Nadie soportó a la nueva esposa del millonario… hasta que yo, la criada, hice lo imposible: Mi historia de venganza y supervivencia en una mansión madrileña
—¡Inútil! ¿No ves que has dejado una mancha en el jarrón de porcelana?— gritó doña Carmen, y antes de que pudiera reaccionar, sentí el ardor de su mano en mi mejilla. El eco de la bofetada retumbó en el salón, entre los cuadros antiguos y los muebles relucientes. Era mi primer día como criada en la mansión de los Ortega, en pleno barrio de Salamanca, y ya había aprendido la primera lección: aquí no se perdonaba ni el más mínimo error.
Las otras empleadas me miraron con lástima y resignación. María, la cocinera, se acercó en cuanto doña Carmen salió del salón.
—No te lo tomes a pecho, Lucía. Ninguna aguantó más de una semana con esa mujer. —me susurró, bajando la voz—. Si tienes dónde ir, vete antes de que te destroce.
Pero yo no podía irme. No todavía. No después de lo que había pasado con mi madre años atrás, cuando trabajaba en esa misma casa y desapareció sin dejar rastro. Nadie habló nunca del tema, y la policía cerró el caso como si nada. Yo había vuelto para encontrar respuestas, aunque tuviera que soportar humillaciones y desprecios.
La mansión era un laberinto de secretos. Don Ernesto Ortega, el millonario dueño de una cadena de clínicas privadas, apenas salía de su despacho. Sus hijos, Álvaro y Sofía, vivían entre fiestas y viajes, ajenos a todo lo que ocurría bajo su propio techo. Pero era doña Carmen quien mandaba con mano de hierro desde que se casó con don Ernesto hacía apenas un año. Decían que había llegado desde Valencia con una fortuna misteriosa y un pasado del que nadie hablaba.
Las noches eran largas y solitarias. A veces escuchaba pasos en los pasillos cuando todos dormían. Otras veces, voces apagadas tras las puertas cerradas. Una madrugada, mientras limpiaba la biblioteca, encontré una carta escondida entre los libros antiguos. Era de mi madre. Decía: “Si algo me pasa, busca la llave azul”. El corazón me latía tan fuerte que temí que alguien pudiera oírlo.
A la mañana siguiente, mientras fregaba el suelo del despacho de don Ernesto, vi una pequeña llave azul colgada detrás de un cuadro. Fingí tropezar para poder cogerla sin que nadie me viera. Esa noche, esperé a que todos se acostaran y bajé al sótano. Allí encontré un viejo baúl cerrado con candado. La llave encajó perfectamente.
Dentro había documentos: extractos bancarios, fotos antiguas y cartas firmadas por doña Carmen con otro nombre: Carmen Ruiz. Descubrí que había estado casada antes con un hombre desaparecido en extrañas circunstancias y que había heredado toda su fortuna tras su muerte. También encontré cartas amenazadoras dirigidas a mi madre.
El miedo me paralizó. ¿Y si doña Carmen había tenido algo que ver con la desaparición de mi madre? ¿Y si ahora corría yo el mismo peligro?
Al día siguiente, doña Carmen me llamó a su habitación.
—Lucía, ven aquí —ordenó con voz fría—. He notado que últimamente andas demasiado curiosa por la casa. ¿Qué buscas?
—Nada, señora —mentí, intentando controlar el temblor en mis manos.
Ella me miró fijamente, como si pudiera leerme el pensamiento.
—Recuerda que aquí mando yo. Y si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.
Me marché con el corazón encogido, pero decidida a seguir adelante. Sabía que tenía que actuar rápido.
Esa tarde busqué a Sofía en el jardín. Siempre había sido amable conmigo y parecía menos fría que su madre.
—Señorita Sofía —le dije—, necesito hablar con usted. Es sobre su madrastra… y mi madre.
Sofía palideció al oírme mencionar a mi madre.
—¿Qué sabes tú de eso? —preguntó en voz baja.
Le mostré las cartas y los documentos del baúl. Al principio no quiso creerme, pero al ver la firma de su madrastra y las pruebas bancarias, empezó a llorar.
—Siempre sospeché que Carmen no era quien decía ser —susurró—. Pero mi padre está ciego por ella…
Juntas ideamos un plan para desenmascararla. Sofía convenció a su padre para revisar las cuentas familiares bajo el pretexto de una auditoría sorpresa. Cuando don Ernesto descubrió las transferencias sospechosas y las cartas amenazadoras, enfrentó a doña Carmen delante de toda la familia y el servicio.
—¿Qué tienes que decir sobre esto? —le preguntó don Ernesto con voz temblorosa.
Doña Carmen intentó negarlo todo, pero las pruebas eran irrefutables. Gritó, insultó y hasta intentó agredirme otra vez antes de que llegara la policía.
La detuvieron esa misma noche. Mientras se la llevaban esposada por el portal principal, me miró con odio puro en los ojos.
—Esto no ha terminado —me susurró al pasar junto a mí.
La mansión quedó sumida en un silencio extraño tras su marcha. Don Ernesto me pidió perdón por todo lo ocurrido y me ofreció quedarme como parte de la familia si así lo deseaba. Sofía me abrazó llorando y Álvaro me dio las gracias por haber tenido el valor que ellos nunca tuvieron.
Pero yo sabía que nada volvería a ser igual. Había descubierto la verdad sobre mi madre: doña Carmen la había amenazado para que guardara silencio sobre sus negocios turbios y finalmente la hizo desaparecer para protegerse. Aunque nunca recuperaría a mi madre, al menos había hecho justicia.
Ahora cada vez que paso por el salón donde recibí aquella bofetada pienso: ¿Cuántas verdades se esconden tras las puertas cerradas? ¿Cuántas Lucías más habrá en otras casas esperando su momento para luchar?