, mirando por la ventana como si esperara ver a mi padre regresar del bar donde solía jugar al dominó.

—Mamá —dije—, tenemos que hablar.
Ella se giró lentamente.
—Ya sé lo que vas a decirme —susurró—. Que me vaya.

Me arrodillé junto a ella y le tomé las manos.
—No quiero perderte, pero tampoco puedo perder a mi familia. Necesitamos espacio para ser felices. Te buscaré un piso cerca, vendrás cuando quieras… pero tienes que entenderlo.

Vi cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas arrugadas. Me abrazó fuerte y sentí su corazón latiendo rápido contra mi pecho.
—Siempre serás mi niño —me dijo—. Pero ahora eres un hombre.

Esa tarde le entregué las llaves del piso nuevo que había alquilado para ella. No fue fácil; sentí que le arrancaba una parte de mí mismo. Lucía me abrazó en silencio cuando regresé a casa y Paula me miró con alivio.

Hoy, meses después, las heridas siguen sanando. Carmen viene los domingos a comer y poco a poco ha aprendido a respetar nuestro espacio. A veces la veo mirar a Lucía con nostalgia y sé que aún duele. Pero también sé que hice lo correcto.

¿Se puede ser buen hijo y buen marido al mismo tiempo? ¿O la vida nos obliga siempre a elegir? A veces me pregunto si algún día dejará de dolerme esta decisión.