La deuda de mi madre, mi condena: una historia sobre el peso de lo que no elegimos

—¿Otra vez te han llamado del banco, mamá? —La voz me salió temblorosa, aunque intenté sonar firme. Mi madre, Carmen, ni siquiera me miró. Seguía removiendo el café con una cucharilla, como si el simple acto pudiera disolver también las cartas apiladas sobre la mesa: sobres blancos, con sellos rojos y palabras que ya conocía de memoria. “Aviso de embargo”, “Último requerimiento”, “Pago pendiente”.

Tenía diecisiete años y ya sabía demasiado sobre intereses, plazos y amenazas legales. Mientras mis amigas del instituto hablaban de viajes a la playa o del último chico que les gustaba, yo repasaba mentalmente los números de la cuenta corriente y calculaba si podríamos pagar la luz ese mes.

—No te preocupes, Lucía —me dijo al fin mi madre, forzando una sonrisa—. Todo se arreglará.

Pero yo ya no le creía. No después de tantas promesas rotas, de tantas veces en que tuve que mentirle a mi abuela Pilar para pedirle dinero “para los libros” o “para una excursión”, cuando en realidad era para llenar la nevera.

Mi padre se fue cuando yo tenía ocho años. Nunca supe bien por qué. Mamá decía que era un cobarde, que no supo enfrentarse a la vida. Pero a veces, en las noches más silenciosas, me preguntaba si no habría huido también de todo esto: de las facturas sin pagar, de los gritos ahogados tras la puerta del baño, del olor a desesperanza que impregnaba nuestra casa en el barrio de Carabanchel.

Una tarde de otoño, mientras recogía la ropa tendida en la azotea, escuché a mi madre hablar por teléfono. No me vio llegar. Su voz era baja, casi un susurro:

—No puedo pagarte ahora, Antonio. Dame un mes más… Por favor… Es para Lucía, no quiero que le falte nada…

Sentí una mezcla de rabia y ternura. ¿Por qué tenía que cargar yo con todo esto? ¿Por qué mi vida estaba marcada por decisiones que no eran mías?

En el instituto, los profesores empezaron a notar mi cansancio. La orientadora, Mercedes, me llamó un día a su despacho.

—Lucía, ¿todo va bien en casa?

Quise decirle la verdad. Quise contarle que cada vez que sonaba el timbre temía que fuera alguien reclamando dinero; que había noches en las que me dormía llorando porque no sabía si podríamos seguir viviendo allí. Pero solo asentí con la cabeza y murmuré:

—Sí, todo bien.

La mentira se me quedó atragantada en la garganta.

Las discusiones con mi madre se hicieron más frecuentes. Una noche, después de cenar arroz blanco —otra vez—, exploté:

—¡No puedo más! ¡No es justo! ¡Siempre estamos igual! ¿Por qué no pides ayuda? ¿Por qué no cambias?

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Tú crees que no lo intento? —me gritó—. ¿Tú crees que me gusta vivir así? ¡He hecho todo lo posible por ti!

Me sentí culpable al instante. Pero también sentí rabia. Porque sí, ella había hecho todo por mí… pero también había cometido errores. Había pedido préstamos imposibles de pagar, había confiado en personas equivocadas, había gastado más de lo que teníamos intentando darme una vida mejor.

Mi abuela Pilar fue la única que nunca me juzgó. Cuando iba a su casa en Lavapiés, me preparaba chocolate caliente y me dejaba llorar en silencio.

—Hija —me decía—, las madres también se equivocan. Pero tú tienes derecho a vivir tu propia vida.

Esas palabras se me quedaron grabadas.

El último año del instituto fue el más duro. Un día llegué a casa y encontré a dos hombres trajeados en el portal. Uno de ellos me preguntó por Carmen Rodríguez.

—¿Es usted su hija? —asentí—. Dígale que tiene quince días para abandonar el piso si no paga lo que debe.

Me temblaron las piernas. Subí corriendo y encontré a mi madre sentada en el sofá, con la mirada perdida.

—Nos van a echar —susurró—. Lo he perdido todo.

En ese momento sentí una mezcla de miedo y alivio. Miedo porque no sabía dónde íbamos a ir; alivio porque al fin se acababa esa espera angustiosa.

Pasamos unas semanas en casa de mi abuela. Mi madre cayó en una depresión profunda. Yo empecé a trabajar limpiando casas para ayudar con los gastos. Dejé de salir con mis amigas; dejé incluso de soñar con ir a la universidad.

Pero un día, mientras fregaba el suelo de un piso en Chamberí, escuché a una señora hablar por teléfono sobre una beca para jóvenes sin recursos. Algo se encendió dentro de mí.

Esa noche busqué información en el móvil prestado de mi abuela y encontré una convocatoria para estudiar Trabajo Social en la Complutense. Decidí presentarme.

No fue fácil convencer a mi madre.

—¿Y si fracasas? —me preguntó—. ¿Y si te pasa lo mismo que a mí?

La miré a los ojos y le respondí:

—Prefiero intentarlo y fallar que quedarme aquí esperando a que todo cambie solo.

Conseguí la beca. Empecé la carrera mientras seguía trabajando por las mañanas. Mi madre poco a poco fue saliendo del pozo; encontró trabajo cuidando ancianos y empezó a pagar parte de sus deudas.

A veces todavía siento el peso de su pasado sobre mis hombros. Pero cada día lucho por construir mi propio futuro.

Ahora me pregunto: ¿Hasta qué punto somos responsables del legado que nos dejan nuestros padres? ¿Podemos romper el ciclo o estamos condenados a repetirlo? ¿Vosotros qué pensáis?