La verdad oculta: Mi marido y su madre querían arrebatarme a mi hijo no nacido

—¿De verdad crees que no se va a enterar? —susurró Carmen, la madre de mi marido, mientras yo fingía dormir en la habitación contigua.

—Mamá, si todo sale bien, pensará que fue un parto complicado y ya está —respondió Javier, mi marido, con esa voz temblorosa que nunca le había escuchado.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué parto complicado? Mi embarazo iba bien, salvo por el cansancio y las náuseas típicas. Pero esa noche, el aire en casa olía a mentira y miedo. Me tapé la boca para no sollozar. No podía creer lo que acababa de escuchar.

Al día siguiente, intenté actuar con normalidad. Preparé café y tostadas como cada mañana en nuestro piso de Lavapiés, pero Javier apenas me miró. Carmen, en cambio, no paraba de observarme como si fuera un animal herido. «¿Te encuentras bien, Lucía? Tienes mala cara», me dijo con esa falsa dulzura que siempre me ponía los pelos de punta.

Durante días, la tensión fue creciendo. Empecé a notar cosas raras: llamadas a deshoras, susurros detrás de puertas cerradas, miradas cómplices entre ellos. Una tarde, mientras Javier salía a comprar pan y Carmen se duchaba, sentí la necesidad urgente de buscar algo, cualquier cosa que me explicara lo que estaba pasando. Abrí el armario del pasillo y allí, detrás de unas mantas viejas, encontré una maleta pequeña. Al abrirla, casi me desmayo: dentro había ropa de bebé, un biberón nuevo y un pasaporte español con mi nombre… pero la foto no era mía.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Todo encajaba: querían llevarse a mi hijo nada más nacer y desaparecer. ¿Pero por qué? ¿Qué clase de monstruos tenía en casa?

Me senté en el suelo, temblando. No podía confiar en nadie. Mi madre murió hace años y mis amigas estaban lejos. Solo quedaba una persona: mi padre. Hacía más de diez años que no hablábamos. Se fue de casa cuando yo era adolescente y nunca volvió. Siempre supe que trabajaba en cosas turbias, «cosas de espías», decía mi madre entre dientes.

Marqué su número con manos temblorosas. Al tercer tono contestó una voz ronca:

—¿Lucía?

—Papá… necesito ayuda —dije entre lágrimas—. Javier y Carmen quieren quitarme a mi hijo.

No hizo falta explicar mucho más. En menos de una hora estaba en la puerta de casa, con esa gabardina vieja y la mirada dura de quien ha visto demasiado mundo.

—Haz la maleta —me ordenó—. Nos vamos ya.

No pregunté nada. Mientras recogía lo imprescindible, escuché a Javier llegar. Mi padre se interpuso entre nosotros.

—No te acerques a mi hija —le dijo con voz fría.

Javier intentó justificarse, pero Carmen apareció gritando:

—¡Ese niño es nuestro! ¡Tú no sabes lo que es mejor para él!

—¡Es MI hijo! —grité yo por primera vez en mucho tiempo—. ¡Y nadie me lo va a quitar!

La discusión subió de tono hasta que los vecinos llamaron a la policía. Cuando llegaron los agentes, mi padre les mostró unos papeles y les explicó la situación con una calma que me sorprendió. Javier y Carmen fueron detenidos por intento de suplantación de identidad y coacciones.

Esa noche dormí en casa de mi padre por primera vez desde niña. Me abrazó torpemente antes de irse a dormir y me dijo:

—No volveré a dejarte sola.

Ahora, mientras acaricio mi barriga ya enorme y escucho el silencio seguro de este nuevo hogar, me pregunto: ¿Cómo pude no ver antes las señales? ¿Cuántas mujeres más viven engañadas bajo el mismo techo que sus enemigos? ¿Y tú? ¿Qué harías si descubrieras una traición así?