Nunca fui una verdadera abuela — ¿y ahora soy la mala?
—¿Por qué me llamas ahora, Lucía? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía el móvil con manos sudorosas. Eran las siete de la tarde y el sol caía sobre las tejas rojas de mi barrio en Salamanca. Hacía seis años que mi nuera apenas me dirigía la palabra, y ahora, de repente, su nombre iluminaba la pantalla.
—Isabel, necesito que cuides a Daniel. Estoy ingresada en el hospital y no tengo a nadie más —su voz sonaba cansada, derrotada.
Me quedé en silencio. ¿A nadie más? ¿Y mi hijo Álvaro? ¿Dónde estaba él? ¿Y por qué, después de tanto tiempo ignorándome, ahora sí era suficiente para ser familia?
Recuerdo perfectamente el día en que nació Daniel. Era un frío enero de 2018. Yo llegué al hospital con un ramo de flores y una manta tejida a mano. Lucía apenas me miró. Álvaro, mi hijo, parecía nervioso, como si temiera que yo fuera a hacer algo inapropiado. Me dejaron ver al niño cinco minutos. Cinco minutos. Luego, una enfermera me pidió que saliera porque «la madre necesitaba descansar».
Desde entonces, cada cumpleaños era igual: una invitación tardía, una mesa apartada, miradas de soslayo. Yo llevaba regalos que nunca veía abrir. Daniel crecía y apenas me reconocía cuando nos cruzábamos en el parque o en alguna comida familiar forzada. Me dolía, pero intentaba convencerme de que era lo normal en estos tiempos modernos, donde las abuelas ya no cuentan.
Pero ahora Lucía me necesitaba. Y yo… yo no sabía qué sentir. ¿Alegría porque por fin podía estar con mi nieto? ¿Rabia por todos los años perdidos? ¿O miedo de no saber cómo acercarme a un niño que apenas sabe quién soy?
—¿Dónde está Álvaro? —insistí.
—Está en Bruselas por trabajo. No puede volver hasta el viernes —respondió Lucía, casi susurrando.
—¿Y tus padres?
—Mi madre está enferma y mi padre… ya sabes cómo es —dijo, cortante.
Suspiré. No podía negarme. No era capaz. Así que esa misma noche preparé una pequeña mochila con ropa cómoda y algo de merienda casera —magdalenas y zumo de naranja— y fui al piso de Lucía.
Daniel me abrió la puerta. Tenía seis años y unos ojos enormes, oscuros como los de su padre cuando era pequeño.
—Hola, Daniel —dije, intentando sonar alegre.
Él me miró con desconfianza.
—¿Tú eres la abuela Isabel?
Sentí un pinchazo en el pecho. Asentí y le sonreí.
—Sí, cariño. Soy yo.
Entré en el piso y vi el desorden típico de una casa con niños: juguetes por todas partes, dibujos pegados en la nevera, una mochila escolar abierta sobre el sofá. Lucía estaba sentada en una silla, pálida y con ojeras profundas.
—Gracias por venir —murmuró—. No sé cuánto tiempo estaré ingresada. Puede que sean unos días… o más.
Me acerqué y le toqué el hombro. Por primera vez en años sentí compasión por ella. No era fácil ser madre sola en estos tiempos.
Esa noche fue la primera de muchas en las que Daniel y yo compartimos techo. Al principio fue difícil. Él no quería cenar conmigo, ni dejarme leerle un cuento antes de dormir. Se encerraba en su habitación y jugaba a la consola con los auriculares puestos.
Yo me sentaba en la cocina y lloraba en silencio mientras removía una taza de tila. Me preguntaba qué había hecho mal para merecer ese vacío. Recordaba cuando Álvaro era pequeño y corría a mis brazos después del colegio; cómo le preparaba bocadillos de chorizo y le ayudaba con los deberes mientras escuchábamos la radio.
Una tarde, después de varios días juntos, Daniel entró en la cocina mientras yo preparaba croquetas.
—¿Eso qué es? —preguntó, curioso.
—Croquetas de jamón —respondí—. ¿Quieres ayudarme a darles forma?
Dudó un momento, pero al final se acercó y metió las manos en la masa pegajosa. Nos reímos cuando se le quedó pegada entre los dedos.
—Mi mamá nunca hace esto —dijo—. Siempre compra las croquetas congeladas del Mercadona.
Me reí suavemente.
—Cada uno cocina como puede, cariño.
Aquel momento fue un pequeño milagro. Poco a poco, Daniel empezó a confiar en mí. Me pidió que le ayudara con los deberes de matemáticas y me enseñó sus dibujos favoritos. Incluso me dejó leerle un cuento antes de dormir: «El Principito».
Pero no todo era fácil. Una tarde recibí un mensaje de Lucía: «Mañana viene mi madre a ver a Daniel. No quiero problemas». Sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que la madre de Lucía nunca me había soportado; siempre pensó que yo era demasiado tradicional, demasiado insistente en mis costumbres castellanas.
Al día siguiente llegó Carmen —la madre de Lucía— con su perfume caro y su abrigo de piel sintética.
—¿Qué tal todo por aquí? —preguntó con voz fría.
—Bien, Carmen —respondí—. Daniel está jugando en su cuarto.
Me miró de arriba abajo y luego fue directa a ver a su nieto sin decirme nada más. Oí cómo le preguntaba si estaba bien conmigo, si comía lo suficiente, si echaba de menos a su madre.
Esa noche no pude dormir. Me sentí juzgada e invisible otra vez.
Cuando Álvaro volvió de Bruselas por fin, vino directo al piso de Lucía para ver a Daniel y a su mujer recién salida del hospital. Yo estaba recogiendo la cocina cuando entró.
—Mamá —dijo sin mirarme a los ojos—, gracias por ayudarles estos días.
Me quedé quieta unos segundos antes de responder:
—No tienes que darme las gracias por cuidar a mi nieto. Pero sí por dejarme hacerlo al fin.
Álvaro suspiró y se sentó frente a mí.
—Sé que no hemos sido justos contigo… pero Lucía siempre ha tenido miedo de que te entrometieras demasiado —confesó—. Y yo… yo no supe defenderte.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo.
—¿Entrometerme? Solo quería quererle —dije bajito—. Solo quería ser parte de su vida.
Álvaro bajó la cabeza y se frotó los ojos como cuando era niño y no quería llorar delante de mí.
Durante semanas después del alta de Lucía, nadie volvió a llamarme para cuidar a Daniel. Volví a mi piso pequeño y silencioso; las croquetas se quedaron frías sobre la encimera y «El Principito» volvió a su estantería polvorienta.
Pero algo había cambiado en Daniel. Un día recibí un dibujo suyo por correo: dos figuras cogidas de la mano bajo un sol amarillo enorme. «Para la abuela Isabel», ponía abajo con letras torcidas.
Lloré como no lloraba desde hacía años.
Ahora sigo esperando una llamada que no sé si llegará pronto o tarde. Pero ya no me siento tan invisible como antes; sé que he dejado una huella pequeña pero real en el corazón de mi nieto.
A veces me pregunto: ¿cuántas abuelas hay como yo en España? ¿Cuántas mujeres han sido apartadas sin motivo real? ¿No merecemos todas una segunda oportunidad para amar?