Las sombras de la ausencia: El regreso de mi padre tras veinte años

—¿Quién llama a estas horas? —preguntó mi madre desde la cocina, secándose las manos en el delantal mientras yo me acercaba a la puerta. Era mi cumpleaños número veintisiete, y aunque nunca he sido de grandes celebraciones, ese día sentía un vacío más hondo que de costumbre. No esperaba visitas, mucho menos la que estaba a punto de recibir.

Al abrir la puerta, lo vi. Alto, con el pelo más canoso de lo que recordaba y una mirada que no sabía si era de arrepentimiento o simple cansancio. Mi padre. Veinte años después de haberse ido sin mirar atrás, sin una carta, sin una llamada. Me quedé paralizada. Él sonrió, incómodo.

—Hola, Lucía —dijo, como si acabara de verme ayer.

No supe qué responder. Mi madre apareció detrás de mí y se quedó muda. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Sentí cómo mi corazón latía desbocado, una mezcla de rabia y miedo.

—¿Qué haces aquí? —logré decir al fin, con la voz temblorosa.

Él bajó la mirada y se encogió de hombros.

—He pensado que… bueno, que ya era hora de verte. De veros.

Mi madre apretó los labios y se fue al salón sin decir palabra. Yo seguía en la puerta, bloqueada por una mezcla de emociones que no sabía cómo gestionar. ¿Cómo se supone que debía reaccionar ante un padre que desaparece durante dos décadas y vuelve como si nada?

Le invité a pasar por pura cortesía, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que le echara. Se sentó en el sofá, mirando alrededor como si la casa fuera un museo de su pasado. Yo me senté frente a él, cruzando los brazos.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunté, esperando una señal de que al menos recordaba algo importante.

Él frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No… ¿es alguna fiesta?

Sentí una punzada en el pecho. Ni siquiera recordaba mi cumpleaños. Me levanté bruscamente.

—Hoy cumplo veintisiete años —le espeté—. Veinte de ellos sin ti.

Él suspiró, como si le pesara el mundo sobre los hombros.

—Lucía, sé que no tengo excusa. Pero necesitaba verte. No sé cómo empezar a arreglar todo esto.

La rabia me subió a la garganta.

—¿Arreglar? ¿Ahora? ¿Después de veinte años? ¿Sabes lo que ha sido crecer sin ti? ¿Ver a mamá llorar cada noche porque no llegabas? ¿Escuchar a los vecinos susurrar sobre nosotros?

Me miró con ojos vidriosos, pero no lloró. Nunca le vi llorar ni siquiera cuando era niña.

—Lo siento —susurró—. No supe hacerlo mejor.

En ese momento, mi hermano Sergio entró en casa. Se quedó petrificado al ver a nuestro padre sentado en el sofá. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

—¿Qué hace este aquí? —preguntó Sergio, apretando los puños.

—Ha venido a… no sé a qué ha venido —respondí yo, incapaz de contener las lágrimas.

Mi padre se levantó despacio.

—Solo quería veros. Saber cómo estáis. Quizá pedir perdón…

Sergio soltó una carcajada amarga.

—¿Perdón? ¿Ahora te acuerdas de nosotros? ¿Después de todo lo que nos hiciste pasar?

Mi madre apareció en la puerta del salón, con los ojos rojos pero la voz firme.

—No tienes derecho a venir aquí como si nada hubiera pasado, Antonio. Nos dejaste solos cuando más te necesitábamos.

Él asintió en silencio, aceptando cada reproche como si fueran piedras lanzadas contra su pecho. Yo me sentía desgarrada entre el deseo de gritarle todo lo que me había guardado durante años y las ganas de abrazarle solo para sentirme hija otra vez.

La tarde pasó entre silencios incómodos y miradas furtivas. Mi padre intentó contarme cosas de su vida: que había estado en Valencia trabajando en la construcción, que había tenido otra familia pero que tampoco le salió bien… Cada palabra era como una puñalada más. ¿Cómo podía pretender que todo volviera a ser como antes?

Cuando se hizo de noche, se levantó para irse. Se acercó a mí y me miró con una tristeza infinita.

—No espero tu perdón, Lucía. Solo quería verte una vez más. Saber que estás bien.

No supe qué decirle. Me limité a asentir con la cabeza mientras él salía por la puerta, cerrándola suavemente tras de sí. Me desplomé en el sofá y rompí a llorar como no lo hacía desde niña. Mi madre me abrazó fuerte y Sergio se sentó a nuestro lado en silencio.

Esa noche apenas dormí. Me pregunté mil veces si debía odiarle o intentar comprenderle. Si el perdón es realmente posible cuando las heridas son tan profundas. Si algún día podré dejar atrás el peso de su ausencia y construir mi propia paz.

A veces me pregunto: ¿es posible perdonar a quien nunca pidió permiso para irse? ¿O hay heridas que nunca dejan de sangrar?