El beso que cambió mi destino: La historia de Catalina y Martín

El rostro del empresario se tornaba azul mientras todos observaban, paralizados, cómo moría. Yo, Catalina, dejé caer el balde. El golpe metálico resonó con fuerza sobre el mármol brillante de la sala de reuniones, pero nadie se giró a mirarme. Siete hombres, todos con trajes finos, permanecían inmóviles frente al cuerpo tendido de su jefe. Martín, el hombre al que todos temían y respetaban, se ahogaba ante sus propios empleados, y ni uno solo movía un dedo.

—¡Por el amor de Dios, haced algo! —grité, pero mi voz rebotó en las paredes como si fuera la de un fantasma.

Corrí hacia Martín, apartando a codazos a los ejecutivos. Su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua. Recordé los cursos de primeros auxilios que había hecho en la Cruz Roja de Vallecas, cuando aún soñaba con ser enfermera. Me arrodillé junto a él, ignorando el miedo y el sudor frío que me recorría la espalda.

—Martín, aguanta —susurré, y sin pensarlo, le tapé la nariz y le di un soplo de aire. Su pecho subió y bajó. Le presioné el pecho, una, dos, tres veces. Los murmullos crecían a mi alrededor.

—¿Pero qué hace esa mujer? —escuché decir a don Ernesto, el director financiero, con desprecio.

No me importó. Seguí. Otro soplo. Martín tosió, se revolvió, y de pronto, expulsó el trozo de jamón que le obstruía la garganta. El color volvió a sus mejillas. Abrió los ojos y me miró, confuso.

—¿Catalina? —balbuceó.

Me aparté, temblando. Los ejecutivos se acercaron de inmediato, como buitres, y me empujaron a un lado. Yo recogí mi balde y mi fregona, pero las manos me temblaban tanto que el agua se derramó por el suelo.

—¿Está bien, don Martín? —preguntó uno.

—Sí… sí, gracias a… —me buscó con la mirada, pero ya me había escabullido por el pasillo, con el corazón desbocado.

Esa noche, al llegar a mi piso de Lavapiés, mi madre me esperaba con la cena fría y la televisión encendida.

—¿Qué tal el trabajo, hija? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.

—Nada especial —mentí, porque ¿cómo iba a explicarle que había besado a mi jefe millonario delante de toda la empresa?

Pero Madrid es un pañuelo, y al día siguiente, la noticia ya corría por los pasillos. «La limpiadora que besó al jefe para salvarle la vida», decían. Algunos se reían, otros me miraban con envidia o desprecio.

—¿Te crees que ahora te va a hacer fija? —me soltó Lucía, otra limpiadora, con una sonrisa torcida.

—No fue un beso, fue reanimación —intenté explicar, pero nadie quería escucharme.

A la semana siguiente, me llamaron a la oficina de recursos humanos. Me temblaban las piernas. Pensé que me iban a despedir por haber causado un escándalo. Pero allí estaba Martín, esperándome, con una expresión que no supe descifrar.

—Catalina, siéntate, por favor —me dijo, y su voz sonaba más suave de lo que jamás la había oído.

Me senté, con las manos en el regazo.

—Quiero darte las gracias. Me salvaste la vida. No sé cómo compensártelo.

—No hace falta, don Martín. Solo hice lo que cualquiera habría hecho.

Él sonrió, pero sus ojos se llenaron de tristeza.

—Ojalá fuera cierto. Nadie más se movió. Solo tú.

Me ofreció un sobre. Dentro había un cheque con una cifra que mareaba.

—No puedo aceptar esto —dije, devolviéndoselo.

—Por favor, Catalina. Es lo mínimo que puedo hacer.

Negué con la cabeza.

—Solo quiero seguir trabajando. Mi madre depende de mí.

Martín me miró largo rato.

—Eres una mujer extraordinaria.

Salí de la oficina con el corazón encogido. A partir de ese día, Martín empezó a buscarme con la mirada cada vez que pasaba por los pasillos. Me saludaba, me preguntaba por mi madre, por mis estudios. Los rumores crecieron.

—¿Te has liado con el jefe? —me preguntó Lucía, con veneno en la voz.

—¡Claro que no! —protesté, pero nadie me creía.

