¿Por qué tu mamá nunca me quiso?
—¿Por qué tu mamá nunca me quiso, Javier? —le pregunté una vez más, con la voz quebrada, mientras la lluvia golpeaba los ventanales de nuestro pequeño departamento en San Miguel de Tucumán. Él solo bajó la mirada, como si las palabras le pesaran en la lengua.
—No es eso, Mariana… —susurró, pero yo ya sabía que sí lo era. Desde el primer día que crucé el umbral de la casa de doña Carmen, sentí ese frío en la espalda, esa mirada que me desnudaba buscando defectos. No importaba cuánto me esforzara: siempre había algo mal en mí. Que si mi acento era muy porteño, que si mi familia no era «gente conocida», que si mi trabajo de maestra no era suficiente para su hijo ingeniero.
Recuerdo la primera vez que fui a cenar a su casa. La mesa estaba impecable, los manteles bordados por ella misma, y el aroma a empanadas recién horneadas llenaba el aire. Pero cuando me senté, doña Carmen me miró de arriba abajo y dijo:
—¿Así te vestís para venir a casa? Pensé que las maestras eran más formales.
Javier intentó suavizar el momento:
—Mamá, Mariana viene directo del trabajo…
Pero ella solo resopló y sirvió la comida en silencio. Esa noche, mientras lavaba los platos con su hija menor, Lucía, escuché cómo cuchicheaban sobre mí. «No sé qué le ve Javier. Seguro se le pasa pronto», dijo Carmen. Sentí un nudo en la garganta, pero me prometí no llorar.
Los meses pasaron y el amor entre Javier y yo creció a pesar de todo. Pero cada domingo en casa de su madre era una prueba de resistencia. Si llevaba un postre, lo probaba con desconfianza. Si ayudaba en la cocina, me corregía cada movimiento. Una vez, cuando le conté que mi papá había sido obrero toda su vida, me miró con lástima y murmuró:
—Bueno, todos tenemos nuestras historias…
Javier intentaba mediar, pero yo veía cómo se desgastaba entre nosotras. Él amaba a su madre y me amaba a mí, pero parecía imposible que ambas pudiéramos compartir espacio sin que el aire se volviera denso.
Un día, después de una discusión especialmente dura —Carmen había insinuado que yo solo estaba con Javier por interés—, él explotó:
—¡Basta, mamá! Mariana es mi pareja y la amo. Si no podés aceptarla, no sé qué va a pasar con nosotros.
El silencio fue absoluto. Carmen se retiró a su cuarto y Lucía me miró con una mezcla de pena y solidaridad. Esa noche, Javier y yo nos fuimos temprano. En el colectivo de regreso a casa, él lloró por primera vez delante de mí.
—No quiero elegir entre ustedes —me dijo—. Pero tampoco puedo seguir así.
Yo tampoco quería esa elección. Amaba a Javier y quería ser parte de su familia, pero sentía que nunca sería suficiente para Carmen. Empecé a dudar de mí misma: ¿sería cierto lo que decía? ¿No era lo bastante buena?
El tiempo siguió su curso y nos casamos en una ceremonia sencilla. Carmen fue porque «no podía faltar», pero ni siquiera me miró durante el brindis. En las fotos familiares, su sonrisa era forzada y sus ojos evitaban los míos.
Cuando nació nuestro hijo Tomás, pensé que todo cambiaría. Que al vernos como padres, Carmen entendería que yo solo quería lo mejor para su hijo y su nieto. Pero ni siquiera entonces bajó la guardia.
Una tarde, mientras Tomás jugaba en el patio y yo preparaba mate en la cocina de Carmen, ella se acercó y me dijo:
—No te hagas ilusiones. Javier siempre va a ser mi hijo antes que tu marido.
Sentí cómo se me helaba la sangre. No respondí; solo apreté los labios y seguí cebando mate. Esa noche le conté a Javier y él solo suspiró:
—No sé qué más hacer…
Los años pasaron entre silencios incómodos y reuniones familiares tensas. Tomás creció viendo cómo su abuela apenas me dirigía la palabra. Yo intenté no transmitirle mi dolor, pero sé que lo percibía.
Un día, Tomás llegó del colegio con una nota: «Mamá, ¿por qué la abuela Carmen nunca viene a ver mis partidos? Las otras abuelas sí van». No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a un niño que el rechazo puede ser tan fuerte como el amor?
La gota que colmó el vaso llegó cuando mi papá enfermó gravemente y tuve que pasar semanas cuidándolo en Santiago del Estero. Javier se quedó con Tomás y Carmen aprovechó para instalarse en nuestra casa «para ayudar». Cuando volví, encontré todo cambiado: mis cosas movidas, mis recetas reemplazadas por las suyas, hasta mi ropa lavada con otro jabón porque «el tuyo no sirve».
Esa noche discutimos fuerte. Le pedí a Javier que pusiera límites; él intentó hablar con su madre pero ella se ofendió y se fue dando un portazo.
Desde entonces casi no nos vemos. Tomás pregunta por ella cada tanto y yo le digo que está ocupada o enferma. Pero la verdad es que no puedo más con ese rechazo constante.
A veces me pregunto si hice algo mal o si simplemente nunca fui lo que Carmen esperaba para su hijo. ¿Cuántas mujeres en Latinoamérica viven lo mismo? ¿Cuántas suegras ven a sus nueras como enemigas en vez de aliadas?
Hoy miro a Tomás dormir y pienso: ¿cómo romper este ciclo? ¿Cómo enseñarle a amar sin prejuicios ni resentimientos?
¿Ustedes han sentido alguna vez ese rechazo? ¿Qué harían en mi lugar?