Humillación en la taberna: La venganza de Javier

—¡Eh, guapa! ¿Por qué no sonríes un poco? —escupió uno de los tipos, con la voz cargada de vino barato y arrogancia.

Me giré, apretando la bandeja contra el pecho, intentando mantener la compostura. La taberna estaba llena, como cada viernes por la noche, y el bullicio habitual se había tornado en una tensión incómoda. Sabía que no debía responder, que lo mejor era ignorar, pero el miedo y la rabia me quemaban por dentro.

—Déjala en paz, Antonio —le susurró uno de sus amigos, pero el tal Antonio solo se rió, una carcajada hueca que rebotó en las paredes de piedra.

—¿Qué pasa, no tienes lengua? —insistió, y antes de que pudiera apartarme, sentí cómo sus manos tiraban de mi delantal, desgarrando la tela con un ruido seco y cruel. El uniforme, mi única protección, quedó hecho jirones. El silencio cayó como una losa. Nadie se movió. Nadie dijo nada.

Me quedé paralizada, con las mejillas ardiendo de vergüenza, los ojos llenos de lágrimas que me negaba a dejar caer. Miré a mi alrededor, buscando una mirada amiga, un gesto de apoyo, pero solo encontré rostros bajos, miradas esquivas. En ese momento, sentí que el mundo se había vuelto en mi contra.

Pero entonces, la puerta de la taberna se abrió de golpe. El aire fresco de la noche sevillana entró como una bofetada. Javier, mi marido, apareció en el umbral. Alto, moreno, con esa mirada que siempre había intimidado a medio barrio. Había sido guardia civil, pero todos sabían que su carácter era aún más temido que su uniforme.

—¿Qué está pasando aquí? —su voz retumbó, grave, cortando el aire como un cuchillo.

Los tres hombres se encogieron, pero Antonio, el más borracho, intentó mantener la compostura.

—Nada, hombre, solo estábamos bromeando con la camarera —dijo, levantando las manos.

Javier no necesitó más. Caminó hacia mí, me cubrió con su chaqueta y me apartó suavemente. Luego, se giró hacia los tres, su rostro una máscara de furia contenida.

—En mi casa, en mi barrio, a mi mujer se la respeta. ¿Os ha quedado claro? —dijo, sin alzar la voz, pero con una autoridad que heló la sangre de todos los presentes.

Antonio intentó reírse, pero la risa se le atragantó cuando Javier lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó como si fuera un niño. Los otros dos intentaron intervenir, pero los parroquianos, que hasta entonces habían permanecido inmóviles, se levantaron de sus sillas. Nadie iba a desafiar a Javier, no esa noche.

—Pide perdón —le ordenó Javier, apretando los dientes.

—Lo siento, lo siento, de verdad —balbuceó Antonio, con la cara roja y los ojos desorbitados.

Javier lo soltó y el hombre cayó al suelo, temblando. Los otros dos salieron corriendo, y la taberna volvió a respirar. Nadie aplaudió, nadie dijo nada, pero todos sabían que algo importante había pasado. Javier me abrazó, y por primera vez esa noche, me permití llorar.

En casa, mientras me cambiaba de ropa, Javier me miró con ternura y rabia a la vez.

—No dejaré que nadie te humille nunca más, Lucía. Aquí, en Andalucía, la dignidad es sagrada —me dijo, acariciándome el pelo.

Esa noche, mientras intentaba dormir, no podía dejar de preguntarme: ¿Por qué la gente mira hacia otro lado ante la injusticia? ¿Cuándo aprenderemos a defendernos unos a otros, como verdaderos vecinos, como familia?