El precio de la venganza: una noche en la casa de los Olivares
—¡No tienes derecho! —gritó Joana, con la voz rota, mientras sus manos temblorosas apretaban la taza de porcelana contra los labios de Doña Mariana—. ¡No tienes derecho a decidir quién vive y quién muere en esta casa!
Doña Mariana forcejeaba, sus ojos azules desorbitados por el terror. El eco de los ladridos aún retumbaba en las paredes encaladas del cortijo, mezclándose con el olor a azahar y a tierra mojada tras la tormenta. Afuera, la noche andaluza era un manto negro, solo roto por el lamento lejano de los perros y el llanto ahogado de una madre.
Joana sentía que el corazón se le partía en mil pedazos. Su niño, su pequeño Mateo, apenas había aprendido a caminar entre los olivos cuando la tragedia lo arrancó de sus brazos. Todo por un capricho cruel, por una mirada altiva y una orden seca: “Que se lleven a ese niño de aquí. No quiero ver más a los hijos de las criadas mezclándose con los míos”.
La rabia le quemaba por dentro, como el aguardiente barato que los jornaleros bebían al caer la tarde. ¿Cómo podía alguien ser tan despiadado? ¿Cómo podía una madre mirar a otra madre y condenarla al vacío más absoluto?
—Joana, por favor… —suplicó Doña Mariana, su voz apenas un susurro—. No quise…
—¡No mienta! —la interrumpió Joana, apretando aún más fuerte—. Usted lo quiso. Usted lo ordenó. Y ahora va a saber lo que es perderlo todo.
El líquido oscuro bajó por la garganta de la señora, amargo como la bilis, espeso como el odio acumulado durante años de desprecios y humillaciones. Joana sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no aflojó el agarre. No podía. No después de todo lo que había soportado en esa casa: los susurros a sus espaldas, las miradas por encima del hombro, los domingos en misa fingiendo que todos eran una gran familia mientras ella recogía las migas del banquete.
En el salón, los retratos de los antepasados parecían observar la escena con ojos severos. El abuelo Olivares, con su bigote retorcido y su uniforme de gala; la bisabuela Carmen, famosa por su caridad pero incapaz de mirar a los criados a los ojos. Todos ellos cómplices silenciosos de un sistema que nunca cambió.
—¿Sabe lo que es enterrar a un hijo? —susurró Joana, su voz quebrada—. ¿Sabe lo que es sentir que el mundo se acaba y nadie mueve un dedo?
Doña Mariana tosió, intentando apartar la taza. Pero Joana era fuerte, más fuerte de lo que nadie imaginaba. Había aprendido a sobrevivir desde niña, cuando su madre le enseñó a callar y aguantar para no perder el trabajo. Pero hoy no iba a callar más.
—En este pueblo todos saben quién manda —dijo Joana—. Pero hoy va a aprender que hasta la más humilde puede hacer temblar a los poderosos.
La señora se desplomó en la silla, jadeando. Joana soltó la taza y retrocedió, temblando. De repente, todo el odio se le volvió ceniza en la boca. Miró a Doña Mariana, ahora indefensa y vulnerable, y sintió una punzada de culpa atravesarle el pecho.
Afuera, la lluvia había cesado. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Joana salió al patio, donde las luces del pueblo parpadeaban a lo lejos como luciérnagas cansadas. Se abrazó a sí misma y lloró por todo lo perdido: por Mateo, por su dignidad, por esa parte de ella que nunca volvería.
¿De verdad sirve de algo la venganza? ¿O solo nos convierte en aquello que más odiamos? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?