El criado que fue víctima de los caprichos más oscuros de su señor

—¿Por qué me miras así, Tomás? ¿Acaso no entiendes lo que te estoy pidiendo? —La voz de don Federico retumbó en el patio, mezclándose con el aroma a azahar y el eco lejano de una guitarra.

Tomás bajó la mirada, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era la primera vez que su señor le hablaba así, pero aquella tarde de abril, con el calor pegajoso colándose por las rendijas del cortijo sevillano, sintió que algo dentro de él se rompía.

—Disculpe, señor —musitó, tragando saliva—. No era mi intención faltarle al respeto.

Don Federico se acercó, tan despacio como un gato acechando a su presa. Le puso la mano en el hombro y apretó con fuerza. Tomás sintió el sudor frío recorrerle la espalda. Sabía lo que venía después: una orden imposible, una humillación más.

—Esta noche quiero que te encargues tú solo del banquete. Ni una mancha en los manteles, ni un vaso fuera de lugar. Y si algo sale mal… —dejó la amenaza flotando en el aire, como si fuera innecesario terminarla.

Tomás asintió. Sabía que no tenía elección. Desde que su madre murió de pulmonía y su padre fue encarcelado por robar una hogaza de pan, él había quedado a merced de don Federico. Era un criado más entre muchos, pero el único sin familia ni esperanza. En Sevilla, todos sabían que los señores podían hacer y deshacer a su antojo. Nadie se atrevía a desafiar las costumbres.

Esa noche, mientras preparaba la mesa bajo la atenta mirada de doña Carmen —la esposa de don Federico, siempre tan fría y distante—, Tomás escuchó las risas y los brindis en el salón. Los invitados hablaban de política y toros, de la última corrida en la Maestranza y del nuevo gobierno en Madrid. Nadie reparaba en él, salvo cuando necesitaban más vino o una servilleta limpia.

Al terminar la cena, don Federico lo llamó aparte. Lo llevó a la biblioteca, cerró la puerta y le exigió que limpiara cada rincón mientras él bebía brandy junto al ventanal. Tomás obedeció en silencio, sintiendo la mirada de su señor clavada en la nuca.

—¿Sabes lo que dicen de ti en el pueblo? —preguntó don Federico, con una sonrisa torcida—. Que eres un buen chico, trabajador… pero demasiado orgulloso para tu posición.

Tomás no respondió. Sabía que cualquier palabra podía ser usada en su contra.

—No olvides nunca quién te da de comer —añadió don Federico—. Aquí no hay sitio para rebeldes.

Aquella noche, Tomás apenas durmió. Pensó en su madre, en las historias que le contaba sobre tiempos mejores, cuando su familia tenía una pequeña huerta y nadie les daba órdenes. Pensó también en Lucía, la hija del panadero, con quien compartía miradas furtivas en la plaza del pueblo. ¿Qué pensaría ella si supiera todo lo que tenía que soportar?

Los días pasaron entre órdenes y reproches. Tomás aprendió a moverse como una sombra por la casa, invisible pero siempre presente. A veces soñaba con escapar, irse a América como tantos otros andaluces en busca de fortuna. Pero algo lo retenía: el miedo a lo desconocido y el peso de las raíces.

Un domingo por la tarde, mientras ayudaba a doña Carmen a regar los geranios del patio, ella le habló por primera vez sin frialdad:

—Sé que mi marido es duro contigo… Pero así es la vida aquí. Todos tenemos nuestro papel.

Tomás la miró sorprendido. Por un instante creyó ver compasión en sus ojos.

—¿Y usted está contenta con su papel? —se atrevió a preguntar.

Doña Carmen suspiró y apartó la vista.

—A veces no tenemos elección —respondió—. Pero siempre podemos elegir cómo tratar a los demás.

Esa noche, Tomás decidió escribir una carta a Lucía. No sabía si algún día tendría valor para dársela, pero necesitaba poner en palabras todo lo que sentía: la rabia, el miedo y también la esperanza de que algún día todo cambiaría.

“¿Cuánto tiempo más tendremos que vivir así?”, se preguntó antes de dormir. “¿No merecemos todos un poco de dignidad?”

Quizá algún día alguien escuche estas preguntas y decida responderlas.