Cicatriz de una Infancia Olvidada: El Grito Silencioso de Mariana
—¿Por qué no vino, mamá? —pregunté con la voz temblorosa, mientras el yeso frío apretaba mi pierna y el olor a desinfectante me llenaba los pulmones. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales del hospital público de Iztapalapa como si quisiera entrar y arrastrarme lejos de ahí.
Mi madre, Lucía, no me miró. Seguía sentada en la silla de plástico, con las manos entrelazadas y los ojos perdidos en algún punto del suelo. —No sé, Mariana. Tu papá está ocupado —dijo, pero su voz era hueca, como si hablara para sí misma.
Tenía once años y acababa de romperme la pierna jugando fútbol en la calle con mis amigos. El dolor físico era nada comparado con el otro: ese hueco en el pecho que se abría cada vez que pensaba en mi papá, Ernesto. No lo veía desde hacía meses. Mamá decía que trabajaba mucho, que no tenía tiempo para nosotras. Pero yo sabía que era mentira. Lo había visto en la tienda del barrio con otra mujer y un niño pequeño, riendo como nunca lo hacía conmigo.
—¿Le llamaste? —insistí, aferrándome a la esperanza como quien se agarra a una tabla en medio del mar.
Lucía asintió sin ganas. —Le mandé mensaje. No contestó.
Me tragué las lágrimas. No quería que los demás niños del hospital me vieran llorar. Ya bastante tenía con ser «la coja» del salón. Cerré los ojos y recordé cuando era más pequeña y papá me llevaba al parque, me compraba paletas de mango con chile y me subía a sus hombros. ¿En qué momento dejó de quererme?
Esa noche, mientras mamá dormía sentada a mi lado, escuché a la enfermera Susana hablar con otra compañera:
—Pobrecita la niña de la cama 12. Siempre sola. La mamá ni la toca.
Sentí rabia y vergüenza. ¿Tan evidente era mi soledad? ¿Por qué nadie podía quererme un poquito?
Los días pasaron lentos. Mis amigas del barrio vinieron a verme una vez, pero pronto se aburrieron de mi silencio y mis respuestas cortas. Mi abuela Rosa llamó desde Veracruz para preguntar cómo estaba, pero mamá le dijo que todo iba bien y no me pasó el teléfono.
Una tarde, mientras miraba por la ventana cómo los niños jugaban bajo la lluvia, escuché a mamá hablar por teléfono:
—Ernesto, por favor… Mariana te necesita. Aunque sea ven un rato…
Hubo un silencio largo. Luego mamá colgó y se limpió una lágrima antes de volver a su pose rígida.
—¿Va a venir? —pregunté con voz baja.
—No lo sé, hija —respondió ella, pero en sus ojos vi la respuesta.
El alta llegó después de dos semanas. Volvimos a casa en el microbús lleno de gente y calor. Nadie nos esperaba. Nadie preguntó cómo estaba. Mamá preparó sopa instantánea y puso las noticias a todo volumen para no escuchar mi llanto ahogado en la habitación.
En la escuela, los niños me miraban raro. La maestra Patricia fue amable al principio, pero pronto se cansó de mi tristeza y mis notas bajas.
—Tienes que esforzarte más, Mariana —me dijo un día—. No puedes vivir esperando que te resuelvan la vida.
No entendía cómo hacerlo si ni siquiera podía caminar bien ni dormir sin pesadillas.
Una tarde, después de clases, vi a mi papá al otro lado de la calle. Iba de la mano con ese niño pequeño que tanto se parecía a mí cuando era bebé. Me escondí detrás de un poste y lo vi reírse mientras le compraba un helado.
Quise gritarle: «¡Papá! ¡Estoy aquí! ¡Mírame!» Pero no pude. Sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
Esa noche discutí con mamá.
—¿Por qué no luchas por mí? ¿Por qué no le exiges que venga? —le grité entre sollozos.
Ella me miró cansada, derrotada.
—No entiendes, Mariana… Yo también estoy rota. Tu papá nunca quiso quedarse. Yo hago lo que puedo…
Me sentí culpable por mi rabia, pero también furiosa porque nadie parecía luchar por mí.
Los años pasaron y aprendí a esconder mi dolor tras una máscara de indiferencia. Me hice amiga de Sofía, una chica nueva que también venía de una familia rota. Juntas compartíamos silencios y miradas cómplices cuando los demás hablaban de sus vacaciones familiares o sus fiestas de cumpleaños llenas de regalos.
Un día Sofía me preguntó:
—¿Tú crees que algún día vamos a dejar de sentirnos así?
No supe qué responderle. Solo apreté su mano fuerte.
En casa las cosas no mejoraron. Mamá trabajaba doble turno limpiando casas en Polanco y llegaba tan cansada que apenas podía hablarme. Yo cuidaba a mi hermanito menor, Emiliano, que lloraba por todo y me buscaba cuando tenía miedo.
A veces pensaba en irme lejos, empezar de cero donde nadie supiera quién era ni cuánto me dolía todo esto. Pero luego veía a Emiliano dormido abrazado a mí y sentía que tenía que quedarme para protegerlo del abandono que yo conocía tan bien.
Un día encontré una carta vieja en el cajón de mamá. Era de papá. Decía: «Lo siento, Lucía. No puedo con esto. No sé ser padre ni esposo. Ojalá algún día Mariana me perdone».
Lloré toda la noche abrazando esa carta como si fuera lo único que me quedaba de él.
Hoy tengo diecisiete años y sigo esperando respuestas que quizás nunca lleguen. Sigo viendo a mi papá en las calles del barrio, siempre con ese niño al que sí eligió querer. Sigo cuidando a Emiliano y ayudando a mamá cuando puedo.
A veces pienso que mi infancia fue como esa pierna rota: sanó por fuera, pero adentro quedó una cicatriz que nadie ve.
¿Será posible algún día dejar atrás el abandono? ¿O hay heridas que nunca terminan de sanar?