Una Noche, Un Mensaje: Cuando el Pasado Regresa Sin Avisar
—¿Por qué me escribes ahora, Lucía? —La pregunta de Sergio retumbó en mi móvil como un trueno en mitad de la madrugada.
No era la respuesta que esperaba. Ni siquiera sé qué esperaba. Solo sé que el silencio de mi piso en Chamberí esa noche era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. El reloj de la cocina marcaba las dos y cuarto, y cada tic-tac era una bofetada a mi insomnio. Me levanté, abrí la nevera, y el zumbido del motor me pareció el ronroneo de un gato viejo y cansado. No tenía hambre, solo ese vacío en el estómago que deja lo no dicho.
Habían pasado diecisiete años desde la última vez que vi a Sergio. Diecisiete años desde aquel verano en la playa de San Juan, cuando creíamos que el mundo era nuestro y que nada ni nadie podría separarnos. Pero la vida, como siempre, tenía otros planes. Mi madre enfermó, mi padre se marchó de casa, y yo tuve que aprender a ser adulta demasiado pronto.
Esa noche, mientras Madrid dormía y yo repasaba mi vida como quien hojea un álbum de fotos polvoriento, busqué su nombre en el antiguo portal de la clase del instituto. Allí estaba: Sergio Martín García. La misma sonrisa ladeada, los mismos ojos oscuros que me miraban desde la pantalla como si supieran todos mis secretos.
No planeaba escribirle. Fue más fuerte que yo. Un simple «Hola, ¿te acuerdas de mí?». Y ahora, su respuesta seca, casi hostil, me devolvía a la realidad.
—¿Por qué me escribes ahora, Lucía?
Me quedé mirando el móvil, los dedos temblando sobre el teclado. ¿Por qué le escribía? ¿Por nostalgia? ¿Por soledad? ¿Por ese deseo absurdo de cerrar heridas?
—No lo sé —tecleé al fin—. Supongo que necesitaba saber si alguna vez pensaste en mí.
El doble check azul apareció enseguida. Esperé. El corazón me latía tan fuerte que temí despertar a mis vecinos. Finalmente, llegó su respuesta:
—Pensé en ti cada día durante años. Pero tú desapareciste.
Sentí un nudo en la garganta. No era justo. Yo no desaparecí porque quise. La enfermedad de mi madre nos arrastró a las dos a un pueblo perdido de Castilla-La Mancha, lejos de todo y de todos. Allí pasé los peores años de mi vida, cuidando de ella mientras mi padre rehacía la suya con otra mujer en Valencia.
—No tuve elección —escribí—. Mi madre te odiaba porque eras «demasiado mayor» para mí. Y luego enfermó… No podía pensar en nada más.
Hubo un largo silencio digital. Aproveché para servirme una copa de vino barato y asomarme al balcón. Madrid seguía ahí fuera, indiferente a mis dramas personales.
De pronto, el móvil vibró:
—No sabes lo que fue para mí no saber nada de ti. Te busqué durante años. Incluso fui a tu casa una vez y tu madre me echó diciendo que no querías verme nunca más.
Me derrumbé en la silla. Recordé esa tarde: yo llorando en mi habitación mientras mi madre discutía con alguien en la puerta. Nunca supe quién era… hasta ahora.
—Lo siento —escribí entre lágrimas—. Nunca supe que viniste.
—¿Y ahora? ¿Qué buscas? —insistió él.
No supe qué responderle. ¿Qué buscaba? ¿Redención? ¿Perdón? ¿Un poco de cariño en medio de tanta soledad?
En ese momento sonó el teléfono fijo. Era mi hermana Marta, con su voz siempre acelerada:
—¿Otra vez despierta? Mamá está peor. El médico dice que deberíamos ir pensando en una residencia…
La culpa me golpeó como una ola helada. Siempre había sido yo la fuerte, la responsable, la que nunca se permitía flaquear. Pero esa noche sentí que todo se desmoronaba: mi madre muriéndose poco a poco, mi hermana incapaz de afrontar nada sola, y yo… yo escribiendo a un fantasma del pasado buscando consuelo.
Volví al chat con Sergio:
—No sé qué busco —confesé—. Solo sé que esta noche necesitaba hablar contigo.
Él tardó en responder. Cuando lo hizo, fue para decirme algo que nunca olvidaré:
—A veces el pasado es mejor dejarlo donde está, Lucía. Pero si quieres hablar, aquí estoy.
Lloré en silencio mientras le contaba todo: la enfermedad de mamá, la ausencia de papá, las peleas con Marta por cada decisión difícil… Y él escuchó, como siempre hacía cuando éramos adolescentes sentados en el banco del parque.
Las horas pasaron sin darnos cuenta. Hablamos de todo y de nada: del miedo a envejecer solos, del precio imposible de los alquileres en Madrid, del trabajo precario y los sueños rotos por la crisis.
Al amanecer, cuando el primer rayo de sol entró por mi ventana, sentí que algo dentro de mí se había roto… o quizá sanado un poco.
Antes de despedirnos, Sergio me escribió:
—No sé si podremos recuperar lo que fuimos. Pero me alegro de saber de ti.
Cerré el chat con una sonrisa triste y me tumbé en la cama sin poder dormir todavía. Pensé en todo lo perdido y en lo poco que aún podía salvarse.
Ahora os pregunto: ¿vosotros también habéis sentido alguna vez esa necesidad absurda de buscar respuestas en el pasado? ¿Vale la pena remover viejas heridas para intentar sanar otras nuevas?