Nunca me casé: El día que descubrí la verdad sobre Sergio y su madre

—¿Por qué no me lo dijiste antes, Sergio? ¿Por qué tuve que enterarme así?—. Mi voz temblaba, sentada en el borde de la cama, el vestido de novia aún colgado en la percha, como un fantasma blanco observando la escena. Mi madre y mi hermana acababan de marcharse, emocionadas por la elección del vestido, sin sospechar que en ese mismo instante mi mundo se desmoronaba.

Todo empezó esa tarde de abril en Madrid. El sol entraba a raudales por los ventanales del atelier, y mi madre no paraba de llorar de alegría. —Lucía, hija, estás preciosa—, repetía una y otra vez. Mi hermana Carmen hacía fotos con el móvil, soñando con su propio día. Yo me sentía flotando, como si todo fuera perfecto. Hasta que recibí aquel mensaje de voz de Laura, la prima de Sergio: «Lucía, ¿tú sabes lo que está pasando en casa de los padres de Sergio? Llámame cuando puedas».

Sentí un escalofrío. Laura nunca me escribía si no era algo serio. Salí al pasillo y marqué su número. —Lucía, no sé si debería decirte esto… pero creo que tienes derecho a saberlo. La casa de los padres de Sergio está a punto de ser embargada. Hoy han ido al banco a suplicar una prórroga. Él no te lo ha contado porque no quiere preocuparte—.

Me quedé helada. ¿Cómo podía ser? Sergio y yo llevábamos tres años juntos, planeando cada detalle de nuestra boda, soñando con nuestro futuro. ¿Cómo podía ocultarme algo así? Volví al atelier con una sonrisa forzada, fingiendo que todo seguía igual, pero por dentro sentía que el suelo se abría bajo mis pies.

Esa noche, cuando Sergio llegó a casa, le esperé sentada en el sofá. —¿Qué tal el día?— preguntó él, intentando sonar casual. Le miré a los ojos y supe que me mentía. —¿No tienes nada que contarme?—

Se quedó callado. Bajó la mirada y sus manos empezaron a temblar. —Lucía… yo…—

—¿Por qué no me lo has contado?— le interrumpí, la voz rota. —¿De verdad pensabas casarte conmigo mientras ocultabas algo así?—

Sergio se derrumbó. Me contó entre sollozos cómo su padre había perdido el trabajo hacía meses, cómo su madre había intentado mantener la casa vendiendo joyas y pidiendo ayuda a familiares. Cómo él había pedido un préstamo a escondidas para intentar salvar la situación. —No quería que te preocuparas… No quería que pensaras que te casabas con un problema—.

Sentí rabia y compasión al mismo tiempo. Recordé todas las veces que le había notado distante, todas las llamadas que cortaba cuando yo entraba en la habitación. Pensé en su madre, Rosario, siempre tan orgullosa, tan reacia a aceptar ayuda de nadie. ¿Cuántas veces habrían llorado juntos sin decírmelo?

Esa noche no dormí. Miré el techo durante horas, repasando cada conversación, cada gesto sospechoso. Me pregunté si alguna vez había conocido realmente al hombre con el que pensaba pasar el resto de mi vida.

Al día siguiente fui a ver a Rosario. Me abrió la puerta con los ojos hinchados de llorar. —Lucía… no sabíamos cómo decírtelo— murmuró. La casa olía a café frío y desesperanza. Me senté con ella en la cocina mientras me contaba cómo habían llegado a ese punto: los recortes, las facturas impagadas, el miedo constante al timbre del banco.

—No quería ser una carga para vosotros— dijo Rosario—. Sergio solo quería protegerte.—

Pero yo ya no podía ver protección en sus mentiras, solo distancia y desconfianza. Salí de esa casa sintiéndome una extraña.

Los días siguientes fueron un torbellino: llamadas de familiares preguntando por la boda, mensajes de amigas emocionadas por la despedida de soltera… Y yo fingiendo normalidad mientras por dentro me rompía.

Una tarde, mi madre me encontró llorando en mi habitación. —¿Qué pasa, hija?—

Le conté todo entre lágrimas. Ella me abrazó fuerte y me dijo: —El amor verdadero se basa en la confianza, Lucía. Si eso falla… ¿qué te queda?—

La boda se acercaba y yo ya no podía fingir más. Llamé a Sergio y le pedí que viniera a hablar conmigo al parque donde nos dimos nuestro primer beso.

—No puedo casarme contigo así— le dije mirándole a los ojos—. No porque tu familia tenga problemas, sino porque me has dejado fuera de tu vida cuando más necesitabas apoyo.—

Sergio lloró como nunca le había visto llorar. Me suplicó que le perdonara, que lo intentáramos juntos. Pero yo ya no podía confiar en él.

Cancelé la boda una semana antes del gran día. Devolví el vestido, llamé a todos los invitados y soporté los cuchicheos del barrio y las miradas de pena en la panadería.

Pasaron meses antes de poder mirar atrás sin sentir rabia o tristeza. Aprendí que el amor no es suficiente si no hay verdad ni confianza.

Hoy tengo 31 años y sigo soltera. A veces me pregunto si hice lo correcto o si fui demasiado dura con Sergio y su familia. Pero cada vez que veo mi reflejo en el espejo sé que prefiero estar sola antes que vivir una vida construida sobre mentiras.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Perdonaríais una mentira así por amor o preferiríais empezar de nuevo solos?