La Habitación del Silencio: Una Noche en la Sierra de Granada
—¿Por qué me haces esto, mamá? —mi voz temblaba, apenas un susurro entre las paredes desconchadas de nuestra casa en el Albaicín.
—No hay otra salida, Lucía. No tenemos ni para el butano este invierno —me respondió mi madre, con los ojos rojos y la voz rota. Mi padre ni siquiera me miraba; se limitaba a apretar los puños sobre la mesa, como si así pudiera sujetar el mundo que se desmoronaba a nuestro alrededor.
Esa misma tarde, un hombre llegó en un coche negro, de esos que no se ven mucho por el barrio. Era alto, con barba descuidada y una mirada que parecía atravesarlo todo. Ricardo. Nadie sabía mucho de él, solo que tenía tierras en la sierra y dinero suficiente para sacarnos del apuro. Mi madre me abrazó fuerte antes de que me subiera al coche, pero su abrazo no pudo calmar el frío que sentía por dentro.
El viaje fue silencioso. Ricardo no dijo ni una palabra. Yo miraba por la ventanilla, viendo cómo la ciudad quedaba atrás y el paisaje se volvía cada vez más salvaje. Al llegar a su cortijo, en mitad de los olivos y las montañas, sentí que entraba en otro mundo. Todo olía a madera vieja y a ese perfume suyo, mezcla de tabaco y vainilla.
La noche cayó rápido. Ricardo me llevó a una habitación grande, con una cama enorme cubierta de colchas bordadas a mano. Cerró la puerta con llave. El clic del pestillo me hizo saltar el corazón. Me quedé de pie, sin saber qué hacer, mientras él se quitaba la chaqueta y dejaba las llaves sobre la mesilla.
—No tienes que tener miedo —dijo de repente, con una voz grave pero suave—. Aquí nadie te va a hacer daño.
No le creí. ¿Cómo podía creerle? Me senté en el borde de la cama, abrazando mis rodillas. Él se acercó despacio y se sentó en una silla frente a mí.
—Sé que esto no es justo para ti —continuó—. Pero tampoco lo es para mí. No quería una esposa comprada, Lucía. Solo quería ayudar a tu familia…
Me miró a los ojos por primera vez y vi algo que no esperaba: tristeza. Una tristeza profunda, como la mía.
—¿Por qué lo hiciste entonces? —pregunté, casi sin voz.
Ricardo suspiró.—Mi madre murió hace poco. Me dejó esta casa y las tierras, pero también una promesa: cuidar de quien lo necesitara. Vi a tu madre en el mercado… supe que necesitabais ayuda.
Me quedé callada. No sabía si sentir alivio o rabia. ¿Era yo una obra de caridad?
La noche avanzó lenta. Ricardo me ofreció una manta extra y un vaso de leche caliente.
—Puedes dormir tranquila —me dijo—. No voy a tocarte si no quieres. Aquí tienes tu espacio; la puerta estará cerrada solo por fuera esta noche para que descanses sin miedo… Mañana hablaremos.
No dormí mucho, pero tampoco lloré más. Por la mañana, al abrir la puerta, Ricardo traía pan recién hecho y aceite de oliva.
—En esta casa nadie es esclavo —dijo—. Si quieres quedarte, será porque tú lo decides.
Durante los días siguientes fui descubriendo otra cara de Ricardo: trabajador, generoso con los vecinos del pueblo, siempre dispuesto a escucharme cuando necesitaba hablar o simplemente callar juntos mirando las montañas al atardecer.
Poco a poco, el miedo fue dejando paso a la curiosidad y después al respeto… incluso al cariño. Aprendí a cuidar el huerto, a hacer pan y a reírme otra vez.
A veces me pregunto si todo esto fue suerte o destino… ¿Cuántas veces creemos estar atrapados cuando en realidad estamos a punto de encontrar nuestra libertad?
¿Y tú? ¿Qué harías si tu vida cambiara en una sola noche?