El eco de los gritos en la distancia

—¡No llores más, que no eres un crío! —La voz retumbó en el salón, áspera como papel de lija. Mi hijo, Mario, apenas susurró un sollozo. En la pantalla del móvil, la imagen temblorosa mostraba a Sergio, el nuevo novio de Lucía, mi exmujer, con la mano alzada y una sonrisa torcida. Lucía, apoyada en el marco de la puerta, no hacía nada. Ni una palabra. Solo esa sonrisa fría que nunca le había visto cuando estábamos juntos.

—Llama a tu padre —se burló Sergio—. Que te escuche llorar desde allá, a ver si puede ayudarte desde tan lejos.

El vídeo se cortó ahí. Me quedé helado, con el corazón encogido y las manos temblando. El mensaje venía de Paco, mi vecino de toda la vida en Cádiz. «Tío, esto no puede seguir así. Haz algo.»

Pero yo estaba a más de dos mil kilómetros, en una plataforma petrolífera frente a las costas de Tarragona. El mar Mediterráneo se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y el olor a sal y gasoil era mi única compañía desde hacía meses. Trabajaba turnos interminables para poder enviar dinero a casa y asegurarle a Mario un futuro mejor. ¿De qué servía todo eso si no podía protegerlo?

Esa noche no pegué ojo. El zumbido de las máquinas era un eco lejano comparado con los gritos ahogados de mi hijo. Me sentí como un cobarde. ¿Qué clase de padre soy si permito esto? En España decimos que «la sangre tira», pero ¿de qué sirve si no puedes estar cuando más te necesitan?

Al amanecer, llamé a Lucía. No contestó. Mandé mensajes, audios, nada. Paco me escribió: «Hoy tampoco han ido al cole». El miedo me apretaba el pecho como una garra.

En la cantina, mis compañeros notaron que algo iba mal.

—¿Qué te pasa, Juan? Tienes cara de haber visto un fantasma —preguntó Manolo, el gallego que siempre tenía una palabra para todo.

—Es mi hijo… —empecé a decir, pero la voz se me quebró.

—Mira, tío —intervino Andrés—, aquí todos estamos lejos de casa por necesidad, pero si hay que mover cielo y tierra por los nuestros, se hace. ¿Por qué no pides unos días? Habla con el jefe.

No lo pensé dos veces. Fui directo al despacho del encargado.

—Necesito irme —le solté sin rodeos—. Es urgente. Mi hijo está en peligro.

El jefe me miró serio, pero asintió.

—Vete tranquilo, Juan. Aquí nos apañamos.

Cogí el primer tren a Cádiz. El viaje fue eterno; cada minuto era una tortura. Miraba por la ventanilla los campos andaluces pasar y pensaba en Mario: su risa cuando íbamos a la playa de pequeños, cómo me abrazaba fuerte cuando tenía miedo… ¿Cómo podía haber cambiado todo tanto?

Llegué al barrio y fui directo a casa de Lucía. Llamé al timbre con fuerza.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella al abrir la puerta, sorprendida y molesta.

—He visto el vídeo —le dije sin rodeos—. ¿Dónde está Mario?

Ella bajó la mirada.

—No es lo que parece…

—¡No me mientas! —grité—. ¿Dónde está mi hijo?

En ese momento apareció Mario detrás de ella, con los ojos rojos y la cara hinchada.

—Papá…

Me agaché y lo abracé con todas mis fuerzas.

—Tranquilo, hijo. Ya estoy aquí.

Sergio salió del salón, desafiante.

—¿Vienes a montar el numerito? —espetó.

No le respondí. Cogí a Mario de la mano y salimos de allí. Lucía intentó detenerme, pero le dije:

—Si no eres capaz de protegerlo tú, lo haré yo.

Fui directo a casa de mis padres. Mi madre lloró al vernos llegar así; mi padre apretó los dientes y murmuró: «Esto no se queda así».

Denuncié a Sergio y pedí ayuda legal para conseguir la custodia de Mario. Fueron semanas duras: abogados, psicólogos, visitas al juzgado… Pero nunca estuve solo; mi familia y mis amigos del barrio me apoyaron como solo se hace en Andalucía: con calor humano y palabras sinceras.

Mario empezó a sonreír otra vez poco a poco. Volvimos a ir juntos a la playa; jugábamos al fútbol en el parque y por las noches le contaba historias hasta que se dormía tranquilo.

A veces me pregunto si hice lo correcto dejando todo atrás por él… Pero luego veo su mirada limpia y sé que no podía haber hecho otra cosa.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar por proteger a quien más quieres? ¿Cuántos padres han sentido esta impotencia alguna vez? Me gustaría saberlo…