El reflejo de Mariana: entre espejos y raíces
—¿Por qué tienes que mirarte tanto, Mariana? —La voz de mi madre retumbó desde la cocina, cortando el silencio de la mañana.
Me quedé quieta frente al espejo, observando mi rostro alargado, la nariz prominente que parecía una montaña en miniatura, los labios finos y los ojos grises, fríos como el cielo antes de la tormenta. Solo mi cabello negro y espeso me parecía digno de admiración. Lo llevaba con una franja larga que casi me tapaba los ojos, como si pudiera esconderme detrás de ella.
—Eres igualita a tu papá —decía mamá cada vez que me veía así—. Y él era guapo, ¿sabes? Si no, yo no me habría enamorado nunca.
Pero yo no veía belleza en ese reflejo. Solo veía a una extraña. Y a veces, cuando el pueblo murmuraba a mis espaldas, sentía que todos veían lo mismo.
Vivíamos en un pequeño pueblo en las faldas de los Andes peruanos, donde todos se conocían y las historias se repetían como eco entre las montañas. Mi madre, Rosa, era costurera y sacaba adelante la casa sola desde que mi papá, Julián, se fue sin despedirse. Decían que tenía sangre de los antiguos pastores del altiplano, y que por eso era tan testaruda como una llama.
—Mariana, apúrate que ya es tarde para la escuela —me gritó mamá mientras yo seguía inmóvil frente al espejo.
Afuera, el aire olía a tierra mojada y a pan recién horneado. Caminé por las calles empedradas esquivando miradas y susurros. «Ahí va la hija de Julián», decían algunos. Otros solo me miraban con lástima o curiosidad. En la escuela, las cosas no eran mejores.
—¿Por qué tienes esa nariz tan grande? —me preguntó Lucía, la chica más popular del salón, mientras sus amigas reían detrás de ella.
Yo bajé la cabeza y apreté los puños. Quería gritarles que no era mi culpa, que yo no había pedido nacer así. Pero solo guardé silencio y me senté en el último pupitre, donde nadie pudiera verme llorar.
Esa tarde, al volver a casa, encontré a mamá cosiendo en la mesa del comedor. Sus manos se movían rápidas entre hilos y agujas, pero su rostro estaba tenso.
—¿Otra vez peleaste en la escuela? —me preguntó sin mirarme.
—No peleé… solo me molestaron —respondí en voz baja.
Ella suspiró y dejó la tela a un lado.
—Tienes que aprender a defenderte, hija. El mundo no va a ser amable solo porque tú seas buena.
—¿Y si no quiero pelear? ¿Y si solo quiero desaparecer?
Mamá se acercó y me levantó el mentón con suavidad.
—Tienes los ojos de tu padre… pero también su fuerza. No te escondas detrás del cabello ni de tus miedos. Eres más valiente de lo que crees.
No supe qué responderle. Esa noche, mientras intentaba dormir, escuché a mamá llorar en silencio. Me pregunté si lloraba por mí o por él… o por ambas cosas.
Los días pasaron entre rutinas y silencios incómodos. Un sábado por la tarde, mientras ayudaba a mamá en el mercado, escuché una conversación entre dos vecinas:
—Dicen que Julián está en Lima… que tiene otra familia allá.
Sentí un nudo en el estómago. No era la primera vez que escuchaba rumores sobre mi padre, pero cada vez dolía igual. ¿Por qué nos había dejado? ¿Por qué nunca volvió?
Esa noche confronté a mamá.
—¿Por qué papá se fue? ¿Por qué nunca habla de él?
Ella me miró largo rato antes de responder:
—A veces las personas se van porque tienen miedo… o porque buscan algo que creen haber perdido. Pero eso no significa que tú no valgas la pena.
Sus palabras me acompañaron durante semanas. Empecé a escribir cartas a mi padre que nunca envié. En ellas le contaba mis miedos, mis sueños y cómo odiaba mi reflejo porque me recordaba a él.
Un día, mientras caminaba por el pueblo, vi a Lucía llorando en una esquina. Me acerqué dudando.
—¿Estás bien?
Ella me miró sorprendida y asintió con la cabeza.
—Mi papá se fue… —susurró—. Dicen que está con otra mujer en Arequipa.
Por primera vez vi a Lucía como una niña asustada y no como mi enemiga. Me senté a su lado y compartimos nuestro dolor en silencio. Desde ese día, algo cambió entre nosotras. Ya no era solo «la fea» del salón; era alguien que entendía lo que era perder a un padre.
Con el tiempo, aprendí a mirar mi reflejo con otros ojos. Descubrí que mi nariz era fuerte como las montañas que rodeaban nuestro pueblo; que mis ojos grises podían ser cálidos cuando sonreía; que mi cabello negro era un legado de mi madre y de todas las mujeres antes que ella.
Un día, mamá me regaló un espejo pequeño decorado con hilos de colores.
—Para que recuerdes quién eres —me dijo—. Y para que nunca olvides de dónde vienes.
Ahora, cuando me miro en ese espejo, ya no veo solo defectos. Veo historia, dolor y esperanza. Veo a Mariana: hija de Rosa y Julián, nieta de pastores andinos, amiga de Lucía… y sobre todo, veo a alguien que aprendió a amarse tal como es.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar a mi padre o si él pensará en mí cuando se mire al espejo. Pero mientras tanto, sigo adelante… porque entendí que la verdadera belleza está en resistir y seguir amando incluso cuando duele.
¿Y ustedes? ¿Alguna vez han sentido que su reflejo les pesa más que sus sueños? ¿Cómo han aprendido a reconciliarse con lo que ven cada mañana?