Espejo roto: La traición de Álvaro y mi lucha por reconstruirme

—¿Por qué tienes la pantalla tan bajita, Álvaro? —pregunté, intentando sonar casual mientras cenábamos tortilla de patatas y ensalada en la cocina. Él ni levantó la vista del móvil, solo murmuró algo ininteligible. En ese instante, sentí un pinchazo en el pecho, una intuición que me heló la sangre. No era la primera vez que notaba su distancia, pero esa noche, el silencio entre nosotros era tan denso que casi podía cortarse con el cuchillo.

Cuando se fue a duchar, no pude resistirlo. Cogí su móvil, temblando. La contraseña era la misma de siempre: la fecha de nuestro aniversario. Qué ironía. Bastaron unos segundos para que mi mundo se hiciera añicos. Mensajes con una tal Marta: palabras dulces, promesas, fotos. «Ojalá estuvieras aquí conmigo esta noche», leí. Sentí náuseas. Me apoyé en la encimera, intentando no llorar para que nuestros hijos, Paula y Sergio, no me oyeran desde el salón.

No sé cuánto tiempo estuve allí, paralizada. Cuando Álvaro salió del baño, me encontró con el móvil en la mano y la cara desencajada.

—¿Qué has hecho, Lucía? —su voz era un susurro cargado de miedo.

—¿Qué he hecho yo? —le grité—. ¡¿Qué has hecho tú?!

Los niños aparecieron en la puerta. Paula, con solo ocho años, me miraba con los ojos muy abiertos. Sergio se aferró a su peluche. Me tragué el llanto y les mandé a su cuarto con una excusa torpe.

Esa noche no dormí. Álvaro intentó justificarse: «No es lo que parece», «Solo fue un error», «No significa nada». Pero cada palabra era una puñalada más. Recordé todos los años juntos: las vacaciones en Asturias, las tardes de domingo viendo películas, los cumpleaños de los niños. ¿Había sido todo mentira?

Durante semanas viví como un fantasma. Iba al trabajo —soy profesora en un instituto público de Madrid— y fingía normalidad ante mis compañeros y alumnos. Pero por dentro me sentía vacía. Mi madre me llamaba cada día:

—Lucía, hija, ¿qué te pasa? Te noto rara.

No podía contarle la verdad. En mi familia siempre se había dicho que «los trapos sucios se lavan en casa». Pero yo me ahogaba en silencio.

Un día, después de clase, mi compañera Carmen me invitó a tomar un café.

—Te veo mal, Lucía. ¿Quieres hablar?

No pude más y rompí a llorar en plena cafetería. Carmen me abrazó y me dijo algo que nunca olvidaré:

—No eres menos mujer por lo que ha hecho él. No tienes que perdonar si no quieres.

Esa noche, por primera vez, pensé en separarme. Pero el miedo me paralizaba: ¿Cómo iba a criar sola a dos niños? ¿Cómo iba a pagar la hipoteca? ¿Qué dirían mis padres? En España todavía pesa mucho el qué dirán.

Álvaro empezó a cambiar: llegaba antes a casa, ayudaba más con los niños, incluso fue a terapia conmigo unas semanas. Pero yo ya no podía mirarle igual. Cada vez que sonaba su móvil sentía un escalofrío.

Una tarde, Paula me preguntó:

—Mamá, ¿por qué ya no sonríes?

Me rompí por dentro. No podía permitir que mis hijos crecieran viendo a una madre rota por dentro.

Decidí hablar con mis padres. Mi padre se quedó callado mucho rato y luego dijo:

—Lucía, eres nuestra hija y te apoyaremos hagas lo que hagas.

Mi madre lloró conmigo y me confesó que ella también había sufrido mucho en silencio por cosas de mi padre. Sentí rabia y compasión a la vez.

La decisión no fue fácil. Álvaro lloró, suplicó, prometió cambiar. Pero yo ya no era la misma Lucía ingenua de antes. Busqué un abogado y empecé los trámites de separación.

Los primeros meses fueron un infierno: discusiones por la custodia, noches sin dormir, miedo al futuro. Pero poco a poco fui recuperando fuerzas. Volví a salir con amigas, retomé mis clases de yoga y empecé a escribir un diario para desahogarme.

Un día, Paula me trajo un dibujo: éramos ella, Sergio y yo cogidos de la mano bajo un sol enorme.

—Mamá, ahora estamos bien —me dijo sonriendo.

Y supe que había tomado la decisión correcta.

Hoy miro atrás y veo a una mujer distinta: más fuerte, más libre. Sigo teniendo miedo a veces, pero ya no me paraliza. He aprendido que el perdón no siempre significa volver atrás; a veces es dejar ir para poder avanzar.

¿Vosotros habéis sentido alguna vez que vuestra vida se rompe en mil pedazos? ¿Qué haríais si os encontráis frente al espejo roto de una traición?