Mi madre me llama demonio: la historia de un hijo incomprendido
—¡Eres peor que el mismísimo diablo, Ignacio!—gritó mi madre, lanzando la taza de café contra la pared, mientras yo apenas podía sostener la mirada. El café se deslizó lentamente por los azulejos, como si quisiera marcar para siempre la mancha de mi existencia en esa casa. Tenía apenas catorce años, pero ya sentía que mi vida era una condena sin fin.
Mi madre, Rosa María, era la mujer más temida y respetada de nuestro pueblo en Michoacán. Nadie se atrevía a contradecirla, ni siquiera mi padre, don Ernesto, que prefería perderse en los surcos del maíz antes que enfrentar su furia. Desde pequeño, supe que algo en mí le molestaba. Decía que tenía los ojos del abuelo Jacinto, el hombre que abandonó a la familia y nunca volvió. «Ese demonio te dejó su maldición», murmuraba cada vez que me veía tropezar o cometer un error.
En la escuela, los demás niños me evitaban. «No te juntes con Nacho, su mamá dice que trae mala suerte», advertían las madres en voz baja. Yo intentaba ser invisible, pero siempre terminaba metido en problemas. Una vez, cuando tenía ocho años, se incendió el gallinero de la vecina y todos aseguraron que fui yo. Nadie me creyó cuando juré que solo estaba recogiendo huevos.
Mi hermana menor, Lupita, era el sol de la casa. Todo lo hacía bien: sacaba dieces, ayudaba a mamá en la cocina y hasta rezaba el rosario sin equivocarse. Yo, en cambio, era el error viviente. «¿Por qué no puedes ser como tu hermana?», repetía mamá mientras me lanzaba una mirada dura. Papá solo suspiraba y se iba al campo.
Una tarde de agosto, cuando el calor hacía temblar el aire y los grillos cantaban sin descanso, escuché a mamá hablar con la vecina Doña Chayo. «Ese muchacho va a traer desgracia. Lo siento en los huesos», decía. Me escondí detrás de la puerta y sentí cómo se me apretaba el pecho. ¿De verdad podía ser tan malo? ¿Era posible que una madre odiara tanto a su hijo?
El tiempo pasó y aprendí a sobrevivir entre gritos y silencios. Me refugié en los libros viejos que encontré en la escuela: novelas de Juan Rulfo y poemas de Sor Juana. Soñaba con escapar del pueblo, con ser alguien distinto. Pero cada vez que intentaba hablar de mis sueños, mamá me cortaba en seco: «Tú no sirves para nada bueno».
A los diecisiete años conocí a Mariana, una chica dulce y valiente que no le tenía miedo a nada ni a nadie. Ella fue la primera persona que me escuchó sin juzgarme. «No eres malo, Nacho. Solo eres diferente», me dijo una noche mientras mirábamos las estrellas desde el tejado de su casa. Por primera vez sentí que podía ser amado.
Pero la felicidad nunca dura mucho en mi vida. Cuando mamá se enteró de nuestra relación, armó un escándalo en todo el pueblo. «¡Esa muchacha va a terminar igual que tú! ¡No quiero verte cerca de ella!», gritó frente a todos en la plaza principal. Mariana intentó defenderme, pero su familia la obligó a mudarse con unos tíos en Morelia.
Esa noche lloré como nunca antes. Papá se sentó a mi lado en silencio y me pasó una mano por el hombro. Fue la única vez que lo sentí cerca. «A veces las madres tienen miedo de lo que no entienden», murmuró antes de irse a dormir.
Con el corazón roto y sin nadie a quien acudir, empecé a trabajar en el campo con papá. Los días eran largos y agotadores, pero al menos lejos de casa podía respirar. Sin embargo, cada vez que regresaba al pueblo sentía las miradas clavadas en mi espalda: «Ahí va el hijo del diablo».
Un día, mientras recogía maíz bajo el sol ardiente, escuché un grito desgarrador proveniente de la casa. Corrí lo más rápido que pude y encontré a mamá tirada en el suelo, temblando y con los ojos desorbitados. Lupita lloraba desconsolada a su lado. Sin pensarlo dos veces, cargué a mamá hasta la camioneta y la llevé al hospital más cercano.
Los médicos dijeron que había sufrido un infarto leve y necesitaba reposo absoluto. Durante semanas me encargué de todo: cocinaba, limpiaba y cuidaba a Lupita mientras papá trabajaba doble turno para pagar las medicinas. Nadie del pueblo vino a ayudar; todos pensaban que yo era incapaz de hacer algo bueno.
Una noche, mientras le daba su medicina, mamá me miró fijamente por primera vez en años. «¿Por qué sigues aquí?», preguntó con voz quebrada. Sentí un nudo en la garganta pero respondí: «Porque soy tu hijo».
No hubo abrazos ni palabras dulces después de eso. Pero algo cambió en su mirada: ya no era odio puro, sino cansancio y tristeza.
El tiempo siguió su curso y Lupita se fue a estudiar a Guadalajara con una beca. Papá enfermó y murió poco después; el campo ya no daba para vivir. Decidí irme también: empaqué mis pocas cosas y tomé un autobús rumbo al norte.
Hoy vivo en Monterrey, trabajo en una librería y estudio por las noches. A veces hablo con Lupita por teléfono; ella siempre me anima a seguir adelante. De mamá sé poco: dicen que envejeció rápido y casi no sale de casa.
A veces me pregunto si algún día podré perdonarla o si ella podrá perdonarse a sí misma por todo lo que me hizo sentir. ¿Cuántos hijos como yo habrá en los pueblos de Latinoamérica, cargando culpas ajenas? ¿Cuánto pesa realmente el juicio de una madre sobre la vida de un hijo?