El día en que la vida me devolvió el favor: una historia de San Isidro

—¡Por el amor de Dios, señora! ¿Qué hace usted sola a estas horas? —gritó Paco, el panadero, desde el otro lado del puente, mientras yo forcejeaba con el cuerpo inerte de aquel hombre empapado.

—¡Ayúdame, Paco! ¡Que se me escurre! —le respondí, jadeando, con las manos heladas y el corazón a punto de salirse del pecho. El agua del río Jarama estaba más fría que nunca esa mañana, y yo, con mis setenta y seis años, no tenía ni idea de dónde había sacado fuerzas para arrastrar a ese hombre hasta la orilla.

Todo empezó antes del alba. Como cada día, salí al campo a recoger hierbas para el caldo y a respirar el aire fresco que sólo se encuentra en los pueblos como San Isidro. Pero aquel día, el silencio se rompió con un chapoteo extraño. Me acerqué al río y vi una figura flotando, medio hundida entre las ramas. Sin pensarlo, me quité las zapatillas y me metí en el agua. «¿Pero qué haces, Carmen? ¡Te vas a matar!», me repetía mi conciencia, pero algo más fuerte me empujaba.

Cuando Paco llegó corriendo, entre los dos conseguimos sacar al hombre. Tenía la piel azulada y apenas respiraba. Le hice el boca a boca como me enseñó mi madre durante la guerra, cuando no había médicos ni tiempo para llorar. Al cabo de unos minutos eternos, tosió y abrió los ojos. Nunca olvidaré su mirada: perdida, asustada, pero viva.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté mientras le tapaba con mi mantón.

—Me llamo Mateo —susurró, con voz ronca—. Gracias…

No pregunté más. En los pueblos pequeños, las historias ajenas se respetan hasta que uno está listo para contarlas. Le llevé a casa, le di sopa caliente y le dejé dormir en la habitación de mi difunto marido. Durante semanas, Mateo apenas hablaba. Ayudaba en lo que podía: arreglaba la valla, cortaba leña, incluso enseñó a los niños del pueblo a hacer aviones de papel.

Pero San Isidro es un lugar donde las lenguas corren más rápido que el tren de cercanías. Pronto empezaron los rumores: que si era un fugitivo, que si venía huyendo de algo gordo… Yo sólo veía a un hombre roto intentando recomponerse.

Una tarde de tormenta, mientras pelábamos patatas en la cocina, Mateo rompió su silencio:

—Carmen, yo antes era alguien importante en Madrid. Trabajaba en política… pero me metí en líos por defender a los que no tienen voz. Me buscaron para callarme. Creí que podía huir de todo… hasta que usted me salvó.

Me quedé callada. En mi vida había visto muchas injusticias: jornaleros explotados, familias desahuciadas… Pero nunca pensé que un político pudiera acabar así.

Pasaron los meses y Mateo fue recuperando fuerzas y ganas de vivir. Un día anunció que debía marcharse. Nos abrazamos fuerte; sentí que se llevaba un trozo de mi corazón.

No volví a saber de él hasta la primavera siguiente. Una mañana, el pueblo entero se despertó con la noticia: «¡Mateo ha vuelto! ¡Y trae consigo a periodistas y cámaras!». Resulta que había decidido contar su historia al mundo: cómo una anciana le salvó la vida y cómo ese gesto le inspiró a luchar por una España más justa.

Mateo organizó una asamblea en la plaza del pueblo. Habló de dignidad, de solidaridad y de la fuerza de los pequeños actos. Los vecinos escuchaban boquiabiertos; algunos lloraban en silencio. Pronto su mensaje se extendió por toda la provincia y después por el país entero.

San Isidro cambió para siempre: llegaron ayudas para los mayores, becas para los jóvenes y hasta arreglaron la carretera que llevaba años llena de baches. Pero lo más importante fue ver cómo la gente recuperaba la esperanza.

A veces me pregunto: ¿qué habría pasado si aquella mañana no hubiera ido al río? ¿De verdad puede una sola persona cambiar el destino de muchos? Quizá sí… o quizá sólo hace falta atreverse a tender la mano cuando nadie más lo hace.