Por primera vez, decido vivir para mí: la historia de Don Ernesto

—¿Otra vez sopa fría, papá? —me preguntó Lucía, mi hija, con ese tono que mezcla cansancio y reproche, mientras dejaba la mochila de Camila sobre la mesa.

No respondí. Solo miré el plato humeante que había preparado para todos, como cada noche desde hace años. Camila y Tomás, mis nietos, peleaban por el control remoto. El televisor escupía noticias de la ciudad: otro asalto en el barrio vecino, otro político prometiendo lo imposible. Yo solo sentía un zumbido en los oídos, una presión en el pecho.

Tenía 68 años. Y aunque muchos dirían que a esa edad uno ya debería haber encontrado la paz, yo sentía todo lo contrario: una especie de grito ahogado, una rabia sorda que me quemaba por dentro. ¿Cuándo fue la última vez que pensé en mí? ¿En lo que yo quería?

Desde que murió Marta, mi esposa, hace ya siete años, mi vida se redujo a ser el sostén de Lucía y sus hijos. Ella volvió a casa después de que su marido la dejara por otra mujer. «Papá, no tengo a dónde ir», me dijo entre lágrimas. Y yo abrí la puerta sin dudarlo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Así nos educaron: la familia primero, siempre.

Pero los años pasaron y la rutina se volvió una cárcel invisible. Yo cocinaba, limpiaba, llevaba a los niños a la escuela y al médico. Lucía trabajaba doble turno en el hospital y llegaba agotada. Los niños crecían entre mis manos y mis historias de cuando era joven en Veracruz. Pero nadie preguntaba cómo me sentía yo.

Una noche, mientras recogía los platos sucios, escuché a Lucía hablando por teléfono en el patio:

—No sé qué haría sin mi papá… pero a veces siento que lo tengo de sirviente —dijo bajito.

Me dolió más de lo que esperaba. No era solo el cansancio físico; era la sensación de ser invisible, de ser útil solo mientras sirvo para algo.

Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, recordando mi juventud: los bailes en la plaza del pueblo, los partidos de fútbol con mis amigos, los sueños de viajar a Argentina o Chile. Todo eso quedó atrás cuando nacieron Lucía y luego los nietos. Siempre había una razón para postergar mis deseos.

Al día siguiente, mientras llevaba a Tomás al colegio, él me preguntó:

—Abuelo, ¿por qué siempre estás triste?

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a un niño de diez años que uno puede estar rodeado de gente y sentirse solo?

Esa tarde decidí hacer algo diferente. Caminé hasta el parque central y me senté en una banca bajo un árbol enorme. Cerré los ojos y escuché las risas de otros viejos jugando dominó. Me acerqué tímido.

—¿Se puede? —pregunté.

—¡Claro! Siéntese, compa —me respondió Don Julián, un hombre moreno con bigote canoso.

Jugamos varias partidas. Reímos. Por primera vez en años sentí que era más que el abuelo o el papá útil; era Ernesto otra vez.

Volví a casa tarde. Lucía estaba molesta:

—¿Dónde estabas? Los niños tenían hambre y yo no podía salir del trabajo.

—Salí a caminar —le respondí sin excusas.

—¿Y si te pasa algo? ¿Y si te caes? —insistió ella.

—Lucía —le dije mirándola a los ojos—, tengo derecho a vivir mi vida también.

Se hizo un silencio incómodo. Ella bajó la mirada y murmuró:

—Perdón… es que no sé qué haríamos sin ti.

Esa noche lloré en silencio. No por tristeza, sino por alivio: por fin había dicho lo que llevaba años guardando.

Los días siguientes intenté pequeños cambios: me inscribí en un taller de pintura en la Casa de Cultura; empecé a salir con Don Julián y sus amigos; incluso fui a una misa donde conocí a Doña Teresa, una viuda simpática que me invitó un café.

Pero cada paso hacia mi independencia traía culpa. Lucía empezó a dejarme notas pegadas en el refrigerador: «No olvides recoger a Camila»; «Por favor lava los uniformes»; «¿Puedes ir al mercado?». Sentí que cada nota era una cadena más.

Una tarde exploté:

—¡No soy tu empleado! ¡Soy tu padre! —le grité cuando llegó del trabajo.

Los niños se asustaron. Lucía lloró desconsolada:

—Solo quiero salir adelante… No puedo sola…

Nos abrazamos llorando los dos. Fue un desahogo necesario.

Esa noche hablamos largo rato. Le conté cómo me sentía: invisible, agotado, sin espacio para mí mismo. Ella también confesó su miedo: miedo a quedarse sola, miedo a no poder con todo.

—Papá —me dijo—, nunca pensé que te sentías así… Siempre fuiste tan fuerte…

—Ya no soy tan fuerte —le respondí—. Y también merezco ser feliz.

Poco a poco empezamos a cambiar las cosas. Lucía buscó ayuda con una vecina para cuidar a los niños algunas tardes; yo seguí con mis talleres y salidas al parque. Los domingos ahora son para mí: voy al cine solo o con amigos, paseo por el malecón o simplemente leo bajo un árbol.

No fue fácil. A veces la culpa vuelve como un fantasma: ¿seré egoísta por pensar en mí? Pero luego recuerdo las palabras de Doña Teresa:

—Uno no puede dar amor si no se cuida primero.

Hoy escribo esto desde la banca del parque donde empezó mi nueva vida. Veo a los niños correr, escucho las risas de mis amigos y siento una paz que creí perdida para siempre.

¿Será tarde para empezar de nuevo? ¿Cuántos de ustedes han sentido ese peso invisible del deber familiar? Yo decidí soltarlo un poco… porque también merezco vivir.