Mi hija se alejó de mí… solo porque no pude pagar su boda

—¿Entonces, mamá? ¿Vas a ayudarnos o no?

La voz de Mariana, mi única hija, retumbó en el pequeño salón como un trueno. Yo estaba de pie junto a la ventana, apretando las manos contra el pecho, mientras la lluvia golpeaba los vidrios con furia. Mariana había llegado con Andrés, su prometido, y aunque intentaba sonreír, sus ojos oscuros estaban llenos de reproche. Sentí que el aire se volvía denso, casi irrespirable.

—Hija, sabes que si pudiera… —empecé a decir, pero ella me interrumpió con un gesto brusco.

—¡Siempre es lo mismo! —exclamó, su voz quebrándose—. Cuando papá se fue, juraste que nunca me faltaría nada. ¿Y ahora? ¿Ni siquiera puedes ayudarme con mi boda?

Sentí cómo una punzada me atravesaba el corazón. Recordé la promesa que le hice cuando tenía apenas ocho años y su padre nos abandonó para irse con otra mujer en Monterrey. Desde entonces, trabajé limpiando casas en la colonia Roma para darle lo mejor que podía. Pero la vida nunca fue fácil para nosotras.

Andrés, que hasta ese momento había guardado silencio, se aclaró la garganta.

—Doña Rosa, no queremos molestarla, pero Mariana y yo ya tenemos todo planeado. Solo necesitamos que usted nos ayude con el salón y la comida. Mi familia va a poner las bebidas y la música.

Miré a Andrés, tan joven y seguro de sí mismo. No era mala persona, pero tampoco entendía lo que era vivir contando cada peso. Mariana lo miró con súplica y luego volvió a clavar sus ojos en mí.

—¿No puedes pedirle prestado a la tía Lucía? —insistió Mariana—. O vender el anillo de la abuela…

Sentí que el mundo se me venía encima. El anillo de la abuela era lo único que me quedaba de mi madre, la única herencia que algún día pensaba dejarle a Mariana.

—Ese anillo es todo lo que tengo de ella… —susurré.

Mariana soltó una risa amarga.

—¡Claro! ¡Siempre tus recuerdos valen más que yo!

El silencio cayó como una losa. Andrés tomó la mano de Mariana y la apretó con fuerza. Yo sentí que las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negué a llorar frente a ellos.

—Hija, no es cuestión de querer o no querer. Es que no puedo —dije al fin—. Apenas me alcanza para pagar la renta y la comida. Si pudiera darte una boda de princesa, lo haría… pero no puedo.

Mariana apartó la mirada. Vi cómo sus labios temblaban y cómo luchaba por contener las lágrimas. Andrés la abrazó y murmuró algo al oído. Ella asintió y se volvió hacia mí con una frialdad que nunca le había visto.

—Entonces no vengas a la boda —dijo en voz baja—. No quiero verte ahí si no eres capaz de apoyarme en esto.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Mariana salió del departamento sin mirar atrás, arrastrando a Andrés consigo. Cuando la puerta se cerró, el silencio fue ensordecedor.

Me desplomé en el sillón y lloré como no lo hacía desde que su padre nos dejó. Pensé en todas las veces que me privé de cosas para darle lo mejor: los zapatos nuevos para su graduación, el vestido para sus quince años, los libros para la universidad… Todo eso parecía no valer nada ahora.

Los días siguientes fueron un infierno. Mariana no contestaba mis llamadas ni respondía mis mensajes. La tía Lucía vino a verme y me reprochó entre lágrimas:

—Rosa, ¿cómo pudiste negarle eso a tu hija? ¡Es su boda! ¡Solo se casa una vez!

—¿Y qué querías que hiciera? —le respondí—. ¿Vender mi dignidad? ¿Empeñar lo poco que tengo?

Lucía suspiró y negó con la cabeza.

—A veces hay que sacrificarse por los hijos…

Esa frase me persiguió toda la noche. ¿No me había sacrificado ya suficiente? ¿No era justo esperar un poco de comprensión?

La noticia corrió por toda la familia. Mi hermana Marta me llamó desde Puebla para decirme que Mariana estaba muy dolida y que yo debía ceder. Mi sobrina Camila publicó indirectas en Facebook sobre «madres egoístas» y «familias rotas por el dinero». Sentí vergüenza y rabia al mismo tiempo.

Una tarde, mientras regresaba del trabajo, vi a Mariana en la panadería del barrio. Estaba con Andrés y su futura suegra, doña Teresa, una mujer altiva que siempre me miró por encima del hombro.

—Mira quién llegó —dijo Teresa en voz alta—. La señora Rosa, la madre ausente.

Mariana bajó la mirada y fingió no verme. Sentí un nudo en la garganta y seguí caminando sin decir palabra.

La boda se celebró un sábado lluvioso en un salón modesto del centro. No recibí invitación ni llamada alguna. Me enteré por las fotos que subieron a las redes sociales: Mariana vestida de blanco, sonriendo junto a Andrés y rodeada de su nueva familia política. Ni una sola mención para mí.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida abrazada al anillo de mi madre. Me pregunté en qué momento perdí a mi hija, en qué instante el dinero se volvió más importante que el amor y los recuerdos compartidos.

Pasaron semanas sin noticias de Mariana. Un día recibí una carta suya:

«Mamá,
Sé que estás dolida y yo también lo estoy. Pero sentí que no me apoyaste cuando más te necesitaba. Tal vez algún día puedas entenderlo.
Mariana»

Le respondí con otra carta:

«Hija,
Siempre te apoyé como pude, aunque fuera con poco dinero pero mucho amor. Ojalá algún día puedas entenderlo tú también.
Mamá»

Desde entonces vivimos distanciadas. A veces veo sus fotos en redes sociales: ahora espera un bebé y parece feliz con Andrés. Yo sigo trabajando y guardando el anillo de mi madre como un tesoro.

A veces me pregunto si hice bien o mal; si debí ceder aunque fuera vendiendo lo poco que tenía; si algún día Mariana volverá a buscarme o si esta herida quedará abierta para siempre.

¿Vale más el sacrificio material que el amor incondicional? ¿Cuántas madres han sentido este dolor en silencio? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?