Baila conmigo, aunque sea mentira

—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que se siente como un bicho raro? —me pregunté, apretando la servilleta entre los dedos, mientras las risas de la mesa de al lado me taladraban los oídos. El salón de bodas de aquel hotel en las afueras de Sevilla estaba lleno de alegría, pero yo solo sentía el frío de la indiferencia y el peso de las miradas ajenas. Mi hermana pequeña se casaba, y yo, la madre soltera de la familia, era el chiste fácil de la noche.

—Mira, ahí está Lucía, la que no consiguió ni casarse —susurró una tía lejana, creyendo que no la oía. Pero claro que la oía. En los pueblos, las palabras vuelan más rápido que el vino en las fiestas.

Me mordí el labio, intentando no llorar. Mi hijo, Álvaro, estaba con mi madre en casa porque no quería que viera cómo su madre era la comidilla de todos. ¿Por qué tenía que ser tan difícil simplemente existir? ¿Por qué la gente no podía dejarme en paz?

De repente, sentí una sombra a mi lado. Un hombre alto, de traje oscuro y mirada intensa, se inclinó hacia mí. Su voz era grave, casi un susurro, pero cargada de autoridad.

—Finge ser mi esposa y baila conmigo. Ahora.

Me quedé helada. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué me pedía algo así? Pero su mirada no dejaba lugar a dudas: no era una petición, era una orden. Y, por alguna razón, sentí que debía obedecer.

Me levanté, temblando, y él me tomó de la mano con una firmeza que me hizo sentir protegida y vulnerable a la vez. Caminamos hacia la pista de baile, y de repente, todas las miradas se posaron en nosotros. Las risas cesaron, los cuchicheos se apagaron. Por primera vez en toda la noche, sentí que era alguien.

—¿Quién eres? —le susurré, mientras la música comenzaba a sonar.

—Llámame Javier. Y no preguntes más. Solo sonríe y sígueme el juego —me respondió, con una media sonrisa que parecía esconder mil secretos.

Bailamos un vals, y sentí que el mundo se detenía. Javier me miraba como si realmente fuera su esposa, como si me conociera de toda la vida. Yo, que llevaba años sin que nadie me mirara así, me dejé llevar. Por un momento, olvidé mi soledad, mis miedos, las burlas. Solo existíamos él y yo, girando bajo las luces doradas del salón.

—¿Por qué haces esto? —pregunté, sin poder evitarlo.

—Digamos que necesito que todos crean que estoy casado. Y tú necesitas que dejen de reírse de ti. Nos ayudamos mutuamente, ¿no crees? —me guiñó un ojo, y sentí que el corazón me latía más rápido.

La música terminó, pero él no soltó mi mano. Me llevó de vuelta a la mesa, y de repente, todos me miraban con respeto, incluso con envidia. Nadie se atrevía a decir nada. Javier se sentó a mi lado, pidió una copa de vino y comenzó a hablarme como si fuéramos viejos amigos. Hablamos de la vida, de los sueños rotos, de las segundas oportunidades. Me contó que su vida no era tan perfecta como parecía, que había cometido errores, que también se sentía solo a veces.

—¿Sabes? —me dijo, mirándome a los ojos—. A veces, la vida te da una segunda oportunidad disfrazada de mentira.

La noche avanzó, y yo me sentía cada vez más viva. Por primera vez en mucho tiempo, reí de verdad. Sentí que podía volver a empezar, que no todo estaba perdido. Cuando la boda terminó, Javier me acompañó hasta la puerta.

—Gracias por salvarme esta noche —le dije, con un nudo en la garganta.

—No, Lucía. Gracias a ti por recordarme que aún puedo sentir algo real —me respondió, acariciándome la mejilla con ternura.

Lo vi alejarse en la oscuridad, y supe que algo había cambiado dentro de mí. Quizás nunca volvería a verlo, quizás todo había sido una locura. Pero por una noche, fui la protagonista de mi propia historia, y nadie pudo arrebatarme eso.

¿Y si la vida no es más que un baile en el que fingimos hasta que, de repente, sentimos de verdad? ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de ser felices solo por miedo al qué dirán?