La directora del banco humilla a un anciano — Horas después, pierde el mayor acuerdo de su carrera

—¿Pero usted no ve que aquí no se puede venir así? —le espeté, sin apenas mirarle a los ojos. El hombre, encorvado y vestido con una chaqueta raída, sostenía entre las manos un sobre arrugado. Era martes por la mañana y la sucursal de la Gran Vía ya bullía de clientes. Yo, Carmen, directora de la oficina central del Banco Hispano, llevaba semanas bajo presión: la fusión con el grupo francés dependía de mi impecable gestión.

El anciano, con voz temblorosa pero digna, me respondió:
—Solo quiero retirar mi pensión, señorita. No tengo tarjeta, pero aquí tengo mi DNI y el justificante.

Sentí la mirada de mis empleados y de algunos clientes clavada en mí. En España, la familia y el respeto a los mayores son sagrados, pero yo solo pensaba en la imagen del banco. No podía permitir que alguien así «afease» la sala principal justo cuando esperábamos la visita de los inversores extranjeros.

—Mire, caballero, las normas son las normas. Si no tiene tarjeta ni cita previa, no puedo atenderle. Además, debería usted venir más presentable —añadí, bajando la voz pero sin ocultar mi desdén.

El hombre bajó la cabeza. Una mujer joven que esperaba turno se acercó y le ofreció ayuda, pero yo corté en seco:
—Por favor, no interfiera. Aquí cada uno debe seguir el procedimiento.

El anciano salió despacio, arrastrando los pies. Sentí una punzada en el pecho, pero la ahogué con el orgullo profesional que me había llevado hasta allí. «En este país hay que ser dura para llegar lejos», me repetía siempre mi madre.

A mediodía llegaron los franceses. Todo debía salir perfecto: la fusión supondría un salto para el banco y para mí. Les mostré las instalaciones relucientes, les hablé de la digitalización y del trato exquisito al cliente. Pero uno de ellos, el más serio, me interrumpió:
—Esta mañana hemos visto algo curioso desde la cafetería de enfrente. Un señor mayor fue rechazado en la puerta. ¿Suele ocurrir esto aquí?

Me quedé helada. Intenté justificarme:
—Intentamos mantener un ambiente profesional y seguro…

El francés me miró fijamente:
—Ese hombre es don Manuel, uno de los mayores accionistas de nuestro grupo. Vino a comprobar personalmente cómo trataban ustedes a los clientes.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Los inversores se levantaron y uno de ellos sentenció:
—No podemos confiar en una entidad donde se juzga a las personas por su aspecto. El acuerdo queda suspendido.

Me quedé sola en mi despacho, mirando por la ventana cómo caía la tarde sobre Madrid. Recordé a mi abuela diciéndome: «Hija, nunca sabes quién tienes delante ni qué batalla está librando». Me sentí pequeña, avergonzada y derrotada.

Esa noche llamé a mi madre y rompí a llorar como cuando era niña. ¿De qué sirve llegar alto si olvidas lo más básico? ¿Cuántas veces juzgamos sin saber? ¿Y tú? ¿Te has dejado llevar alguna vez por las apariencias?