No sabía que mi marido pagaba las deudas de su exmujer: una verdad que destrozó mi familia
—¿Por qué falta dinero otra vez, Luis? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras miraba el extracto bancario en la pantalla del móvil. Era la tercera vez ese mes que veía un cargo extraño, una transferencia a un nombre que no reconocía.
Luis, mi marido desde hace doce años, ni siquiera levantó la vista del periódico. —Serán cosas del seguro del coche, Marta. Ya sabes cómo son, siempre cobran cuando menos te lo esperas.
Pero yo sabía que no era el seguro. Lo comprobé la noche anterior, después de que Luis se quedara dormido en el sofá viendo el partido del Atlético. El nombre que aparecía en la transferencia era «Rosa Gutiérrez». Rosa. Su exmujer. La misma Rosa que, según él, había desaparecido de su vida hacía más de una década.
Me temblaban las manos cuando cerré el móvil y me fui al baño para no llorar delante de mis hijos. ¿Por qué le estaba enviando dinero? ¿Qué más me estaba ocultando Luis?
No dormí esa noche. Me pasé horas repasando mentalmente cada conversación, cada gesto, cada silencio incómodo de los últimos meses. Recordé cómo Luis se ponía nervioso cada vez que le preguntaba por el dinero, cómo evitaba mirarme a los ojos cuando le hablaba de los gastos del colegio de Lucía y Sergio, nuestros hijos.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, decidí enfrentarle. —Luis, necesito que me digas la verdad. ¿Por qué le estás mandando dinero a Rosa?
El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo. Luis dejó la taza de café sobre la mesa y me miró por fin, con una mezcla de cansancio y resignación.
—Marta… No es lo que piensas.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? Porque yo solo veo que cada mes desaparecen trescientos euros de nuestra cuenta y van a parar a tu exmujer. ¿Me lo puedes explicar?
Luis suspiró y se pasó la mano por el pelo, como hacía siempre que estaba acorralado. —Rosa… está en problemas. Tiene muchas deudas desde hace años, y si no las paga puede perder el piso. No tiene a nadie más.
Sentí una punzada de rabia y humillación. —¿Y eso qué tiene que ver contigo? ¿Por qué tienes que ser tú quien lo solucione?
—Porque… porque cuando estábamos juntos yo firmé como avalista en uno de sus préstamos. Si ella no paga, me lo reclaman a mí. Y si no pago yo… nos pueden embargar la casa.
Me quedé helada. De repente todo tenía sentido: los sobres con avisos del banco que él escondía en el cajón del despacho, las llamadas a deshoras que nunca contestaba delante de mí, su ansiedad cada vez que hablábamos de dinero.
—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté con voz apenas audible.
—Desde hace más de un año —admitió bajando la cabeza—. Pero tenía miedo de decírtelo. No quería preocuparte…
No quería preocuparme. Como si ocultarme algo tan grave fuera una muestra de amor y no una traición.
Durante días apenas nos hablamos. Yo iba al trabajo como un autómata, fingiendo normalidad delante de mis compañeros en la oficina de abogados donde soy secretaria. Por las noches, me encerraba en el baño para llorar en silencio mientras los niños dormían.
Mi madre vino a casa un domingo y notó enseguida que algo iba mal. —Marta, hija, tienes mala cara. ¿Estás bien?
No pude evitarlo y rompí a llorar en sus brazos como cuando era niña. Le conté todo entre sollozos: las deudas, las mentiras, el miedo a perderlo todo.
—Tienes que hablar con él —me dijo mi madre con firmeza—. No puedes vivir así, con secretos y desconfianza.
Pero hablar con Luis era como hablar con una pared. Cada vez que intentaba sacar el tema, él se cerraba en banda o me decía que estaba exagerando.
Una noche, después de acostar a los niños, exploté:
—¿Te das cuenta de lo que has hecho? Nos has puesto en peligro a todos por culpa de tu pasado. ¿Y si nos embargan la casa? ¿Y si nos quedamos en la calle?
Luis se levantó bruscamente y golpeó la mesa con el puño.
—¡No lo entiendes! ¡No podía dejarla tirada! ¡Yo también tengo conciencia!
—¿Y tu conciencia contigo? ¿Con tus hijos? ¿Conmigo?
El silencio volvió a instalarse entre nosotros como un muro infranqueable.
Empecé a mirar pisos de alquiler por si acaso. Hablé con una compañera del trabajo para informarme sobre abogados especializados en temas hipotecarios. Incluso llegué a pensar en separarme, aunque solo fuera para proteger a mis hijos.
Pero entonces Lucía, mi hija mayor, me sorprendió una noche sentada en el pasillo con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá… ¿os vais a separar?
Me sentí tan culpable como nunca antes en mi vida. Abracé a Lucía y le prometí que haríamos todo lo posible para seguir juntos como familia.
Fue entonces cuando decidí enfrentarme no solo a Luis, sino también a Rosa.
La busqué en Facebook y le mandé un mensaje directo: «Hola Rosa, soy Marta, la mujer de Luis. Necesito hablar contigo urgentemente».
Me contestó al día siguiente con un número de teléfono y una frase escueta: «Llámame cuando quieras».
La conversación fue tensa desde el principio:
—Mira, Rosa —le dije—, entiendo que estés pasando por un mal momento, pero no puedes seguir arrastrando a Luis ni a nuestra familia por tus problemas.
Ella suspiró al otro lado del teléfono.
—No creas que esto me hace gracia, Marta. Yo tampoco quiero depender de nadie… Pero estoy sola y no tengo trabajo fijo desde hace años. Si pudiera pagarlo yo sola, lo haría.
—¿Y has pensado en vender el piso o buscar ayuda social?
—Ya lo he intentado todo… Pero los bancos no perdonan.
Colgué sintiéndome aún más impotente. No había solución fácil.
Esa noche hablé con Luis por última vez sobre el tema:
—Tenemos que buscar ayuda profesional —le dije—. No podemos seguir así, ocultándonos cosas y viviendo con miedo. Si quieres salvar nuestro matrimonio, tienes que ser honesto conmigo desde ahora.
Luis asintió en silencio y por primera vez en meses sentí que quizá había esperanza.
Fuimos juntos a un abogado especializado en derecho bancario y expusimos nuestro caso. Nos explicó las opciones: negociar con el banco una dación en pago para Rosa o intentar refinanciar la deuda para evitar el embargo.
Fueron meses duros, llenos de discusiones y noches sin dormir. Pero poco a poco fuimos reconstruyendo la confianza perdida.
Hoy seguimos juntos, aunque nada volvió a ser igual. Aprendí que el amor no basta si no hay honestidad ni respeto mutuo. Y sobre todo aprendí a no dejarme arrastrar por los errores del pasado ajeno.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven atrapadas por secretos como este? ¿Cuánto daño puede hacer una mentira bienintencionada? ¿Vosotros seríais capaces de perdonar algo así?