¿Quién se muda a mi casa?
—¿Pero qué demonios está pasando? —me pregunté, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. El tráfico de la M-30 no ayudaba nada, y la voz de la señora Carmen, mi vecina de toda la vida, seguía resonando en mi cabeza: “Marta, hija, hay un camión de mudanza enorme delante de tu portal. Y unos hombres sacando cajas… ¿Tú sabías algo?”
No, no sabía nada. Y eso era lo que más me asustaba. Mi piso en Vallecas era lo único que sentía realmente mío desde que papá murió y mamá se fue a vivir con mi hermana a Alicante. Había trabajado como una burra para pagar la hipoteca, renunciando a escapadas con amigas y hasta a las cañas del viernes. ¿Y ahora esto?
Aparqué como pude, casi subiéndome a la acera, y salí disparada hacia el portal. El camión de mudanza tapaba media calle y los vecinos miraban desde las ventanas como si estuvieran viendo un capítulo nuevo de su serie favorita. Me abrí paso entre cajas y muebles envueltos en mantas, hasta que vi a una figura familiar discutiendo con los operarios.
—¡Pero si eso es mío! —grité, sin reconocer mi propia voz.
La figura se giró. Era mi hermana Lucía.
—Marta, por favor, cálmate —dijo ella, con esa voz suya tan dulce que siempre usaba cuando quería convencerme de algo.
—¿Calmarme? ¿Me estás vacilando? ¿Qué haces aquí con un camión de mudanza? ¿Por qué están sacando mis cosas?
Lucía bajó la mirada. Detrás de ella apareció mamá, con el pelo más blanco que nunca y esa expresión de quien no quiere estar allí.
—Marta, cariño… —empezó mamá—. No sabíamos cómo decírtelo.
—¿Decirme el qué? ¿Que me echáis de mi propia casa?
Lucía suspiró y se acercó. —No es eso. Es solo que… Mamá ya no puede vivir sola y en Alicante no se adapta. Pensamos que aquí estaría mejor, cerca de ti, y…
—¿Y qué? ¿Que yo me busque la vida? —sentí cómo me temblaba la voz. El corazón me latía tan fuerte que creí que todos podían oírlo.
Mamá se encogió de hombros. —No queremos echarte, hija. Pero este piso es de todos. Papá lo dejó a nombre de las dos.
Me quedé helada. Sabía que el piso era herencia compartida, pero Lucía nunca había mostrado interés en él. Siempre decía que prefería el mar y el sol del sur. ¿Por qué ahora?
—¿Y mis cosas? —pregunté, señalando las cajas apiladas en la acera.
—Solo hemos apartado lo justo para hacer sitio a mamá —dijo Lucía—. No te preocupes, tus cosas están bien.
Me reí, pero fue una risa amarga. —Claro, todo está bien menos yo.
Los vecinos seguían mirando desde las ventanas. Sentí una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Cómo podía ser que mi propia familia me hiciera esto? Recordé los veranos en el pueblo, cuando compartíamos habitación y mamá nos contaba historias antes de dormir. Todo parecía tan sencillo entonces.
—¿Por qué no me habéis avisado? —pregunté al borde del llanto.
Mamá se acercó y me abrazó torpemente. —No queríamos preocuparte en el trabajo…
—Pues lo habéis conseguido igual —respondí apartándome.
Lucía intentó sonreír. —Podemos buscar una solución juntas. Si quieres, podemos turnarnos para cuidar a mamá o buscarle una residencia cerca…
La miré fijamente. —¿Y si no quiero renunciar a mi casa? ¿Y si estoy harta de ser siempre la responsable?
El silencio cayó entre nosotras como una losa. El sol empezaba a ponerse tras los edificios y el aire olía a tortilla recién hecha y a pan del horno de la esquina. De repente, todo lo que había dado por sentado se tambaleaba.
—A veces pienso que en esta familia nadie pregunta nunca lo que yo quiero —dije al fin, con lágrimas en los ojos.
Mamá me acarició la mejilla. —Lo siento, hija. De verdad.
Miré alrededor: las cajas, los muebles viejos de papá, los recuerdos amontonados junto al portal. ¿Qué es un hogar? ¿Un lugar o las personas con las que lo compartes? ¿Alguna vez habéis sentido que os arrebatan lo poco que os queda?