El secreto de la abuela Carmen: una fiesta que lo cambió todo

—No digas nada, Lucía. Coge el bolso y sígueme. —La voz de Javier, mi marido, era apenas un susurro, pero sentí cómo me atravesaba el pecho. Mi padre y mi hermana, Ana, reían en la cocina mientras colgaban guirnaldas y preparaban la tarta para la abuela Carmen. El olor a café recién hecho y tortilla de patatas llenaba la casa de mi infancia en Alcalá de Henares, pero yo solo podía escuchar el latido acelerado de mi corazón.

—¿Pero qué pasa? —le susurré, intentando no llamar la atención. Javier me miró con esos ojos serios que solo pone cuando algo va realmente mal.

—Hazme caso, por favor. No preguntes ahora. —Me apretó la mano con fuerza y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Estaba embarazada de siete meses y cualquier sobresalto me ponía los nervios de punta, pero nunca había visto a Javier así.

Salimos al pasillo como si fuéramos a buscar algo al coche. Mi padre gritó desde la cocina:

—¡Lucía! ¡No tardes, que la abuela quiere verte!

—¡Ahora vuelvo! —respondí, forzando una sonrisa que no sentía.

Al cerrar las puertas del coche con llave, Javier arrancó y salió disparado calle abajo. Yo apenas podía respirar.

—¿Me quieres explicar qué demonios está pasando? —le solté, casi llorando.

Él miraba por el retrovisor una y otra vez.

—Vi algo raro en el móvil de tu hermana. Un mensaje… No sé cómo explicarlo, pero hablaba de dinero, de amenazas… Y luego vi a tu padre discutir con un hombre en la puerta hace un rato. No era normal, Lucía. Me dio muy mala espina.

Sentí un nudo en el estómago. Mi familia siempre había sido muy unida, aunque a veces demasiado metidos en lo suyo, como suele pasar aquí. Pero aquello… aquello era otra cosa.

Diez minutos después, con las manos temblorosas, marqué al 112. No sabía ni qué decir exactamente.

—¿Emergencias? Mire, creo que algo raro está pasando en casa de mi familia… —balbuceé.

La policía llegó antes de lo que esperaba. Las sirenas rompieron la tranquilidad del barrio y los vecinos salieron a los balcones como si fuera la verbena del pueblo. Nos pidieron que esperáramos en el coche mientras entraban en la casa.

Los minutos se hicieron eternos. Yo solo podía pensar en mi abuela Carmen, tan frágil y dulce, que siempre nos contaba historias de la guerra y nos daba caramelos de violetas escondidos en su bata.

Finalmente, uno de los agentes se acercó a nosotros.

—¿Sois los familiares? —asentimos—. Hemos encontrado a un hombre escondido en el patio trasero. Tenía una pistola y… bueno, parece que estaba esperando a alguien.

Me quedé helada. Javier me abrazó fuerte mientras yo rompía a llorar.

Más tarde supe que Ana había recibido amenazas por unas deudas de juego y había intentado solucionarlo sin decir nada a nadie. Mi padre había discutido con el prestamista para protegerla, pero todo se les había ido de las manos. La fiesta de cumpleaños era solo una excusa para reunirnos y buscar ayuda sin levantar sospechas.

La abuela Carmen nunca llegó a enterarse del todo; le dijimos que hubo un pequeño susto con unos vecinos ruidosos. Pero yo nunca olvidaré el miedo en los ojos de mi hermana cuando salió esposada para declarar ni el temblor en la voz de mi padre al pedirme perdón por no haberme contado nada.

Desde aquel día, nada volvió a ser igual en nuestra familia. Seguimos reuniéndonos los domingos para comer paella y ver el fútbol, pero hay silencios que ya nadie se atreve a romper.

A veces me pregunto: ¿cuántos secretos caben en una familia antes de que todo se rompa? ¿Y si hubiera hecho más preguntas en vez de callar? ¿Vosotros qué habríais hecho?