El regreso inesperado de Doña Carmen: secretos, familia y justicia en Sevilla

—¡No puede ser, Carlos! ¿Otra vez ha dejado la cafetera encendida? —susurró Lina, apretando los labios mientras miraba por encima del hombro hacia el salón, donde Doña Carmen, mi madre, dormitaba en el sillón.

—Mujer, está mayor… —respondió Carlos, mi hijo, bajando la voz—. Pero sí, cada día está peor. ¿Y si…?

—¿Y si qué? —Lina se acercó más, con ese brillo frío en los ojos—. ¿Y si aprovechamos ahora? Si no lo hacemos nosotros, lo hará tu hermano cuando vuelva de Barcelona. ¿No ves que cada vez recuerda menos las cosas? ¡Es el momento!

Yo, Carmen, escuchaba desde el pasillo. No era la primera vez que oía sus cuchicheos, pero esa noche sentí un escalofrío. Mi propia sangre, mi niño, tramando algo a mis espaldas. Me dolía más que una puñalada trapera.

Los días siguientes fueron un desfile de papeles y excusas. «Firma aquí, mamá, es para que no tengas problemas con el banco». «Esto es solo para actualizar el catastro». Firmé, sí, confiando en ellos como toda madre española confía en sus hijos. Pero algo en mi interior me decía que no estaba bien.

Una mañana de abril, mientras el azahar perfumaba las calles de Triana, me encontré con la maleta en la puerta. Lina me miró sin pestañear:

—Mira, Carmen, ya no podemos cuidarte. Es mejor que te vayas con tu hermana a Dos Hermanas. Aquí solo estorbas.

Carlos ni siquiera me miró a los ojos. Sentí cómo se me rompía el alma. Ochenta y dos años criando hijos, cocinando pucheros, cosiendo disfraces de carnaval… ¿Y así me pagan?

Me fui caminando despacio por la calle Betis, arrastrando los pies y las lágrimas. Nadie me preguntó nada; en Sevilla todos saben mirar hacia otro lado cuando hay problemas familiares. Llegué a casa de mi hermana Rosario, que me recibió con un abrazo y un «¡Ay, Carmen, qué te han hecho estos desalmados!».

Pero yo no estaba dispuesta a quedarme de brazos cruzados. Rosario me llevó al centro de mayores del barrio y allí conocí a Don Ernesto, un abogado jubilado con más ganas de justicia que de descanso. Le conté todo entre sollozos y él me miró serio:

—Doña Carmen, aquí huele a trampa. Vamos a ver esos papeles.

Resultó que lo que había firmado era una cesión total de mis bienes a nombre de Carlos y Lina. Me temblaban las manos de rabia y vergüenza. Pero Ernesto sonrió:

—No se preocupe, señora. En España hay leyes para proteger a las madres como usted. Vamos a darles un buen susto.

En menos de 48 horas regresé a mi casa acompañada de Ernesto y dos agentes de la Guardia Civil. Lina abrió la puerta y casi se le cae la cara al suelo.

—¿Pero qué hace usted aquí? —balbuceó.

—Vengo a recuperar lo que es mío —le respondí con voz firme—. Y más vale que recojáis vuestras cosas antes de que os denuncie por estafa y malos tratos.

Carlos intentó justificarse: «Mamá, fue todo un malentendido…» Pero ya era tarde para excusas.

El barrio entero se enteró del escándalo. Las vecinas cuchicheaban desde los balcones: «¡Qué vergüenza! ¡Echar a la madre a la calle!» En Sevilla, la familia es sagrada y traicionar a una madre es peor que robarle al cura.

Al final, recuperé mi casa y mi dignidad. Carlos y Lina se marcharon cabizbajos y yo volví a sentarme en mi porche con una taza de café y el corazón más ligero.

A veces me pregunto: ¿En qué momento dejamos de cuidar a quienes nos lo han dado todo? ¿Qué harías tú si tu propia familia te traicionara así?