“Tus sobras por un milagro”: El día que Lucía cambió la vida de Don Ernesto
—¿Por qué lloras, Don Ernesto? ¿Es porque no puedes andar?
La voz de Lucía me sacudió como un trueno en mitad de la siesta. Estaba sentado en la terraza de mi chalet en las afueras de Sevilla, mirando el jardín que ya no podía recorrer. La niña, con sus trenzas deshechas y los zapatos rotos, se había colado entre los setos buscando naranjas caídas.
—¿Y tú quién eres? —pregunté, intentando sonar severo, aunque mi voz tembló más de lo que esperaba.
—Lucía. Vivo ahí enfrente, en la casita blanca. Mi madre limpia casas y mi padre está en paro. ¿Me das una naranja?
Me encogí de hombros. —Coge las que quieras. No las puedo recoger yo.
Lucía se acercó despacio, como si temiera asustarme. Observó mis piernas inmóviles y luego me miró a los ojos con una seriedad impropia para una niña.
—¿Y si yo pudiera curarte? ¿Me darías tus sobras?
Me reí, aunque fue una risa amarga. —¿Tú? ¿Una niña de seis años? ¿Vas a hacerme andar otra vez?
Ella asintió con una convicción que me desarmó. —Mi abuela dice que los milagros existen si uno cree de verdad. Y yo creo mucho. Pero tú tienes que dar algo a cambio. Así funciona.
—¿Y qué quieres? ¿Dinero? —pregunté, acostumbrado a que todos quisieran algo de mí.
Lucía negó con la cabeza. —No. Solo tus sobras. Lo que no uses, lo que te sobre de comida, ropa… Mi hermano pequeño pasa hambre y mamá llora mucho por las noches.
Me quedé callado. Sentí una punzada en el pecho, algo parecido a la vergüenza. Yo, rodeado de lujos inútiles, y esa niña pidiendo las migajas para sobrevivir.
—Trato hecho —dije al fin, intentando sonar generoso.
Lucía sonrió y se fue corriendo con dos naranjas en las manos. Durante días, venía cada tarde. Me contaba historias de su familia, de cómo su madre le enseñaba a bailar sevillanas en la cocina y cómo soñaba con tener una bicicleta roja.
Yo empecé a guardar comida para ella: pan, leche, algo de jamón… También ropa vieja y juguetes olvidados en el desván. Cada vez que Lucía venía, la casa se llenaba de risas y vida.
Una tarde, mientras leía el periódico, Lucía apareció con un dibujo: era yo, de pie, bailando con ella bajo los naranjos.
—¿Ves? Ya casi puedes andar —me dijo.
Me reí, pero esta vez fue una risa limpia. —Ojalá fuera tan fácil.
Ella me miró muy seria. —A veces los milagros no son lo que uno espera. A lo mejor ya te he curado un poco el corazón.
Esa noche no pude dormir. Pensé en mi vida: en los años de trabajo sin descanso, en la soledad de mi casa enorme, en todo lo que había perdido por perseguir el dinero. Y pensé en Lucía y su familia, en su alegría pese a la pobreza.
Al día siguiente llamé a su madre y le ofrecí trabajo estable en mi casa. También ayudé a su padre a encontrar empleo en una empresa amiga. Poco a poco, la casita blanca se llenó de esperanza.
Nunca volví a caminar, pero aprendí a vivir otra vez. Lucía venía cada tarde y bailábamos con las manos al ritmo de una radio vieja. Descubrí que el verdadero milagro era sentirme parte de una familia.
Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar los milagros por no saber mirar? ¿Y si el mayor regalo es aprender a dar lo que nos sobra… y también lo que nos falta?