Una tarde, mientras limpiaba la sala de juntas, Martín entró y cerró la puerta tras de sí.

—Catalina, ¿puedo hablar contigo un momento?

Me giré, con el corazón en la garganta.

—Dígame.

Se acercó, nervioso.

—No puedo dejar de pensar en ti. No solo por lo que hiciste… sino porque eres diferente. Me haces ver las cosas de otra manera.

Me aparté, asustada.

—Don Martín, yo… esto no puede ser. Usted es mi jefe. Yo solo soy una empleada de limpieza.

Él suspiró.

—No eres solo eso. Eres la mujer que me salvó la vida. Y la única que se atrevió a desafiar a todos por hacer lo correcto.

Me sentí pequeña, insignificante, pero también poderosa.

—No quiero problemas, don Martín. Mi madre está enferma, y yo… no puedo perder este trabajo.

Él asintió, comprensivo.

—No te preocupes. No haré nada que te perjudique. Pero si alguna vez necesitas algo… aquí estaré.

Durante semanas, la tensión creció. Los compañeros me evitaban, algunos me insultaban a la espalda. Una mañana, encontré mi taquilla abierta y mis cosas tiradas por el suelo.

—¿Te crees mejor que nosotras? —me gritó Lucía. —¡Solo porque le diste un beso al jefe!

Me eché a llorar. Quise dejarlo todo, pero mi madre me necesitaba. Aguanté.

Un día, al salir del trabajo, vi a Martín esperándome en la puerta.

—¿Puedo acompañarte a casa? —preguntó.

—No es buena idea —respondí, pero él insistió. Caminamos por las calles de Madrid, entre el bullicio y las luces de los bares. Me habló de su infancia en Salamanca, de cómo había perdido a su padre siendo niño. Yo le hablé de mi madre, de mi sueño de estudiar enfermería.

—¿Por qué no lo haces? —preguntó.

—No puedo permitírmelo. Todo mi sueldo va para el alquiler y las medicinas de mi madre.

Martín se quedó pensativo.

—Si aceptaras mi ayuda…

—No quiero limosnas. Quiero ganarme las cosas por mí misma.

Él sonrió, admirado.

—Eres increíble, Catalina.

A partir de entonces, nuestra relación cambió. No éramos jefe y empleada, sino dos personas que se entendían en medio de un mundo hostil. Pero los rumores no cesaban. Una mañana, la directora de recursos humanos me llamó de nuevo.

—Catalina, hemos recibido quejas. Dicen que tienes un trato de favor. Que tu relación con el señor Martín no es profesional.

Me defendí como pude, pero sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Al llegar a casa, mi madre me miró con preocupación.

—¿Qué te pasa, hija?

—Nada, mamá. Solo estoy cansada.

Pero no podía dormir. Me sentía atrapada. Si seguía viendo a Martín, perdería mi trabajo y mi reputación. Si lo dejaba, perdería la única amistad sincera que había tenido en años.

Una noche, Martín me llamó.

—Catalina, tengo que verte. Es urgente.

Nos encontramos en el Retiro, bajo los castaños. Él estaba pálido, nervioso.

—Me han dado un ultimátum. O dejo de verte, o el consejo de administración me destituye.

Me quedé helada.

—No quiero ser la causa de tus problemas.

Él me tomó de las manos.

—No eres un problema. Eres lo mejor que me ha pasado. Pero no puedo pedirte que sacrifiques tu vida por mí.

Nos abrazamos, llorando. Sabíamos que no había solución.

Al día siguiente, presenté mi dimisión. Martín intentó detenerme, pero yo ya había tomado una decisión. Necesitaba empezar de nuevo, lejos de los chismes y las miradas.

Con el dinero que había ahorrado, y algunos turnos extra en una residencia de ancianos, conseguí matricularme en la escuela de enfermería. Mi madre, aunque débil, sonreía al verme estudiar.

Martín y yo seguimos en contacto, pero solo como amigos. Él siguió con su vida de empresario, pero nunca volvió a ser el mismo. Yo, por mi parte, aprendí que a veces, un solo acto de valentía puede cambiarlo todo, para bien o para mal.

A veces, me pregunto: ¿Habría hecho lo mismo si hubiera sabido todo lo que vendría después? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por hacer lo correcto, aunque el precio sea perderlo todo? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?