La hija del alcalde y el hijo del jardinero: una decisión que cambió mi destino para siempre
—¡No pienso hacerlo, papá! ¡No puedes obligarme! —grité, con la voz rota y las lágrimas resbalando por mis mejillas. Mi padre, don Ramón, el alcalde de nuestro pequeño pueblo en la provincia de Segovia, ni siquiera me miró. Su rostro era una máscara de piedra. Mi madre, Carmen, intentaba calmarme, pero yo solo sentía rabia y vergüenza.
Todo empezó aquella tarde de junio, cuando la noticia corrió como pólvora por las calles empedradas: la hija del alcalde había sido vista besándose con un forastero en la feria. No importaba que fuera mentira; en un pueblo como el nuestro, la verdad es lo que la gente decide creer. Mi padre, cegado por el qué dirán y su propio orgullo, decidió castigarme de la forma más cruel: obligándome a casarme con Diego, el hijo del jardinero. Un chico humilde, trabajador, pero al que yo apenas conocía y que, según mi familia, no estaba a nuestra altura.
La noche antes de la boda fue un infierno. Mi hermana pequeña, Lucía, intentó consolarme:
—Marta, igual Diego no es tan malo…
—No lo entiendes —le susurré—. No se trata de Diego. Se trata de que me están robando mi vida.
El día de la boda, la iglesia estaba llena de miradas curiosas y cuchicheos. Sentí cada palabra como una puñalada: «Pobre chica», «Eso le pasa por altiva», «A ver cuánto dura». Diego estaba nervioso, sudando bajo su traje prestado. Cuando me tomó la mano, noté que temblaba tanto como yo.
Los primeros meses fueron insoportables. Vivíamos en una pequeña casa al borde del pueblo. Mi madre venía a verme con frecuencia, pero solo para recordarme que debía comportarme como una buena esposa y no dar más motivos para la vergüenza. Mi padre no volvió a hablarme durante semanas.
Diego era silencioso y torpe. Intentaba ayudarme en todo: cocinaba conmigo, arreglaba el jardín y hasta me traía flores silvestres. Pero yo no podía mirarle sin sentir rabia y humillación. Una noche, después de una discusión especialmente dura con mi madre, rompí a llorar en la cocina. Diego se acercó y me dijo:
—Sé que no me quieres aquí. Si pudiera cambiar las cosas, lo haría. Pero no quiero verte sufrir más…
Por primera vez vi tristeza en sus ojos. No era mi enemigo; era otra víctima de las decisiones de los demás.
El tiempo fue pasando y el pueblo seguía hablando. Un día, mientras compraba pan en la tienda de doña Pilar, escuché a dos vecinas cuchicheando:
—Dicen que Marta ya ni sale de casa…
—Normal, con ese marido…
Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. Pero esa tarde, al volver a casa, encontré a Diego arreglando una vieja bicicleta para Lucía. Reía con ella como si fueran hermanos. Algo se rompió dentro de mí: ¿por qué odiaba tanto a alguien que solo intentaba hacerme la vida más fácil?
Empecé a observarle en silencio. Vi cómo cuidaba a los animales del corral, cómo ayudaba a los vecinos sin pedir nada a cambio. Una noche, mientras cenábamos en silencio, le pregunté:
—¿Por qué nunca te quejas?
Me miró sorprendido.
—Porque sé lo que es perderlo todo —respondió—. Y ahora tengo algo que cuidar.
Poco a poco, empecé a abrirme a él. Compartimos historias de nuestra infancia; reímos juntos por primera vez una tarde lluviosa mientras intentábamos tapar goteras en el tejado. Descubrí que Diego tenía sueños: quería abrir un pequeño taller de bicicletas y enseñar a los niños del pueblo.
Mi familia seguía distante. Mi padre evitaba cruzarse conmigo en las fiestas del pueblo; mi madre solo venía para asegurarse de que no «diera más problemas». Pero yo ya no era la misma. Había aprendido a valorar las pequeñas cosas: una tarde tranquila en el campo, una conversación sincera al anochecer.
Un día, Lucía vino corriendo a casa:
—Papá está enfermo…
Corrí al ayuntamiento y encontré a mi padre pálido y débil. Sin pensarlo dos veces, Diego y yo le llevamos al hospital más cercano en nuestro viejo coche. Durante horas esperé junto a mi madre en silencio.
Cuando mi padre despertó, me miró por primera vez en meses.
—Marta…
No supe qué decirle. Solo sentí un nudo en la garganta.
Pasaron semanas hasta que volvió a casa. Durante ese tiempo, Diego estuvo siempre a mi lado. Mi padre empezó a cambiar: me pidió perdón por primera vez en su vida.
—Solo quería protegerte… pero te hice daño —me dijo una noche.
Perdonarle no fue fácil. Había perdido mi juventud y mis sueños por culpa de su orgullo. Pero también había encontrado algo inesperado: un amor sencillo y sincero con Diego.
Hoy miro atrás y me pregunto si todo ese sufrimiento valió la pena. El pueblo sigue hablando —siempre hablarán— pero ya no me importa. He aprendido que el amor no siempre nace donde uno espera; a veces surge entre las ruinas del dolor y la vergüenza.
¿Seremos capaces algún día de perdonar realmente a quienes más nos han herido? ¿O arrastraremos siempre esas cicatrices como un recordatorio de lo que fuimos?