El Olvido Imperdonable en el Barrio de Chamberí

—¿Dónde están los niños, María? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras la veía entrar en casa cargada de bolsas de El Corte Inglés, Zara y hasta una de esas tiendas de chinos que hay en cada esquina de Chamberí.

María se quedó quieta, como si el tiempo se hubiera parado. Sus ojos, normalmente chispeantes cuando habla de rebajas, se abrieron como platos. Soltó las bolsas, que cayeron al suelo con un estrépito de plástico y papel, y se llevó las manos a la cabeza. —¡Ay, Dios mío! ¡Los gemelos! —gritó, saliendo disparada por la puerta sin mirar atrás.

Yo me quedé clavada en el recibidor, con el corazón en la garganta. Mi hijo, Javier, que estaba en la cocina preparando la merienda, salió corriendo al oír el grito. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó, pero yo solo pude señalar la puerta y balbucear: —Los niños…

En ese momento, sentí que el mundo se me venía encima. Los gemelos, Pablo y Mateo, apenas tienen cuatro años. Siempre han sido traviesos, pero nunca se apartan mucho de su madre. ¿Cómo podía habérselos olvidado? ¿En qué cabeza cabe? Pero claro, María no es mala persona, solo que últimamente su obsesión por las compras ha ido a más. Desde que perdió el trabajo en la oficina, llenar la casa de cosas le da una especie de consuelo. Lo hemos hablado mil veces en la sobremesa, entre café y rosquillas, pero nunca pensé que llegaría a esto.

Salí corriendo tras ella, con Javier pisándome los talones. Bajamos las escaleras del edificio a toda prisa, tropezando con la alfombra de la portera, que nos miró con cara de susto. —¿Qué pasa, Carmen? —me preguntó, pero yo solo pude decir: —¡Los niños, que no aparecen!

La calle Bravo Murillo estaba llena de gente, como siempre a esa hora. El bullicio de los bares, el olor a churros de la esquina, los abuelos paseando… Pero no había ni rastro de los gemelos. María corría de un lado a otro, preguntando a los vecinos, a los del kiosco, a la señora del estanco. —¿Habéis visto a dos niños pequeños, rubios, con chaquetas rojas? —repetía, casi sin aliento.

Yo sentía que me faltaba el aire. Javier intentaba calmarme, pero él también tenía la cara desencajada. —Mamá, seguro que están cerca. No pueden haberse ido muy lejos —decía, aunque en sus ojos vi el miedo que yo sentía.

De repente, escuchamos un llanto desgarrador. Era María, que se había arrodillado en mitad de la acera, llorando como una niña. —¡No me lo voy a perdonar nunca! ¡Soy una inútil! —sollozaba, mientras los vecinos se acercaban, murmurando entre ellos. La señora Pilar, la del tercero, me abrazó y me susurró al oído: —Tranquila, Carmen, los encontraremos. Los niños de ahora son muy listos, seguro que se han metido en algún portal a jugar.

Pero pasaban los minutos y nada. Diez minutos que parecieron una eternidad. El barrio entero se movilizó: unos llamaban a la policía, otros revisaban los parques cercanos, y hasta el panadero dejó la tienda para ayudar. Yo solo podía pensar en lo peor. ¿Y si alguien se los había llevado? ¿Y si estaban asustados, llorando por su madre?

Entonces, ocurrió lo impensable. Un coche de policía se detuvo en la esquina, y de él bajaron dos agentes con cara seria. Traían de la mano a Pablo y Mateo, que lloraban desconsolados. María corrió hacia ellos, los abrazó con tanta fuerza que pensé que los iba a romper. —¡Perdóname, hijos, perdóname! —repetía una y otra vez, mientras los niños se aferraban a su cuello.

Los agentes nos explicaron que los habían encontrado en la plaza de Olavide, sentados en un banco, mirando a la gente pasar. Uno de ellos, Pablo, le había dicho a la policía: —Mi mamá se fue de compras y se olvidó de nosotros. Queríamos volver a casa, pero no sabíamos el camino.

La vergüenza me quemaba por dentro. Los vecinos nos miraban con una mezcla de alivio y reproche. La señora Pilar, siempre tan directa, le dijo a María: —Hija, las cosas materiales van y vienen, pero los niños son lo único que importa. No vuelvas a perderlos de vista, por favor.

Esa noche, la casa estaba en silencio. Nadie tenía ganas de cenar. María se encerró en su habitación, y yo me quedé en el salón, mirando las bolsas de compras esparcidas por el suelo. ¿De qué sirve todo esto si casi perdemos lo más valioso que tenemos?

A veces me pregunto: ¿Cuántas veces ponemos lo superficial por delante de lo importante? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo que de verdad importa antes de que sea demasiado tarde?